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domingo, 10 de abril de 2016

Miguel Serrano - ¿Nazismo o nacismo?


Existe una gran confusión –confusión provocada– sobre lo que fuera el nazismo en Chile. Nazismo o nacismo, con z o con c, da lo mismo. Algunos han deseado ver una diferencia sustancial en eso de la z o la c, siendo que originalmente no fuera más que un modo de escribir, una transposición gramatical al castellano del original alemán, reemplazando una letra por otra, para castellanizar el vocablo. Nazismo hay uno solo y nace en Alemania. Sin el nazismo alemán no existe nazismo ni nacismo, en ninguna parte del mundo. Al igual que no hay nazismo sin Hitler, su creador. Hay fascismo, hay falangismo, por cierto,  pero el nacismo chileno no fue fascismo ni falangismo, fue nazismo. Pretender que quien afirma esto hoy es extranjerizante, es una majadería, propia del desconocimiento de la vieja "gente de la tropa", o de los malintencionados y los tránsfugas, que traicionaron los antiguos ideales, los grandes ideales, o se adscribieron a la democracia y a partidos cristiano-liberales. Ellos traicionaron a los muertos, a los mártires, a los héroes.

     Por supuesto que el Nazismo no fue una creación chilena, ni sudamericana, ni de ningún otro lugar del mundo, fuera de Alemania. Pero tampoco lo fue la Democracia, tal como hoy se practica en gran parte de la tierra y hasta en nuestro país. Esto nace en la Revolución Francesa. Y nadie acusaría a los demócratas hoy de ser poco chilenos, extranjerizantes o "afrancesados". Es con estas teorías o ideales masónico-franceses, o ingleses (también el liberalismo y la doctrina “social de mercado” no han sido inventadas por Chile, que no ha inventado en verdad nada y que, si lo hiciera, no llegaría nunca a convertirse en doctrina universal) con los que nuestra América logra su independencia nominal. Y será sólo con los ideales y con la doctrina socioeconómica nacionalsocialista, difundidos con la Gran Revolución Alemana e Hitleriana de los años veinte y treinta, con los que Chile conquistará su verdadera independencia.

     El nacismo chileno fue absolutamente de inspiración alemana, no fue italiano ni español; por la misma ideosincracia de nuestra raza, su estilo encuadraba aquí, en las raíces vernáculas del pueblo. No habría más que leer a Nicolás Palacios para comprender sus razones. Y creo que no se encontrará en Chile nadie fuera de mí que pueda autentificarlo mejor hoy. Por las razones que aquí entro a explicar.

     En los años treinta, debido a la muerte de mi amigo Héctor Barreto, militante socialista, comencé a colaborar en la izquierda, de modo que pude ser testigo de la formación del Frente Popular, enterándome de algunas cosas bien extrañas. Por ejemplo llegué a saber que agentes secretos de los servicios de inteligencia norteamericanos y judíos, que aquí aparecían con nombres falsos, eran los promotores de esa gran operación internacional que fuera llamada "Frente Popular" —y que más de algún parecido tiene con la "Concertación Democrática" del Chile de hoy–. Baste un solo ejemplo: un hombre que se hacía llamar Montero, fundador del periódico "Frente Popular", e impulsor de toda esa fundamental "operación política", era en verdad Eudocio Ravines, un judío peruano, luego agente de la CIA. También hubo otro judío-alemán, con el nombre falso de Cassona, cuya "compañera", una bella mujer ecuatoriana, escapó con el poeta Pablo de Rokha, quien hasta ese instante componía odas inspiradas a su mujer, Vinet. Un clima de esta especie tenía que producir una profunda desilusión y rechazo en idealistas jóvenes, como éramos algunos de los amigos de Héctor Barreto (y también, pienso, del gran dirigente socialista Raúl Ampuero, otro amigo de Barreto a quien siempre admiramos, líder intachable, de la línea antimasónica del socialismo chileno).

     Y fue justo en aquellos tiempos, en esos decenios ya olvidados, que sin embargo son el crisol, la fragua, el caldero donde se originó toda nuestra política posterior, cuando se lleva a cabo en Chile el horrendo crimen de los nacistas chilenos. De los nazistas antidemocráticos, totalitarios, que aspiraban a acabar con la democracia corrompida en nuestro país. Porque los que dan el golpe el 5 de Septiembre de 1938, en Santiago –como los que lo dieron en Munich, en 1923– no lo hacían para "regenerar la democracia", ni para "obtener garantías de elecciones limpias", como lo afirman algunos oportunistas, traidores, o bien ignorantes, sino para acabar con la democracia aquí, así como acabaron con la democracia en Alemania, con el triunfo de Hitler.

