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sábado, 23 de abril de 2016

Julio Meinvielle - De Lamennais a Maritain

De Lamennais a Maritain

Prefacio del autor:

El presente volumen contiene seis estudios y una conclusión, donde se examinan a la luz de los principios católicos, algunos aspectos de la filosofía social-política de Jacques Maritain. Decimos expresamente de la filosofía socialpolítica, porque si Maritain, que presenta sus posiciones como perfectamente compatibles con la fe católica, se limitara a analizar los hechos y orientaciones de la vida moderna sin erigirlas como norma de conducta, poco o nada debería la teología intervenir en sus disquisiciones. Pero Maritain elabora una nueva filosofía social-política; una nueva norma que ha de regular la actuación pública de los católicos en todo el mundo, si no quieren defraudar las esperanzas que en ellos ha puesto la “Nueva Cristiandad”, la nueva norma de convivencia universal humana que ha de moverlos y guiarlos como un “objetivo apto a ser querido plena e íntegramente, y a arrastrar eficazmente hacia sí, a finalizar eficazmente las energías humanas que tenderán hacia él de una manera tanto más viva cuanto la voluntad se lo propondrá en su integridad.

Como el juicio que surge del presente libro pudiera aparecer severo para el lector que no tenga presente la inmutabilidad de la Regla de Conducta que comporta la doctrina de la Iglesia, no ha de ser ocioso advertir que el punto vulnerable de toda novedad que quiera introducirse en la Iglesia radica precisamente en su novedad. La Iglesia es una vida; una vida de la inteligencia y una vida de la voluntad. Vida, cuya única fuente es el seno de la Deidad. La Iglesia vive de lo que ha recibido. De lo que ha recibido de Dios, por medio de Jesucristo, su divino Fundador, a través de los Apóstoles. Y la Iglesia ha recibido, en depósito, una única Doctrina, que no puede recibir nuevos aportes
después de la muerte del último Apóstol. La consigna sagrada e inviolable de la Iglesia es conservar con fidelidad el depósito que le ha sido confiado. Célebres los apremiantes consejos del Apóstol a su discípulo Timoteo: “¡Oh Timoteo! guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones”. “Las cosas que de mí has oído delante de muchos testigos, confíalas a hombres fieles, que sean idóneos para enseñarlas también a otros”. Y celebérrimas las palabras del Apóstol a los Gálatas, cuando les dice: “Me maravillo cómo así tan de ligero abandonáis al que os llamó a la gracia de Jesucristo para seguir otro Evangelio, mas no es que haya otro Evangelio, sino que hay algunos, que os traen alborotados, y quieren trastornar el Evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo si posible fuera, os predique un evangelio diferente del que nosotros hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho y os lo repito, cualquiera que os anuncie un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema”. Es pues consigna sagrada e inviolable guardar el depósito de la verdad divina, sin la más leve alteración. Pero esta divina Verdad no es simplemente para ser creída sino para ser practicada.

Y, ¿qué tiene que ver esto con Maritain?, preguntará el lector. Muchísimo, porque aquí radica todo el problema de la “Nueva Cristiandad” de Maritain. Maritain propone en su nueva cristiandad una norma práctica de acción social católica que es otra, esencialmente diversa, de la practicada en la Iglesia. Directa y primariamente no propone algo diverso para ser creído, sino algo diverso para ser practicado. Pero este algo diverso para ser practicado ha de suponer una concepción de la vida, también diversa para ser profesada. Porque velis nolis la acción del hombre dimana de lo que piensa. Luego si es algo diverso, si es otra cosa, introduce una novedad en el Sagrado Depósito de la Verdad Católica. Y aquí aparece la gravedad de la tentativa de Maritain. Porque como enseñan los teólogos, falsa doctrina en el estilo de la Escritura es llamada otra doctrina; por esto en el texto de San Pablo a los Gálatas, más arriba citado, se habla de otro Evangelio y San Pablo dice a Timoteo: “Bien sabes cómo al irme a Macedonia, te pedí que te quedaras en Éfeso, para que hicieses entender a ciertos sujetos que no enseñasen otra doctrina”, “ne aliter docerent”.

Y así Maritain, al introducir otra Regla de Conducta social católica, por las conexiones necesarias que lo especulativo tiene con lo práctico, y lo social con lo individual, ha de proponer otro Evangelio que el de Jesucristo.

El presente estudio que sólo abarca algunos aspectos más exteriores de las desviaciones que, a nuestro juicio, contiene la Nueva Cristiandad de Maritain, es preliminar de otros estudios en los que trataremos de indagar las raíces más hondas de donde arrancan las desviaciones de su filosofía.

Mientras tanto, queremos subrayar que la fulminante fama que las tesis maritainistas han obtenido en el mundo, traen al recuerdo aquellas palabras de San Agustín: “Mira sunt quae dicitis, nova sunt quae dicitis, falsa sunt quae dicitis”.

