domingo, 10 de abril de 2016

Giorgio Locchi - Mito y Comunidad


Con un siglo de adelanto, Friedrich Nietzsche había previsto todos, o casi todos, los fenómenos que caracterizan nuestra época, como el ascenso del nihilismo anarquista, la epidemia neurótica, el auge extraordinario de un arte-espectáculo rebajado a un nivel circense o el comercio de la lujuria. La verificación de las profecías nietzscheanas debería despertar a los espíritus, invitarlos a la reflexión. No ha sido así, lo cual es fatal. Cuando Nietzsche establecía para las sociedades occidentales un diagnóstico de decadencia, no hacía más que prever el desarrollo normal de la enfermedad. Ahora bien, lo característico de esta enfermedad, la decadencia, es la ceguera que afecta al enfermo acerca de su propio estado. Cuanto más enfermo está, más sano cree estar. Una sociedad decadente es así tanto más progresista cuanto más avanza hacia el desenlace fatal de su enfermedad.

     Echemos un vistazo a nuestro alrededor. Todos, desde el liberal más o menos avanzado al comunista más o menos atrasado, creen visceralmente en el Progreso, están íntimamente convencidos de vivir una Era de progreso e, incluso, del progreso definitivo. Se ven toda clase de fenómenos sociales que, a través de la Historia, han caracterizado siempre la agonía de los pueblos y las culturas, desde el feminismo al fulgurante ascenso social de los histriones y de la gente del espectáculo, desde la disgregación de las células sociales tradicionales (para nosotros, la familia), a las tentativas efímeras, siempre repetidas, de remplazarlas por no se sabe qué colectivos, desde el universalismo masoquista a la demolición de toda norma social obligatoria para el individuo. Se ha llegado a la más absoluta incapacidad para aprender las lecciones de la Historia, lo que a veces lleva a pensar que la Historia carece de sentido.

     Otro trazo característico de la decadencia avanzada es la mediocridad de los sentimientos. Se discute con saña, pero se tolera. Todavía se hace la guerra, fría si es posible, pero en nombre del amor, para liberar al otro. Es obligatorio odiar, pero se odia a la abstracción del Otro, nunca al otro en su realidad. Se odia, según el campo en que uno se encuentre, al terrible capitalismo occidental o al horrible régimen comunista, pero se ama al pueblo ruso, se ama al gran pueblo estadounidense. Las sociedades decadentes ya no saben amar ni odiar, las ha invadido la tibieza, porque la vida las está abandonando, y su fuerza vital casi ha desaparecido.

     Esa fuerza vital que da la vida a las sociedades, las organiza y las lanza al peligroso camino de la Historia, y puede recibir muchos nombres. Dostoïevski la llamaba "Dios" y decía que cuando un pueblo ha perdido su dios sólo puede agonizar y morir. Friedrich Nietzsche anunció a las sociedades occidentales que su dios había muerto y que ellas también iban a morir. Paul Valery, a su manera, ha sentido la misma verdad. Para mí, "Dios" es una definición demasiado estrecha, demasiado "occidental", de lo que es la fuerza vital de una sociedad. Lo divino sólo es un elemento, un aspecto de esta fuerza vital que, más bien yo llamaría, en toda su complejidad, MITO.

     Lo característico del Mito, tal como yo lo entiendo, es el entrar en la Historia creándose a sí mismo, es decir, creando y organizando sus propios elementos. El Mito es esa fuerza histórica que da vida a una comunidad, la organiza, la lanza hacia su destino. El Mito es, ante todo, un sentimiento del mundo, un sentimiento del mundo compartido y, en cuanto tal, él es y él crea objetivamente el lazo social y, al mismo tiempo, la norma comunitaria. Estructura la comunidad, le da su estilo de vida, y estructura también las personalidades individuales. Ese sentimiento del mundo es, por otra parte, el origen de una visión del mundo, de las expresiones coherentes del pensamiento. La Historia nos enseña que cada pueblo, cada civilización, ha tenido su Mito. En la perspectiva abierta por nuestro presente social, se tiene la impresión de que los Mitos se ligan siempre a una fase primordial y superada del devenir humano. Que el Mito sea, por así decirlo, la manifestación propia de la infancia de la Humanidad, es un lugar común de la reflexión histórica moderna. Es el punto de vista, inevitable, de un pensamiento que es el reflejo de la vejez de una civilización.