     Es en la matanza y masacre del "Seguro Obrero" donde se da comienzo a mi historia como nacionalsocialista. Fue tal la conmoción que me produjo el asesinato "democrático" de esos muchachos inermes y heroicos, que enfrentaron la muerte con sus nombres propios, que eran idealistas de verdad y que eran de mi misma generación, que deseé dar un vuelco definitivo a mi vida, abandonando el mundo turbio de esa izquierda marxista, antinacional, internacional, para ir a colaborar con los camaradas de los mártires. Pero es en este punto donde empieza a producirse el verdadero drama, tan típico de nuestra historia invertebrada, repleta de traiciones y desengaños. El Jefe carismático, me atrevería a decir el extraordinario Jefe del nacismo chileno, Jorge González von Marées, da órdenes, desde la cárcel, a sus huestes de nacistas para votar por la izquierda, por el Frente Popular, y, una vez terminada la elección, con los resultados que todos conocemos, modifica definitivamente la línea de su Movimiento Nacista, transformándolo en "Vanguardia Popular Socialista". Cambia la bandera y el saludo del brazo extendido, por un brazo doblado, al estilo aprista (nada que ver con el peronismo, como alguien, en su ignorancia, ha pretendido afirmarlo, pues éste aún no existía en la Argentina). La desilusión es grande entre los honestos militantes, acostumbrados a creer que se hallaban por "sobre la derecha y la izquierda", "memorias del ayer"…

     Muchos de ellos abandonan el partido y se van con los nacionalsocialistas de Guillermo Izquierdo Araya (éste, sí, con afinidades con el fascismo italiano de aquellos años). Otros pretenden mantener el Partido Nazi ortodoxo, al estilo alemán. Es a este último donde yo me dirijo, primero. Es decir, al auténtico Partido Nacionalsocialista de Chile, al de los mártires, al de los héroes masacrados en la Torre del Seguro Obrero, que murieron cantando el Himno de combate alemán, traducido al español, el "Horst Wessel", dedicado al primer mártir del Partido Nazista alemán y que fuera el Himno de combate de las Tropas de Asalto del Nacismo chileno, las T.N.A.. Los uniformes del Nacismo aquí eran iguales al de los nazistas alemanes. Y el rayo en la hebilla de los cinturones era una runa sieg, como la de los SS.

     Fue Carlos Keller, el único intelectual auténtico, el único hombre culto de verdad en el nacismo chileno, quien intentó mantener el partido en el desastre, quedándose con los más ortodoxos, los más intransigentes. A él me dirigí en un comienzo, pues no podía entender que el "Jefe" y muchos otros, pretendieran acercarse a la izquierda corrompida, que yo venía de conocer. Y es por esto, precisamente, que me encuentro en condiciones de ser tal vez el único en Chile que conozco la verdad de los orígenes del Movimiento Nacista chileno, por habérmelo revelado Carlos Keller, su fundador.

     Recuerdo, como si fuera hoy, lo que sucedió en esos días, de hace tantos años. Yo era un joven escritor conocido ya en los medios de publicidad de la época, por haber colaborado en los periódicos y revistas, entre ellos "El Mercurio", y haber publicado un libro, la "Antología del Verdadero Cuento en Chile". Carlos Keller me recibió en su oficina de "Transportes Terrestres", por Morandé, o Teatinos abajo, ya no lo recuerdo bien. Me invitó a subir a su auto, un Mercedes de dos asientos y nos trasladamos a un lugar apartado, cercano a las riberas del Mapocho, para poder "conversar confidencialmente y a fondo". Empezó dándome a conocer los orígenes del Nacismo chileno.

     Con un grupo de alemanes del sur, habían pensado fundar el Nazismo en Chile. Para que pudiera prender aquí, decidieron buscar un hombre que tuviera las siguientes características, para ser el Líder, el "Jefe", o Führer, del Movimiento, dentro de los lineamientos del Führer Prinzip (que encuentra en Chile su réplica en el principio araucano del "Cinche", o "Cinchecona"): Debería ser, simbólicamente, un mestizo de chileno y de alemán. Fue así, me decía Keller, que se encontró a Jorge González von Marées, un modesto y desconocido abogado, que no era un político y ni siquiera un buen orador. (Ser orador y bueno, fue un requisito de los tiempos, en especial del Nazismo). No debía ser rubio ni de ojos azules, más bien moreno, de estatura media y de la clase media. "Si al Nazismo le va bien internacionalmente, aquí le llamaremos von Marées; si le va mal, será solamente González". Y de hecho fue así. Hasta el "putsch" de 1938, el Jefe fue conocido y nombrado mayormente "von Marées" y el Movimiento fue Nazista, o Nacista, antidemocrático y totalitario. Luego, con la "Vanguardia Popular Socialista" y con la bandera plagada de estrellas, a lo yanqui, con el aprismo, etcétera, con Pedro Foncea infiltrado, tal vez masón, como Secretario General del partido, el Jefe pasó a ser sólo Jorge González, a secas.