Admirable que las fuerzas de la revolución aplaudan universalmente el programa de la Nueva Cristiandad. Nuevo que por el camino de la Revolución, puedan los católicos instaurar la soberanía social de Jesucristo. Veamos entonces qué falsedad contiene esta Nueva Cristiandad.


Julio Meinvielle - El judío en el misterio de la Historia

El judío en el misterio de la Historia

Prólogo del autor:

No es posible disimular que el tema es del presente libro es sumamente difícil y sumamente apasionante. Difícil, porque el pueblo judío llena toda la historia de Dios y de los hombres. ¿Qué período de la historia se puede escribir sin mencionar a este pueblo? Sin mencionar a este pueblo glorificándolo o condenándolo, pero es forzoso hacer mención de él. Dos son los misterios de la historia, ha dicho un escritor judío: ¡Jesús es un misterio como Israel es un misterio! Y cuando ponéis juntos estos dos misterios, ¿queréis que os diga qué pasa? Hay un misterio más misterioso, él solo, que los otro dos! Apasionante, porque ¿quién puede sin ocuparse del judío sin un sentimiento de admiración o de desprecio, o de ambos a la vez? Pueblo que un día nos trajo a Cristo, pueblo que le rechazó, pueblo que se infiltra en medio de otros pueblos, no para convivir con ellos, sino para devorar insensiblemente su substancia; pueblo siempre dominado, pero pueblo lleno siempre de un deseo insolente de dominación.

Más apasionante aún ahora, porque este la dominación de este pueblo, aquí y en todas partes, va cada día siendo más efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación se hace sentir en la política internacional de los pueblos, en la política interna de los partidos, en la orientación económica de los países; esta dominación se hace sentir en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes de enseñanza, en la formación de los maestros, en la mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce sobre la banca se y sobre los consorcios financieros, y todo el complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso dominio; los judíos dominan las agencias de información mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de modo que las costumbres de los cristianos se van modelando de acuerdo a sus imposiciones.

¿Dónde no domina el judío? Aquí, en nuestro país, ¿Qué punto vital hay de nuestra zona donde el judío no se esté beneficiando con lo mejor de nuestra riqueza, al mismo tiempo que está envenenando nuestro pueblo con lo más nefasto de las ideas y diversiones? Buenos Aires, esta gran Babilonia nos ofrece un ejemplo típico. Cada día es mayor su progreso, cada día es mayor también en ella el poder judaico. Los judíos controlan aquí nuestro dinero, nuestro trigo, nuestro maíz, nuestro lino, nuestras carnes, nuestro pan, nuestra leche, nuestras incipientes industrias, todo cuanto puede reportar utilidad, y al mismo tiempo son ellos quienes siembran y fomentan ideas disolventes contra nuestra Religión, contra nuestra Patria y contra nuestros Hogares; son ellos quienes fomentan el odio entre patrones y obreros cristianos, entre burgueses y proletarios; son ellos los más apasionados agentes del socialismo y del comunismo; son ellos los más poderosos capitalistas de cuanto dáncing y cabaret infecta la ciudad. Diríase que todo el dinero que nos arrebatan los judíos de la fertilidad de nuestro suelo y del trabajo de nuestros brazos, será luego invertido en envenenar nuestras inteligencias y corromper nuestros corazones.

Y lo que aquí observamos se observa en todo lugar y tiempo. Siempre e el judío, llevado por el frenesí de la dominación mundial, arrebata las riquezas de los pueblos y siembra la desolación. Dos mil años lleva en esta tarea, la tenacidad de su raza y ahora está a punto de lograr una efectiva dominación universal.

¡Y pensar que este pueblo proscrito, que sin asimilarse vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las más diversas vicisitudes , siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra!

El linaje más grande, porque este linaje tiene una historia de 6.000 años. El linaje más grande porque de él tomó carnes el Cristo, Hijo de Dios vivo. Y bien, este pueblo que aquí y en todas partes, ahora y en los veinte siglos de civilización cristiana, llena todo a pesar de ser una infinitésima minoría, ¿qué origen tiene?, ¿cómo y por se perpetúa?, ¿qué suerte le cabe en la historia?, ¿qué actitud hay que tomar frente a él? He aquí lo que espero explicar en los capítulos siguientes. 