     Cuando el Mito ha muerto, cuando se lo mira desde fuera, aparece como un conjunto de creencias más o menos fantásticas, como una colección de relatos imaginarios, extrañamente confusos, siempre contradictorios. Si se intenta, por la imaginación posterior, relacionarlo con la vida y la Historia, el Mito parece moverse contra el sentido del tiempo, lo que hizo afirmar a Mircea Eliade que el Mito es la nostalgia de los orígenes. Pero no se puede estudiar la vida sobre un cadáver. Un Mito vivo se reconoce por todo lo contrario: por el hecho de que es armonía, fusión y unidad de contrarios. Lo que quiere decir simplemente que los hombres que viven en el campo del Mito y que son organizados por él, no percibirán como contradictorio todo lo que parecerá contradictorio a los que están fuera. El Mito es viva fuerza creadora y lo demuestra justamente por esa creación que infatigablemente reduce y armoniza los contrarios. Hubo un nombre para esa virtud reductora de contradicciones: la fe. Racionalmente, estamos en un círculo vicioso, otra forma de contradicción: el Mito es sólo verdadero por la fe, pero la fe sólo vive del Mito, la fe sólo es creada por el Mito.

     Los que vivimos el Mito conocemos bien este círculo vicioso; esa contradicción no es la única, porque el Mito está en todos aquellos para quienes éste es relevante y no cesa de crearse entre ellos y por ellos. Puesto que el Mito, en efecto, es creación incesante de sí mismo, es, bajo cualquier punto de vista, auto-creación. Lo es ya a nivel del lenguaje, que es el nivel donde se constituye el ser humano en ser social. Ilustres estructuralistas nos explican hoy que nosotros no hablamos sino que nosotros somos "hablados". Hablan evidentemente de ellos y para ellos, como representantes privilegiados de las sociedades actuales. Tienen razón: puesto que toda lengua, indiferente al Mito, al sentimiento del mundo que la ha creado, ya sólo puede ser hablada, en el sentido de que quienes la utilizan en realidad ya no hablan, sino que son "hablados". Cuando la lengua está todavía vivamente ligada a su raíz mítica, está todavía creándose, y, quienes la utilizan, todavía hablan y se hablan, lejos de cualquier Torre de Babel.

      La lengua del Mito estructura los símbolos, crea todavía las cosas con las palabras. Cuando el Mito deja de hablar y como máximo todavía es hablado, a la armonía del símbolo le sigue la discordia de dos ideas opuestas, irreconciliables. Lo cual significa también, tautológicamente, que a la época del Mito le sucede la época de las ideologías, de ideologías que brotan de una misma fuente, y, sin embargo, siempre opuestas, que se esfuerzan vanamente en esperar su imposible síntesis por una "última ciencia" y en reencontrar así ese paraíso perdido que estaba asegurado por la armonía del Mito.

     Puesto que es armonía de contrarios, el Mito es también el vínculo social por excelencia y, desde ese punto de vista, es legítimo hablar de él como religión. Vínculo social, el Mito organiza la sociedad, le asegura la coherencia en el espacio y a través del tiempo. El Mito es más que una Weltanschauung [visión del mundo], es un sentimiento del mundo y además, al mismo tiempo, algo mejor: es un sentimiento de valor, una medida operativa.