     Aquí llegué yo; esto fue lo que conocí directamente. Carlos Keller carecía de cualquier condición para ser un líder político, ni siquiera tenía voz para hablar en público. No me quedó otra cosa que dirigirme a la "Vanguardia Popular Socialista". Hubo un cambio de cartas entre Jorge González von Marées y yo, que fuera publicado por la prensa de entonces, con el título de "Escritor izquierdista se pasa al Nacismo". (Las cartas han sido publicadas en mi libro "Adolf Hitler, el Último Avatara"). La carta de Jorge González fue extraordinaria. En verdad, él fue un hombre extraordinario, como, asimismo, lo era esa pléyade de chilenos que le seguía y acompañaba fanáticamente: Mauricio Mena, Mariano Casanova (autores de los bellísimos himnos del Nacismo chileno), César Parada, Francisco Infante, Javier Cox, Ángel Guarello, Gustavo Vargas Molinare (estos dos fueron diputados del Movimiento), Óscar Jiménez Pinochet, quien llegó a ser gran amigo mío y de mi familia (padre del actual Ministro democristiano de Salud; Juan Diego Dávila, quien, desilusionado, se pasó al Nacionalismo de Guillermo Izquierdo Araya y hasta hoy se mantiene firme en los principios Nacionalsocialistas auténticos, sufriendo toda clase de dificultades y privaciones, pero leal y fiel como un príncipe Borghese. A muchos otros, quienes se han pasado a los partidos democráticos liberales y hasta marxistas, casi no les conocí entonces, porque nada hacían. En verdad, poco o nada hicieron. Eran gente gris, de la tropa, que se limitaba a seguir al Jefe ciegamente, hiciera éste lo que hiciera, fuera donde fuera. No tenían mayor cerebro, ni aún lo tienen. Su virtud fue siempre la lealtad, de la que careció absolutamente el Jefe, por desgracia y por destino fatal de nuestra generación y de Chile.

     Inventé y mantuve la página literaria del diario del Movimiento, "Trabajo". Con gran orgullo aún guardo el carnet de este diario, firmado por su director, Javier Cox. Viajé por Chile, con Ruperto Álamos y Sergio Recabarren, camaradas magníficos, muertos ya ambos, y también con Jorge González von Marées, a quien pude estudiar y conocer. Tomé así contacto con esos núcleos magníficos de héroes de nuestra patria, lo mejor de nuestra raza. Luego, estalló la Segunda Guerra Mundial y me enrolé espiritual y moralmente en las huestes de Hitler. El mismo Jorge González, con Roberto Vega (muerto hace poco como sacerdote católico y de quien podría contar algo extraordinario, acaecido después de su muerte) volvieron a editar la Revista "Acción Chilena", de apoyo a Alemania e Italia, durante la Guerra. Me propusieron acompañarles y no sacar mi revista "La Nueva Edad", para aunar las fuerzas. Rehusé, pues ya me daba cuenta de las diferencias de apreciación respecto a ciertos puntos fundamentales; no con Roberto Vega, pero sí con Jorge González, quien se mantuvo guardando las apariencias, mientras Alemania pudo ganar. Iba ya preparando su gran traición, la que no fue un acto casual, sin premeditación, habiendo dado los primeros pasos cuando el apoyo al Frente Popular y el cambio de nombre del Movimiento, transformado ya en "partido".

     Está demás seguir analizando y contando aquí estas tragedias. Son asuntos que duelen demasiado. En un Movimiento monolítico y jerárquico, si el Jefe traiciona, todo deberá desmoronarse. Jorge González debió pegarse un tiro, después de la masacre del Seguro Obrero, y otro tanto debieron hacer sus subordinados responsables, después de la traición del líder máximo y carismático. Hoy serían semidioses y Chile tendría un ideal inmenso por el que luchar. Las nuevas generaciones estarían a salvo de cualquier virus maligno. Con mis limitadas fuerzas, aunque con mi conocimiento, incrementado durante la Gran Guerra, he tratado afanosamente de sostener esa bandera ensangrentada y mantenerla en alto, a pesar de no ser yo, quizás, el más indicado para hacerlo: un intelectual, un escritor, un poeta. Mi amor a Chile, sin límites, la lealtad a mi generación y a esos héroes que no conocí y que fueron masacrados en sus cuerpos, pero cuyo espíritu hace brillar el mío inmortalmente, más allá de todo, me inspiran y me dan fuerzas para levantarme cada día sobre mis debilidades y mis años. Si los nacistas chilenos fueron traicionados, yo jamás lo haré. Su jefe le dio la mano al asesino y pasó a formar parte de su Partido Liberal. Que una cosa así haya podido acontecer entre nosotros, es algo absolutamente diabólico y, quizás, se explique –si es que alguna explicación puede hallarse– en la sangre de una abuela judía que corría por las venas de Jorge González von Marées, según lo ha venido a revelar hace poco su sobrino, Rodrigo Alliende, en su libro "El Jefe". Hitler decía que hasta pasado trescientos años el mestizaje judío puede producir un judío típico, o impulsar un acto criminal como éste, de proporciones tan enormes como el hundimiento de un continente; es decir, la destrucción de toda una generación superior, capaz de transfigurar la patria, por sus altos valores morales y su idealismo.

     Es cierto que en este caso muchas cosas coinciden, dentro de lo que se pudiera llamar el "sincronismo del Destino", de esta tierra trágica, de este "hoyo penitente", que es Chile, donde el drama se repite, como en un Eterno Retorno, desde los más remotos tiempos. Es verdad que sobre el "Jefe" y sobre el Movimiento Nacista se descargó todo el “peso de la noche”, toda la confabulación judeo-masónica-eclesiástica, que no podía permitir el surgimiento de un milagro, de una fuerza ajena a la gran conspiración histórica, que controla hechos y tragedias (pensemos en José Miguel Carrera, tan parecido físicamente a Jorge González von Marées), después de la Independencia y ya durante la misma Conquista española, y aún antes, en nuestra América.