Explicar, digo, porque estas páginas pretenden ser una explicación del judío, y en este caso, la única posible, una explicación teológica. La Teología es la ciencia de los misterios os de de Dios. Los misterios de Dios son los juicios inescrutables del Altísimo que nos son conocidos cuando Él se digna manifestárnoslos. Sin su manifestación jamás podríamos ni vislumbrarlos. Ahora bien, el judío, como enseña la Teología católica, es objeto de una especialísima vocación de Dios. Sólo a la luz teológica puede explicarse el judío. Ni la psicología, ni las ciencias biológicas, ni aun las puras ciencias históricas, pueden explicar este problema del judío, problema universal y eterno, que llena la historia por sus tres dimensiones; problema que por su misma condición requiere una explicación universal y eterna, que valga hoy, ayer y siempre. Explicación que, como Dios, debe ser eterna, es decir, teológica.

¿Será menester advertir que estas lecciones, que tocan al vivo un problema candente, no están de suyo, destinadas a justificar la acción semita ni la antisemita? Ambos términos tienden a empeque- ñecer un problema más hondo y universal. En el problema judaico no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo. La Teología Católica, al mismo tiempo que derramará la luz sobre "el que misterio ambulante" que es todo judío, indicará las condiciones de convivencia entre judíos y cristianos, dos pueblos hermanos que han de vivir separados hasta que la misericordia de Dios disponga su reconciliación.

Buenos Aires, 1936
Julio Meinvielle


Julio Meinvielle - Entre la Iglesia y el Tercer Reich

Entre la Iglesia y el Tercer Reich


Prólogo del autor:

La magnitud tan desconcertante de los acontecimientos que se desarrollan en el mundo hace pensar, cada vez más seriamente, que estamos entrando en una época, en la cual los hombres, olvidándose de las diferencias accidentales que siempre los han dividido, como la nación, la clase, la lengua, se sientan divididos por algo más profundo y auténtico como es la sangre que corre por sus venas.

Se pudo creer hasta hace poco que la sangre corría tan mixturada en las actuales generaciones que era cosa completamente absurda clasificar por ella a los hombres. Sin embargo, yo mismo tuve oportunidad de poner en relieve, cómo hay un pueblo, el pueblo judío, en el cual desde hace 4000 mil años corre la sangre de su Padre Abrahán, y que se mantiene sin contaminarse y sin confundirse en medio de todos los pueblos. La raza judía, la sangre judía, el pueblo judío – dígase lo que se quiera para su gloria o para su vituperio – es inconfundible.

He aquí que es necesario llamar la atención ahora sobre la existencia de otro pueblo antiquísimo y grande, el pueblo germánico, que hoy en el siglo XX de la humanidad redimida, quiere levantar el poderío de su grandeza sobre la pureza incontaminada de su raza y de su sangre, buscando reconstituir lo germánico, lo ario, porque fuera de allí no puede existir nada bueno ni excelente.

Y si hay un problema judío, también se plantea ahora un problema germánico. De este problema quiero ocuparme aquí. Y no para estudiarle en toda su proyección histórica ni en todos sus aspectos sino tan solo, en algo profundo y esencial como es la posición que el pueblo germánico quiere tomar frente a Cristo.

Si Cristo ha dicho y lo ha realizado en los dos mil años de Cristianismo que "'no hay distinción de judío ni griego; ni de siervo ni libre; ni tampoco, de hombre ni mujer; porque todos vosotros sois una cosa en Jesucristo". (San Pablo a los Gálatas, III, 26) es evidente que ha de plantearse un problema angustioso dentro de Alemania, entre aquellos que no quieren conocer más grandeza que el poderío de su sangre y de su raza incontaminadas y aquellos otros que no quieren sino la grandeza de haber sido redimidos con la sangre de Jesucristo. Es evidente que ha de plantearse en Alemania una lucha, lucha gigantesca, la más tremenda quizás de su historia, entre la Alemania que quiere ser pagan, y la que quiere conservarse cristiana, entre la Iglesia y el Reich.

Julio Meinvielle


martes, 19 de abril de 2016

Denes Martos - Especie en extinción


Existe una nueva patología mental – es decir, perdón, una nueva tendencia intelectual – en Occidente según la cual no solamente está prohibido tener identidad cultural propia sino que, además, está vedado ser patriota, creyente en materia de religión, o descreído de unas cuantas historias de la Historia Oficial. Esto último – lo de dudar de algunas historias de la Historia Oficial – en algunos países ya está hasta taxativamente penado por la ley.

Me preguntarán ustedes cuál es la novedad. Todo eso lo tenemos desde hace rato. No es nada nuevo. Por supuesto que no. Pero tengo fuertes motivos para sospechar que ahora viene otra vuelta de tuerca. La novedad está en que no solamente estará terminantemente vedado todo lo que pueda oponerse, o poner en peligro, la gris medianía, el oscilante relativismo y el despreocupado permisivismo del dogma actual. La nueva tendencia prohibirá incluso la manifestación de cualquier opinión concreta y categórica.

Por supuesto que los grandes voceros del sistema – que son los intelectuales con pasaporte de tolerancia y visa de Derechos Humanos – todavía no lo están formulando en estos términos tan claros. Pero es lo que se viene. O lo que ya llegó pero todavía le falta un poco de promoción.