     Me gustaría recordar aquí, como un Mito que puede organizar una sociedad y dictar la conducta a los hombres, el caso de los helenos, que se encontraron de repente enfrentados a un problema desconocido para ellos. Los helenos eran indoeuropeos, su Mito era el mito indoeuropeo, sobre la base del cual se habían organizado en una sociedad de descendencia patrilineal, fundada sobre lo que podemos llamar el valor heroico. Cuando emigran a la península griega, se encuentran con una sociedad de descendencia matrilineal. Por razones quizás contingentes no destruyeron aquella sociedad extranjera. Hubo mezcla de pueblos, de civilizaciones, lo cual supuso un grave problema: la oposición inconciliable entre dos concepciones de sociedad y de derecho. En la sociedad matriarcal, no son las mujeres quienes hacen la guerra, y quienes detentan el poder son también los hombres. Pero la legitimidad del poder viene de la mujer: sólo se es rey al casarse con la mujer que, por derecho, es heredera del poder por descendencia matrilineal. Así, en esas sociedades, el poder es siempre detentado por hombres elegidos por las mujeres.

     Ahora bien, si se puede pensar que los helenos, al comienzo de la mezcla, obtuvieron el poder gracias al matrimonio, debían no obstante legitimarlo desde el punto de vista de su Mito, desde el punto de vista del derecho patrilineal. Un montón de relatos míticos nos hablan sobre esos conflictos y las mil maneras por las que los helenos hicieron triunfar siempre su sistema de valores. La aventura de Edipo, la Orestíada, los mitos de Teseo, de Jasón, de Belerofonte, el propio mito del rapto de Europa, no son más que algunos ejemplos entre tantos otros. Y la supremacía del derecho paterno está simbolizada, en un Panteón que ciertamente pertenece a dos religiones míticas, por la presencia de Atenea, la diosa virgen, diosa guerrera pero también diosa de la sabiduría. Atenea no tiene madre, proclama "no ser más que de su padre", Zeus, y es ella quien absuelve de todo a Orestes, quien, por vengar a su padre, se vio obligado a asesinar a su madre.

     Esa relación íntima entre Mito fundador, sociedad, sistema de valores y norma social, nos permite hablar de la sociedad como de un organismo, de sociedad orgánica. Ese término "sociedad" es hoy poco adecuado, como lo demuestra el hecho de que estamos obligados a adjetivarlo. Utilizaré, en adelante, "comunidad" para referirme a la sociedad orgánica; aún más, opondré estrictamente comunidad a sociedad, un poco a la manera en la que se opone un concepto límite al otro. Esta oposición de comunidad y sociedad no es nueva: fue hecha por sociólogos alemanes, especialmente por Ferdinand Tönnies. La intuición de esos sociólogos era acertada, pero ha conducido siempre a conclusiones erróneas o a teorías igualmente confusas, porque la definición de comunidad en relación a sociedad no era nunca dada sino de forma implícita.

     Un Mito es siempre nostalgia de los orígenes, como dijo Mircea Eliade, pero también es siempre visión cosmológica de futuro, anuncia un fin del mundo, que puede ser también, a veces, el comienzo de una repetición del mundo y, como en algún caso que nosotros conocemos bien, regeneración del mundo.

     El Mito, dicen también, no tiene tiempo. No lo tiene porque él es el tiempo, el tiempo de la Historia. Así, la comunidad que él organiza es un organismo histórico que ocupa en todo momento las tres dimensiones del tiempo histórico. Una comunidad es un organismo vivo, que está a la vez en el pasado, en el presente y en el futuro. Una comunidad tiene una conciencia comunitaria, que es recuerdo, acción y proyecto a la vez. A esa comunidad la llamamos pueblo. Cuando un pueblo ha perdido la memoria de sus orígenes y, como dijo Richard Wagner, cuando deja de estar movido por una pasión y un sufrimiento común, deja de ser pueblo: se convierte en masa. Y la comunidad se convierte en sociedad.