     Tal vez el "Jefe" careció de los genes necesarios para resistir la terrible presión del Enemigo; pero posiblemente él mismo provocara el desenlace. A estas alturas en el tiempo, sólo podemos ya intentar –con mis jóvenes camaradas de esta amada patria– recoger los escombros de esa catástrofe que lo destruyera todo y, con el ejemplo del Führer, Adolf Hitler, que nunca traicionara y que, como un Dios, fue capaz de mantenerse firme hasta el final, inquebrantable –un Ulises, un Hércules, un Caupolicán– cargando nosotros con todo el peso de esta historia macabra de Chile, sin tampoco claudicar jamás, para poder rescatar el sacrificio de los héroes nazistas chilenos, que como nazistas murieron masacrados, dejando a otros defender a los tránsfugas, a los "vanguardistas", a los "demócratas"; pero sin permitir que los héroes y mártires, los más puros de mi generación, sean ahora transformados, canallescamente, en lo que ellos sí son.

sábado, 2 de abril de 2016

Miguel Serrano - El último encuentro con Carl Jung


Son las seis de la mañana del día 8 de junio. Abro las puertas de mi cuarto en Nueva Delhi, que da a una pequeña terracita blanca, que ya refulge con el sol. El calor tremendo de junio comienza temprano. Estoy semidesnudo y empezaré mis ejercicios yogis de adoración al sol, el "Suryanamaskar". El verdor increíble de los árboles, aun en este tiempo, el canto de infinidad de pájaros me saludan. Un sirviente local, con turbante, se acerca con ese andar cadencioso de los indios y me dice: "Salam, Sahib". Es su saludo respetuoso. Me extiende un papel. Es un telegrama. Lo abro sin apuro, casi sin poner atención. Veo que viene de Zurich y me extraña que así sea. Empiezo a leerlo y quedo perplejo. El cable dice así: "El Dr. Jung murió ayer a mediodía, apaciblemente. Recuerdos". Lo firman Beiley y Jaffe. La señorita norteamericana que acompañaba al Dr. Jung, llevándole a su casa, una mujer extraordinaria, y su secretaria privada, de nacionalidad suiza.
      Una emoción grande me inmoviliza ahí, con los ojos húmedos, tal vez por el sol tan intenso, o quizás no. Hace tan poco que he estado con el Dr. Jung en su casa de Küsnacht, junto al lago de Zurich. Tal vez habré sido el último amigo extranjero que le viera. Esta noticia me ha llegado al alma. Mis relaciones con ese gran hombre, con ese genio extraordinario, han sido en verdad únicas. (...) He tenido la suerte enorme de ser prologado por Jung, siendo la primera vez y la última que él diera un prólogo para una obra puramente literaria.
      Recibí una carta suya cuando nuestros terremotos del año pasado. Me decía: "Aunque los hombres de ciencia modernos no lo acepten, hay una relación entre el alma y la Naturaleza. La Madre Naturaleza se pone ahora a tono con nuestra civilización y empieza también a destruir. Por desgracia le ha tocado a su país. ¡Cuánto he pensado en Chile últimamente!".

      El recuerdo vuela, veo su imagen, la tengo presente. Llegué hace muy poco a su casa bajo una fina lluvia. La casa de Jung queda en las afueras de Zurich, en Küsnacht. En el pórtico de la entrada se lee una frase en latín, que dice, más o menos: "Piénsese o no en Dios. El está siempre presente". Adentro hay cuadros y objetos bellos, grabados antiguos, pinturas medievales. Me recibió la señorita Beiley, quien me invitó a pasar a una salita en donde sirvió el té.
      Hablamos del Dr. Jung. Ella me dijo que no había estado bien los últimos días, sintiéndose muy cansado a causa de un trabajo intenso en un ensayo de ochenta páginas que había escrito a mano, como siempre, directamente en inglés, para una publicación norteamericana que aparecerá próximamente con el título de El hombre y sus mitos. La señorita Beiley está preocupada. Me cuenta que Jung le ha dicho: "Deseo partir, pero usted me sujeta aquí". Ella no lo cree, pues piensa que el Dr. Jung todavía siente atracción por la vida y la tierra: "Tiene aún demasiado sentido del humor, dice, demasiado entusiasmo". (...) Acabo de encontrarme en Montagnola, en la Suiza italiana, con Hermann Hesse y le he preguntado sobre lo mismo. El me ha dicho que "morir es ir al Inconsciente colectivo de Jung, para luego, desde ahí, volver a las formas, a las formas...". Hesse también me ha dicho que "Jung es un gigante, una montaña gigantesca de nuestro tiempo". Y me ha pedido que le lleve sus saludos, "los saludos del Lobo Estepario", ha dicho.
      Jung no ha estado bien, en verdad, pero no padece de enfermedad alguna. Ese día se ha sentido mejor y se ha levantado para recibirme. La señorita Beiley me pide que subamos, pero me recomienda que no me quede mucho tiempo para no cansarle. Entramos a su cuarto de trabajo. Y allí está Jung, sobre su silla, junto a la ventana que da al lago. Tiene puesta una bata japonesa que le hace parecer un monje del budismo zen, un samurai antiguo o un mago de otros tiempos. Le nimba una luz de atardecer y le rodean grabados de la alquimia y un gran cuadro del dios hindú Shiva, sobre la cima del Monte Kailash. (...)
      El sonríe con ésa, su sonrisa, llena de malicia, de sabiduría y de bondad. Estira su mano hacia su pipa, pero no la alcanza. Le digo: "Qué bella bata japonesa". Es una bata ceremonial. Saco de mi bolsillo una cajita de Cachemira, que le he traído de regalo. Él la mira y me dice: "Es de turquesa". Y luego agrega: "No he estado nunca en Cachemira, recorrí el sur de la India, Madora, todas esas zonas tan "Interesantes"". Luego me habla de los hindúes y de los chinos, se refiere a un libro de un maestro chino del budismo zen, cuyo nombre no recuerdo ahora, y dice que es lo mejor que ha leído al respecto. Le doy los saludos de Hermann Hesse y le cuento mi conversación sobre la muerte con el escritor. Le explico que le he preguntado si hay importancia en saber si existe algo más allá de la muerte. Jung medita un rato y afirma que la pregunta ha sido mal hecha, que debí preguntar "si hay alguna razón para creer que exista algo más allá de la muerte".
      Yo le pregunto ahora al Dr. Jung: "¿Y qué cree usted, hay?". Me responde: "Si la mente puede actuar al margen del cerebro, entonces funciona al margen del espacio y del tiempo. Y si la mente funciona al margen del espacio y del tiempo, es incorruptible".

