sábado, 2 de abril de 2016

Miguel Serrano - El último encuentro con Carl Jung


Son las seis de la mañana del día 8 de junio. Abro las puertas de mi cuarto en Nueva Delhi, que da a una pequeña terracita blanca, que ya refulge con el sol. El calor tremendo de junio comienza temprano. Estoy semidesnudo y empezaré mis ejercicios yogis de adoración al sol, el "Suryanamaskar". El verdor increíble de los árboles, aun en este tiempo, el canto de infinidad de pájaros me saludan. Un sirviente local, con turbante, se acerca con ese andar cadencioso de los indios y me dice: "Salam, Sahib". Es su saludo respetuoso. Me extiende un papel. Es un telegrama. Lo abro sin apuro, casi sin poner atención. Veo que viene de Zurich y me extraña que así sea. Empiezo a leerlo y quedo perplejo. El cable dice así: "El Dr. Jung murió ayer a mediodía, apaciblemente. Recuerdos". Lo firman Beiley y Jaffe. La señorita norteamericana que acompañaba al Dr. Jung, llevándole a su casa, una mujer extraordinaria, y su secretaria privada, de nacionalidad suiza.
      Una emoción grande me inmoviliza ahí, con los ojos húmedos, tal vez por el sol tan intenso, o quizás no. Hace tan poco que he estado con el Dr. Jung en su casa de Küsnacht, junto al lago de Zurich. Tal vez habré sido el último amigo extranjero que le viera. Esta noticia me ha llegado al alma. Mis relaciones con ese gran hombre, con ese genio extraordinario, han sido en verdad únicas. (...) He tenido la suerte enorme de ser prologado por Jung, siendo la primera vez y la última que él diera un prólogo para una obra puramente literaria.
      Recibí una carta suya cuando nuestros terremotos del año pasado. Me decía: "Aunque los hombres de ciencia modernos no lo acepten, hay una relación entre el alma y la Naturaleza. La Madre Naturaleza se pone ahora a tono con nuestra civilización y empieza también a destruir. Por desgracia le ha tocado a su país. ¡Cuánto he pensado en Chile últimamente!".

      El recuerdo vuela, veo su imagen, la tengo presente. Llegué hace muy poco a su casa bajo una fina lluvia. La casa de Jung queda en las afueras de Zurich, en Küsnacht. En el pórtico de la entrada se lee una frase en latín, que dice, más o menos: "Piénsese o no en Dios. El está siempre presente". Adentro hay cuadros y objetos bellos, grabados antiguos, pinturas medievales. Me recibió la señorita Beiley, quien me invitó a pasar a una salita en donde sirvió el té.
      Hablamos del Dr. Jung. Ella me dijo que no había estado bien los últimos días, sintiéndose muy cansado a causa de un trabajo intenso en un ensayo de ochenta páginas que había escrito a mano, como siempre, directamente en inglés, para una publicación norteamericana que aparecerá próximamente con el título de El hombre y sus mitos. La señorita Beiley está preocupada. Me cuenta que Jung le ha dicho: "Deseo partir, pero usted me sujeta aquí". Ella no lo cree, pues piensa que el Dr. Jung todavía siente atracción por la vida y la tierra: "Tiene aún demasiado sentido del humor, dice, demasiado entusiasmo". (...) Acabo de encontrarme en Montagnola, en la Suiza italiana, con Hermann Hesse y le he preguntado sobre lo mismo. El me ha dicho que "morir es ir al Inconsciente colectivo de Jung, para luego, desde ahí, volver a las formas, a las formas...". Hesse también me ha dicho que "Jung es un gigante, una montaña gigantesca de nuestro tiempo". Y me ha pedido que le lleve sus saludos, "los saludos del Lobo Estepario", ha dicho.
      Jung no ha estado bien, en verdad, pero no padece de enfermedad alguna. Ese día se ha sentido mejor y se ha levantado para recibirme. La señorita Beiley me pide que subamos, pero me recomienda que no me quede mucho tiempo para no cansarle. Entramos a su cuarto de trabajo. Y allí está Jung, sobre su silla, junto a la ventana que da al lago. Tiene puesta una bata japonesa que le hace parecer un monje del budismo zen, un samurai antiguo o un mago de otros tiempos. Le nimba una luz de atardecer y le rodean grabados de la alquimia y un gran cuadro del dios hindú Shiva, sobre la cima del Monte Kailash. (...)
      El sonríe con ésa, su sonrisa, llena de malicia, de sabiduría y de bondad. Estira su mano hacia su pipa, pero no la alcanza. Le digo: "Qué bella bata japonesa". Es una bata ceremonial. Saco de mi bolsillo una cajita de Cachemira, que le he traído de regalo. Él la mira y me dice: "Es de turquesa". Y luego agrega: "No he estado nunca en Cachemira, recorrí el sur de la India, Madora, todas esas zonas tan "Interesantes"". Luego me habla de los hindúes y de los chinos, se refiere a un libro de un maestro chino del budismo zen, cuyo nombre no recuerdo ahora, y dice que es lo mejor que ha leído al respecto. Le doy los saludos de Hermann Hesse y le cuento mi conversación sobre la muerte con el escritor. Le explico que le he preguntado si hay importancia en saber si existe algo más allá de la muerte. Jung medita un rato y afirma que la pregunta ha sido mal hecha, que debí preguntar "si hay alguna razón para creer que exista algo más allá de la muerte".
      Yo le pregunto ahora al Dr. Jung: "¿Y qué cree usted, hay?". Me responde: "Si la mente puede actuar al margen del cerebro, entonces funciona al margen del espacio y del tiempo. Y si la mente funciona al margen del espacio y del tiempo, es incorruptible".