     Como he dicho, comunidad y sociedad son conceptos-límite. Hay siempre un poco de masa en los mejores pueblos, como siempre hay un resto de pueblo en la masa más baja y vil. No hay duda, y esto nos hace agachar las orejas, de que vivimos en la época de las masas, de las sociedades masificadas. El individuo, sea el que sea, está divinizado en nombre de la igualdad. Todo individuo social tiene el mismo valor, la personalidad no es nunca tomada en consideración, por lo que ya no hay un sistema referencial de valor social. En una comunidad, por el contrario, el valor humano, que es siempre personalidad social, es medido por su grado de conformación a los tipos ideales propuestos por el Mito, que cada miembro de la comunidad lleva consigo como una especie de super-ego. Cuando el Mito se desmorona, cuando esos arquetipos ideales ya no son percibidos como tales, desaparece la unión comunitaria, de modo que todo individuo es considerado como ideal en sí, por el simple hecho de que es un individuo.

     Lo que queda para mantener unida a lo que se ha convertido en sociedad, es el lazo siempre precario y contingente creado por la alianza de intereses egoístas de grupos de individuos, de clases, de partidos, de cultos, de sectas. La verdadera dimensión humana, que es dimensión histórica, se ha perdido; la sociedad de las masas en realidad ya no se preocupa ni del pasado ni del futuro, sólo vive en el presente y por el presente. Así, ya no se hace política, sólo economía, y economía de la peor calaña, condicionando todos los reflejos sociales. Sintomáticamente, la preocupación por el futuro, los horizontes del año 2000, sólo es invocada para justificar y avalar el fracaso económico del presente.

     Lo habéis comprendido: estamos hablando de nuestras sociedades occidentales, esas sociedades en el seno de las cuales nacimos y vivimos, resultados de la gran ecúmene cristiana, formada y conformada por el Mito judeo-cristiano. Ese Mito, junto a su dios, murió hace mucho tiempo. Incluso la religión, tal y como transmite lo que todavía queda de las Iglesias, está ideologizada, se ha convertido en ideología opuesta a otras ideologías brotadas de la misma fuente mítica, de ahora en adelante seca. Allí donde el Mito había organizado, armonizado y unido, dando así una significación y un contenido espiritual, es decir, humano, a la vida de los hombres, las ideologías oponen, desunen, disgregan.

     La Ideología rechaza al Mito por irracional y pretende ser ella racional y racionalmente fundada. En el fondo, de manera implícita o explícita, toda ideología pretende ser ciencia, ciencia del hombre también. Y, en esta búsqueda de racionalismo, toda ideología acaba transformándose en anti-ideología. La constatación de que una ideología no va nunca sin su ideología contraria, empuja a la búsqueda de una síntesis, en una especie de neutralidad ideológica aparente, sostenida por la estrafalaria convicción de que, en última instancia, incluso el hombre es cuantificable, de que todo puede ser calculado, de que la vida de una sociedad se reduce a un problema de gestión administrativa.

     Las sociedades occidentales, por ejemplo, tienen la ilusión de reencontrar la armonía perdida, la fusión íntima de los contrarios, gracias a las virtudes de la tolerancia, deviniendo así esquizofrénicas y sumiendo en la esquizofrenia a los individuos más sensibles al clima social. El individuo occidental acaba siempre por tener mala conciencia, sobre todo a nivel de poder, porque está atormentado por dos exigencias opuestas, que él no sabría satisfacer conjuntamente, es decir: la exigencia de libertad individual y la exigencia de justicia social. El fraccionamiento presente en el seno de las sociedades se refleja en el corazón de los individuos, y tiene a veces consecuencias chistosas, como el caso de los liberales avanzados que desearían ser a la vez socialistas, y el de los comunistas y socialistas que querrían ser también liberales. Si se hace burla del Mito, rechazado por irracional, instintivamente se desearía recuperar el equilibrio social, proponiendo anti-Mitos con su ideal correspondiente, que sería el de los anti-héroes, ideal tan bien representado, al nivel del consumo cotidiano de pseudos-valores sociales, por el artista desaliñado, peludo y un poco sucio si es posible.