- ¿Y qué cree usted, doctor, qué piensa?
"He visto hombres heridos a bala en el cerebro, durante la guerra, con todas sus funciones cerebrales paralizadas y, sin embargo, tienen sueños y los recuerdan después. ¿Qué es lo que sueñan? Hay niños pequeños, que aún no tienen un yo definido, con su conciencia difusa, repartido en el cuerpo, quienes tienen sueños personales y profundos que les marcan para toda la vida. Ahí no hay yo. ¿Qué es eso otro que sueñan?".

- ¿Cree usted, doctor, que exista algo así como un cuerpo sutil, astral, el "Linga-Sarira", de la filosofía hindú, que se desprenda con la muerte?
"No lo sé; pero he visto materializar objetos y a los mediums mover objetos a distancia sin tocarlos con el cuerpo físico".

El doctor prosigue:
"Hace algún tiempo estuve muy enfermo, en estado casi de coma; todos creían que moriría y tal vez pensaban que sufría mucho, porque en ese estado a menudo el cuerpo hace creer que está sufriendo. Pero en verdad, yo tenía la impresión de flotar y experimentaba una sensación maravillosa de libertad. Después lo recordé.

     El doctor Jung llevaba siempre en su mano izquierda un anillo con una gema gnóstica. Egipcia. Hablamos del significado de ese anillo y él lo explicó: "Todos estos símbolos, me dijo, están vivos en mí". Era maravillosa su memoria, y su cultura increíble, aún a los 85 años.
      Hablaba a veces como un poeta, como un mago, como un místico. Una vez me dijo: "Mi mensaje no es entendido plenamente; sólo los poetas me comprenden".

Ahora le pregunto:

- ¿Qué va a pasar con el hombre, en la supercivilización técnica que se avecina? ¿Cree usted que alguien volverá a preocuparse, dentro de veinte años, del espíritu de los símbolos, en plena era de los viajes interplanetarios con los "sputnik", los Gagarin y los Shepard? ¿No llegará a aparecer el espíritu, "démodé"?

El doctor Jung sonríe maliciosamente, y afirma:
-Tarde o temprano el hombre tendrá que volver a sí mismo, aunque desde los astros. Todo esto que está pasando es una forma extrema de escapismo porque es más fácil llegar a Marte que encontrarse a sí mismo. Si el hombre no se encuentra a sí mismo, entonces corre el más grande de todos los peligros: su aniquilación. También en los viajes al espacio exterior hay un inconsciente intento de solucionar el más grave de todos los problemas que el hombre deberá afrontar en el futuro: la superpoblación.

      El doctor Jung iba a seguir hablando sobre este tema importantísimo cuando la señorita Beiley entró a decir que la hija y el yerno del doctor Jung estaban esperando. Mi promesa de una conversación breve no se había cumplido.
      Pero ahora sé que no importa, pues mi entrevista iba a ser la última. Y algo tal vez me lo indicaba de este modo, pues al llegar a la puerta me detuve y volví la cabeza. Jung estaba ahí mirándome fijamente, con su suave sonrisa y levantaba su mano para hacerme un gesto de despedida. El último. Su mano con el anillo gnóstico. Me incliné respetuosamente.