- ¿Y qué cree usted, doctor, qué piensa?
"He visto hombres heridos a bala en el cerebro, durante la guerra, con todas sus funciones cerebrales paralizadas y, sin embargo, tienen sueños y los recuerdan después. ¿Qué es lo que sueñan? Hay niños pequeños, que aún no tienen un yo definido, con su conciencia difusa, repartido en el cuerpo, quienes tienen sueños personales y profundos que les marcan para toda la vida. Ahí no hay yo. ¿Qué es eso otro que sueñan?".

- ¿Cree usted, doctor, que exista algo así como un cuerpo sutil, astral, el "Linga-Sarira", de la filosofía hindú, que se desprenda con la muerte?
"No lo sé; pero he visto materializar objetos y a los mediums mover objetos a distancia sin tocarlos con el cuerpo físico".

El doctor prosigue:
"Hace algún tiempo estuve muy enfermo, en estado casi de coma; todos creían que moriría y tal vez pensaban que sufría mucho, porque en ese estado a menudo el cuerpo hace creer que está sufriendo. Pero en verdad, yo tenía la impresión de flotar y experimentaba una sensación maravillosa de libertad. Después lo recordé.

     El doctor Jung llevaba siempre en su mano izquierda un anillo con una gema gnóstica. Egipcia. Hablamos del significado de ese anillo y él lo explicó: "Todos estos símbolos, me dijo, están vivos en mí". Era maravillosa su memoria, y su cultura increíble, aún a los 85 años.
      Hablaba a veces como un poeta, como un mago, como un místico. Una vez me dijo: "Mi mensaje no es entendido plenamente; sólo los poetas me comprenden".

Ahora le pregunto:

- ¿Qué va a pasar con el hombre, en la supercivilización técnica que se avecina? ¿Cree usted que alguien volverá a preocuparse, dentro de veinte años, del espíritu de los símbolos, en plena era de los viajes interplanetarios con los "sputnik", los Gagarin y los Shepard? ¿No llegará a aparecer el espíritu, "démodé"?

El doctor Jung sonríe maliciosamente, y afirma:
-Tarde o temprano el hombre tendrá que volver a sí mismo, aunque desde los astros. Todo esto que está pasando es una forma extrema de escapismo porque es más fácil llegar a Marte que encontrarse a sí mismo. Si el hombre no se encuentra a sí mismo, entonces corre el más grande de todos los peligros: su aniquilación. También en los viajes al espacio exterior hay un inconsciente intento de solucionar el más grave de todos los problemas que el hombre deberá afrontar en el futuro: la superpoblación.

      El doctor Jung iba a seguir hablando sobre este tema importantísimo cuando la señorita Beiley entró a decir que la hija y el yerno del doctor Jung estaban esperando. Mi promesa de una conversación breve no se había cumplido.
      Pero ahora sé que no importa, pues mi entrevista iba a ser la última. Y algo tal vez me lo indicaba de este modo, pues al llegar a la puerta me detuve y volví la cabeza. Jung estaba ahí mirándome fijamente, con su suave sonrisa y levantaba su mano para hacerme un gesto de despedida. El último. Su mano con el anillo gnóstico. Me incliné respetuosamente.

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