     Las sociedades comunistas, también resultantes del Mito judeo-cristiano, intentaron otra solución. Escogieron la intolerancia, en beneficio de una única ideología, que ocupase el lugar del Mito. Pero, puesto que la ideología no es un Mito y que no puede ser operativa en el alma de los individuos, éstos nunca se contentan con la norma ideológica. La consabida consecuencia es que la sociedad comunista es una sociedad de coacción. Para ser exactos: hay, en la sociedad comunista, a todos los niveles, una obligación de coacción, que hace que incluso el depurador acabe siendo depurado, mientras que en la sociedad demo-liberal se ha abogado por una obligación de tolerancia, de la que incluso los delincuentes acaban por beneficiarse.

     Por otra parte, las sociedades comunistas, a pesar de ciertas apariencias "anti-económicas", sólo viven en el presente. La demostración de ello se ofrece, de forma periódica pero significativa, por la condena de todo presente dejado atrás, que asume los aspectos de una celebración ritual. El presente es siempre divinizado —de Lenin a Stalin hasta Mao— para ser inevitablemente condenado y abucheado desde el momento en que cede su lugar a otro presente. Así, en suma, bien se puede decir que la ecuación social de la sociedad comunista da como resultado el mismo valor que la demo-liberal.

     Microscópicamente, a nivel de los individuos, la sociedad liberal es más atrayente, lo que explica el fenómeno de la disidencia en el seno de los regímenes comunistas, las fugas, y, por reacción, el muro de Berlín. Pero hay que señalar también que, en un nivel macroscópico, de la masa en cuanto tal, la fuga se produce sobre todo en sentido inverso y, por tanto, en la posguerra las sociedades socialistas se han multiplicado.

     ¿Qué hacer entonces?, ¿a qué esperar? Permitidme volver una vez más a Nietzsche. Nietzsche nos dijo, entre los primeros que lo han hecho, que la civilización occidental había entrado en su fase de agonía, una agonía de duración imprevisible, y que iba a morir. Las naciones europeas están condenadas o bien a salir de la Historia, como los indígenas bororos tan queridos por Lévi-Strauss, o bien a morir históricamente y ver disolver su sustancia biológica en las naciones y pueblos por venir. En el fondo, todo el mundo en Europa es más o menos consciente de ello, y es por ello que existe desde hace algún tiempo un discurso sobre Europa. Pero esta Europa es concebida como una prolongación de las actuales realidades sociales, como el último medio para salvar lo que está agonizando, lo que está condenado a morir, es decir, la civilización judeo-cristiana. Pero si una Europa ve la luz en un futuro, más o menos lejano, tendrá sentido, históricamente, sólo si es tal como Friedrich Nietzsche la deseaba, llevada y organizada por un nuevo Mito, fundamentalmente ajeno a todo cuanto existe hoy. Nosotros creemos saber que ese nuevo Mito ya está ahí, que ya ha aparecido. Para ello hay signos, y signos detrás de los signos.

     En sus comienzos un Mito es siempre extremadamente frágil, su vida depende siempre de un puñado de hombres que ya lo hablan. En un estudio sobre lo que llamo música europea de Johann Sebastian Bach a Richard Wagner, he intentado mostrar cómo este Nuevo Mito y la nueva conciencia histórica que lo porta han nacido, y mostrar el camino por el que este Nuevo Mito se ha dirigido hacia nuestro presente. Si todavía vive, sólo puede sobrevivir en virtud de la total fidelidad de aquellos que lo portan con su joven pasado. Sin duda, todavía no lo ha dicho todo, quizás sólo ha balbuceado. El Mito, cuando está vivo, siempre está dispuesto a hablar.

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