Miguel Serrano - Hitler y Jung


El libro "C. G. Jung Speaking", del profesor William McGuire, ha sido traducido últimamente al castellano y publicado por la editorial Trotta, con el título "Encuentros con Jung". Ahí se reproducen las descripciones de Jung cuando viera a Hitler y a Mussolini juntos, dirigiéndose a una gran concentración de masas. Mientras Mussolini era un hombre normal, "un ser humano", por así decir, hasta simpático, Hitler no lo era, "carente de individualidad, confundido con el alma colectiva de su Nación, poseído por su Inconsciente Colectivo". Y Jung agregaba: "Ni siquiera por el Inconsciente Colectivo de un solo país, sino de toda una raza, de la raza aria. Y es por ello que los oyentes, aun cuando no entiendan el alemán, si son arios, serán arrebatados, hipnotizados por sus palabras, porque los representa a todos ellos, habla por todos. Y si lo hace a gritos, es porque una nación entera, toda una raza, se está expresando a través de él". Así, Hitler es la encarnación del Dios ario Wotan. Está poseído por él, no es ya un ser humano. Y Jung llega a compararlo con Mahoma, con el fenómeno Mahoma, y lo que él fuera y aún es para todo el mundo islámico.

No creo que el profesor Jung haya leído el libro de Kubizek, "Adolf Hitler, mi amigo de juventud", el más importante que se haya escrito sobre el Führer germano, y que nos ilustra como ninguno al confirmar sus apreciaciones, narrando una escena extraordinaria acaecida una noche de su juventud, tras haber asistido los dos amigos a la representación en Linz, de "Rienzi", de Richard Wagner. Fue tan grande la impresión que le produjo esta obra a Hitler (en la que tal vez presentía su propio drama futuro), que marchó con su amigo en total silencio por las calles nocturnas en dirección al bosque, en la montaña. Y cuenta Kubizek que, una vez llegados allí, le tomó una mano entre las suyas y comenzó a hablar como en trance, con una voz que no le pertenecía, admirado él mismo al escucharse. Se refería a Alemania, a los germanos y a lo que él haría por ese pueblo: una revolución total. Y esto lo declaraba un muchacho austríaco de no más de dieciséis años, un completo desconocido. Revela Kubizek que muchos años después, cuando ya Adolf Hitler era el Führer de Alemania, le recordó esa extraordinaria escena de una lejana noche de su juventud. Y Hitler le dijo: "Sí, jamás la he olvidado; porque ahí comenzó todo...".

Como en muchas otras cosas, también el psicoanálisis se ha apoderado de conceptos y expresiones de Nietzsche, sin declararlo ni reconocerlo. Así pasa con la concepción del "Inconsciente", de Freud, que a su vez adoptara Jung ampliándola al Inconsciente Colectivo. Fue Nietzsche quien afirmó que "había algo en él que sabía más de lo que él mismo sabía; porque él no era consciente de saberlo".

Y Jung amplió esta vivencia al afirmar: "Yo sé cosas de usted que usted mismo no sabe y que yo tampoco sé que las sé...".

Sin duda, Jung en los años treinta se sintió intrigado por el fenómeno del nacionalsocialismo, con su fuerza arrolladora, amenazando extenderse mundialmente. Y aceptó la Presidencia de la Sociedad Médica Internacional de Psicoterapia, entrando a reemplazar al hermano de Göring. Además, se había producido su ruptura con Freud y acuñaría su teoría de los "Dos Inconscientes Colectivos", entregándole con ella un arma formidable al nazismo; pero que éste jamás uso, debido a la desconfianza esencial que el hitlerismo tenía de todo lo que proviniese del psicoanálisis y de su terminología.

No hay duda de que para Jung el final de la Guerra fue una catástrofe, temiendo que también toda su obra pudiera ser destruida al vincularlo al hitlerismo, aunque sólo fuera de un modo "filosófico", también por su concepción del Arquetipo, refiriéndose a Wotan o a Vishnú, de modo que Adolf Hitler, al ser poseído por Wotan, pasaba a ser un Avatara, así "ocupado" por una divinidad externa, extraterrestre, como se diría hoy. Al final de sus días, Jung, y por primera vez, declara en el prólogo a mi libro "Las Visitas de la Reina de Saba" que el "Arquetipo" sería una Entidad superconsciente; es decir, un Dios, y no una "representación de los instintos", como hasta entonces lo definieran sus discípulos.

Temiendo por la destrucción de la obra de toda su vida, y a que lo vincularan a Hitler o al hitlerismo, al finalizar la Guerra Jung sufrió tres ataques al corazón. Ya antes había aconsejado a los Servicios Secretos ingleses y norteamericanos de "alargar la guerra; porque Hitler estaba poseído por Wotan, Dios del huracán y la tormenta (Blitzkrieg). Y una tormenta no puede durar mucho tiempo, se va agotando, autodestruyéndose...".

De todos modos, la actitud de Jung, un suizo, fue diametralmente opuesta a la de Heidegger, un alemán, quien se mantuvo firme, como partidario del nazismo, hasta el final, sin pensar en lo que pudiera suceder con su obra.

Y Heidegger recordaría a Ezra Pound: "¡Mantente firme en los viejos sueños, para que tu mundo no pierda la esperanza...!".

viernes, 1 de abril de 2016

Miguel Serrano - Con Ezra Pound


Hace años, en Venecia, frente a esa estatua de piedra, que no hablaba –hubo un tiempo en que las rocas hablaron- empecé a dejar correr palabras y palabras, y, entre otras cosas, dije: “En setecientos años más el laurel florecerá de nuevo. Sea feliz, en setecientos años más usted volverá a perder…”.

Sabía que Ezra Pound era seguidor del dios de los perdedores en este mundo, en el período oscuro del Hierro, llamado por los hindúes Kaliyuga. Él era también un acólito del maltratado y desprestigiado Lucifer, puede que, sin saberlo, del Lucibel de los cátaros, Apolo, Abraxas, Krishna, Siva y también Quenós, de los selnam; el portador, o Anunciador de la luz, de la Estrella de la Mañana, la que avisa la llegada del nuevo sol y se retira luego, a la espera de un mundo más noble, más puro, donde se fueron los héroes y los gigantes.

Comencé a narrarle a Pound mi peregrinación a Montsegur y le hablé de la Sierra Maladetta, por donde Bertrand de Born, trovador que él amara y tradujera, se dejó morir por congelación, según nos cuenta Otto Rahn, en su libro “La Corte de Lucifer”. Fue en ese momento cuando la roca hizo un gesto, y una luz de alegría la envolvió. Es que Ezra Pound había escalado Montsegur. También él era un herético y un guerrero.

Tuve una idea, algo así como si un secreto me fuera revelado: Ezra Pound se hallaba incorporado en una tradición luciferina que venía de los orígenes. A través de sus manos, sin que él fuera totalmente consciente del suceso, pasaba el Cordón Dorado de esta tradición viril y guerrera. El interés de Pound, en su juventud, por el Poema del Cid, por el Cantar de Roldán, por Parsifal, por las canciones y la civilización de los trovadores del Languedoc, le hizo representante en nuestro tiempo de los que combatieron por un mundo no asentado en la usura, así como los templarios lucharon una vez por organizar las bases de un sistema económico más espiritual y justo. De no haber sido destruido prematuramente este intento, pudo llevar a la Tierra en la Era de Piscis a un desarrollo muy distinto, en otra dirección, redescubriendo una técnica espiritualizada, capaz de transfigurar la Tierra, sin destruirla en el cataclismo que se ve venir, como efecto de una tecnología burda, mecanicista, enredada en los engranajes satánicos de la usura y de la sociedad de consumo, del racionalismo y del materialismo colectivista del universo de masas.

Ezra Pound apoyó en la Segunda Guerra Mundial al fascismo italiano y al nazismo alemán, creyendo ver en ellos un sistema económico social no asentado en la usura, también con una tecnología y ciencia diferentes, un organismo que encuentra sus raíces metafísicas en una Tierra purificada y vital. Ahora bien, se sabe, porque hay documentos que lo prueban, que la organización de las SS del Hitlerismo (SS es abreviatura de la palabra alemana Schutzstaffel, originalmente Grupo de Protección) estaba inspirado en la Orden Templaria. En sus capas dirigentes secretas poseía un tipo de iniciación esotérica, además de varios centros de instrucción en castillos distribuidos en distintas zonas, a la manera de Gendarmerías templarias. Las SS pretendían construir ciudades en los confines de Europa, en el Cáucaso, en la Rochelle, en el Mediodía de Francia, puede que en Montsegur, al finalizar la Guerra, liberándolas de impuestos y donde el dinero no tuviese valor y el comercio constituyera un vínculo espiritual como en la antigüedad. Hoy se pretende desconocer el sistema social y económico nuevo, mejor dicho viejísimo, que intentaron establecer el fascismo y el nazismo y se llama tendenciosamente fascista a cualquier régimen autoritario o dictadura, que no sea de tendencia marxista, que se entronice en el poder en algún punto de la Tierra.

Por ese tipo de razones, Ezra Pound se puso al lado de Italia y Alemania en la gran guerra y contra su propio país de nacimiento, en el que vio el símbolo de lo opuesto, de una economía, una técnica, un sistema de vida basados en la usura, como él mismo dijera. Ezra Pound perdió, y fue encerrado en una jaula de hierro, en Pisa, como bestia feroz, y se le mantuvo a la intemperie, al frío y al sol. Luego se le llevó a un sanatorio de locos en los Estados Unidos de América, donde permaneció trece años, los mejores de la vida de un hombre. ¡Al más grande poeta de su tiempo, que diera a conocer a Joyce, que ayudara a escribir a Elliot, tradujera a Confucio e interpretara el I Ching! Lo mismo se hizo en Noruega, y por idéntica razón, con Knut Hamsun. También su Guía, perdedor en una batalla de extraterrestres, fue torturado, calumniado y, por último, encadenado en los hielos del Polo Norte, donde un día hiciera florecer la Última Tule. Los perdedores son siempre transformados aquí en los demonios históricos legendarios; lo es Ravana, derrotado por Rama; lo es Luzbel.

Si Ezra Pound se equivocó, ¡bien! Ya lo dice Platón: “Todas las grandes cosas se edifican en el peligro”. Y Heidegger: “Quien pensó en gran escala, debió errar en gran escala”.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Miguel Serrano - Nuestro Honor se llama Lealtad


La lealtad a los nuestros, a los ideales, a la fe y a la esperanza, y a nuestros amigos y camaradas que entregaron sus vidas para preservarlos y defenderlos, haciéndolos así eternos. 

Hace muy poco, en un día de tinieblas, en la fiesta de la luz de Ostara, en la Semana Santa, dejaba este mundo mi entrañable amigo y camarada belga, Léon Degrelle. Para aquellos que lo conocimos y para su propia esposa, parece algo increíble, porque él era inmortal, y lo decía: “¡El león no morirá jamás!". Así lo pensaban también sus camaradas de combate de la División Valona en el frente ruso, en la Segunda Guerra Mundial. En cien batallas, en primera fila, al frente de sus hombres, el General de las Waffen SS, Degrelle, era inalcanzable por las balas y los obuses; o bien, sobrevivía reponiéndose de las más graves heridas, para nuevamente ir al combate. Por ello, el Führer le condecoró con la Cruz de Hierro y, luego, con la Cruz del Caballero, la más alta condecoración impuesta por Hitler, quien declaraba: "¡Si yo tuviera un hijo, desearía que fuera como León Degrelle!"

En el exilio, en España, acaba de morir, justo en la semana de la Resurrección del Héroe. Tras la nigredo y la albedo, resucita en la rubedo, en el Domingo de Resurrección; Sontag, el Día del Sol y en un cuerpo de luz roja inmortal. 

Hoy, junto con presentar la primera edición completa en castellano de la obra, también inmortal, del más grande genio de todos los tiempos, Mi Lucha, del avatar Hitler, cuya edición hemos precisamente dedicado a "su hijo" en la gloria del combate eterno, le rendimos un homenaje a ese héroe, a ese camarada, a ese amigo, guía y ejemplo de las juventudes nacionalistas y nacionalsocialistas del mundo que jamás claudicara y mantuviera, con idéntica lealtad a la mía sus ideales hasta su último día aquí en esta envenenada tierra. Y en su recuerdo, hacemos llegar a su esposa, Jeanne, nuestro apoyo y aliento para que pueda sobreponerse a su dolor y tenga la fuerza necesaria para continuar divulgando los libros y la obra que Degrelle deja a su cuidado y de los camaradas que la ayudarán. 

Sobre Mi Lucha se podrían decir mil cosas, citar tantos párrafos luminosos, vigentes cada hora, cada minuto de nuestros pobres días; sobre la inoperancia de la democracia, sobre la corrupción de los políticos, sobre la infamia del totalitarismo comunista y lo diabólico del capitalismo, triunfante hoy en la sociedad de consumo desatada, en la llamada "economía social de mercado" y en la usura legalizada con el interés del dinero. Porque —lo sabemos— fue el Nacionalsocialismo el único sistema, en toda la historia de los hombres en la tierra, que abolió el interés del dinero. Hitler decía: "Si yo te presto un ropero, tú no me devuelves ropero y medio, sino el ropero; pero si un Banco te presta cien marcos, deberás devolverle ciento cincuenta y hasta doscientos, y de estos cincuenta, o cien, vive sin trabajar el usurero". Y junto con abolir el interés, fijó los precios, de manera que hasta el final de la guerra jamás hubo inflación en Alemania, reemplazando el "patrón oro" por el "patrón trabajo". Así, un obrero en el Tercer Reich debió sentirse mejor y más seguro que un rey en otro país. Ese fue un paraíso y, por ello, porque lo era, debieron destruirlo aquellos que se sentían en peligro de muerte al ser abolido el caldo de cultivo del tejido cancerígeno, con la desaparición del interés del dinero y de la usura. Y para que nadie se acuerde de que una vez hubo un paraíso sobre la tierra, toneladas de mentiras y de infamias han intentado cubrir en vano esa cumbre del paraíso, ese monte de Parsifal. ¡Pero no lo lograrán, porque aún estamos nosotros, recordándolo! Y cuando también debamos partir, ¡Más y más batallones vendrán un día a recuperarlo, y a destruir la infamia y la mentira, para al final vencer!

En este libro maravilloso, que ahora os entrego en su traducción completa, se habla de la vida, de la guerra, del hombre y también de la muerte. Y se dice: "Héroe es aquél que sacrifica su vida en defensa de la comunidad, de la Patria, despojado de todo egoísmo personal". ¡Sí, porque héroe es aquél que, sin saber o sin creer que existe alga más allá de su yo y de esta vida, está dispuesto a entregarla para un ideal! Y hasta los dioses le envidian, porque ellos saben que son eternos y que no pueden morir. En cambio, el héroe, sin saberlo, lo entrega todo, hasta su propia eternidad... ¡Sí, camaradas, porque la sangre de los héroes llega más cerca de los dioses que la plegaria de los santos! 

Y Léon Degrelle decía: 

"Debemos todos nosotros estar preparados para lo más terrible. ¿La muerte, en medio de la humillación, no es, acaso, una forma de darse más todavía? El sacrificio no admite cálculos ni reservas. Si yo hubiera mentido, como nuestros enemigos, ¿a dónde habría llegado? Pero, sin embargo, creo, creo más que nunca, que sólo los idealistas podrán cambiar el mundo.... Al final, el Alma es lo único que le queda al Alma..."

¡Sí, el Alma...! 

Oí una vez a un escritor chileno decir: 

"Sé que nada me ha sucedido sino la vida, y que nada me sucederá sino la muerte". 

Pero yo sé que algo más que la vida me ha sucedido y que también algo más que la muerte me sucederá... Y esto también es válido para Léon Degrelle y para nuestro Führer, por supuesto, en cuyo cumpleaños os entrego esta revelación.