Todos sabemos que el Diccionario de Expresiones Políticamente Correctas de la Academia Orweliana de la Neolengua ha sustituido muchas antiguas, obsoletas, ofensivas e intergiversables expresiones por otras mucho más inocuas y sobre todo "neutrales". Porque eso es lo que importa: ser neutral. Aunque eso de "neutral" no es más que admitir que no se tiene lo que hay que tener para decir lo que se piensa y por eso – por las dudas, cosa de quedar bien con todo el mundo – uno huye despavorido de los extremos, le apunta al medio y listo.

La cuestión es que todos aprendimos que ya no se dice "ciego" sino "no vidente". Tampoco se dice "negro" sino "de color" – sin especificar cuál color y haciendo cuidadosa abstracción del blanco que, créanmelo o no, ha dejado de ser un color admitido como tal. Toda una familia de palabras que otrora servían para señalar alguna limitación física específica han quedado metidas dentro del concepto elástico de "discapacitad" que, de tan elástico que es, ya nadie sabe qué significa exactamente. En América no quedan "indios" ahora solo hay "pueblos originarios". Tampoco quedan "gordos" sino "personas excedidas de peso"; con la importante salvedad que las "gordas" pasaron a ser "mujeres con apenas unos kilitos de más". Tampoco hay más "desgracias"; ahora todos los infortunios son "flagelos que nos azotan", pero no especialmente a los "pobres" sino a los "carenciados". A los molestos ya no se los "ignora"; se los "ningunea". Y así sucesivamente...

Un amigo mío sostiene que en lugar de "petiso" ahora hay que decir "verticalmente encogido", en lugar de "pelado" hay que decir "cranealmente depilado" y un "cadáver" no es más que un "cuerpo vitalmente desenergizado". Aunque creo que exagera.

Pero, sea como fuere, la nueva corriente intelectual no se refiere a esto. La metáfora de la dulcificación de la gravedad ya está instalada. Lo que ahora viene es la metaforización relativizadora de lo concreto, de lo riguroso. En general, la nueva tendencia intelectual eliminará de raíz todo lo que tenga un carácter preciso; todo lo que esté claramente marcado; todo lo destacado y todo lo destacable. No se aceptará nada que tenga una identidad netamente definida. Solamente se tolerarán expresiones referidas a identidades híbridas, a características heterogéneas en proporciones indeterminadas, a cosas que son pero que quizás podrían no ser, a fenómenos que no son ni una cosa ni la otra. Solamente se tolerarán las opiniones que empiezan con "... y... no sé, nunca es bueno generalizar, pero quizás. . .".

Lo bueno y lo malo; lo claro y lo oscuro, se eliminan. Toda cosmovisión referida a puntos de vista concretos quedará relegada la categoría de las teorías reaccionarias, fascistas, superadas y perimidas.

Me preguntarán ustedes de dónde saco todo esto. Pues, de lo que me rodea. De lo que veo y oigo todos los días. Un periodista que conozco acaba de quedarse sin trabajo. Él dice que no sabe por qué lo echaron, pero yo sí. Revolviendo entre mis papeles, encontré una nota que le encargaron en la que se atrevió a escribir: "El público que colmaba la sala estalló en fuertes aplausos". Me juego a que lo crucificaron por falta de objetividad. Apuesto a que, según sus censores, la frase es tendenciosa porque transmite una precisión incorrecta. No tiene en cuenta a quienes quizás no aplaudieron. Por lo tanto discrimina. Además, no indica la capacidad de la sala ni la cantidad de espectadores, por lo tanto es improcedente afirmar que se hallaba "colmada". Por otro lado, lo de "fuerte" es totalmente subjetivo. ¿Cuándo es "fuerte" un aplauso? ¿Acaso alguien midió con un decibelímetro el nivel sonoro de ese aplauso? Y aun si lo hubiera medido, ¿a partir de qué valor se puede considerar que el aplauso es "fuerte"? Para peor, un público no "estalla". Si realmente hubiera estallado estarían todos muertos por obra y gracia de algún fundamentalista forrado en gelinita; la noticia correspondería a la sección de terrorismo internacional y no a la de cultura. Todas estas fallas garrafales tuvieron que resultar, por supuesto, inaceptables para una publicación que blasonaba de independiente, imparcial y objetiva.

De aquí en más, el principio básico que debe regir cualquier manifestación será el de "todo es relativo", debiendo quedar meridianamente claro que "la única verdad absoluta es que toda verdad es relativa". Y ante cualquier propuesta, la primer pregunta que obligatoriamente hay que hacer es la de "¿...y quién va a decidir si ...?" Porque, según la nueva tendencia, no importa qué se decide, ni tampoco con qué criterio se decide. Lo que importa es saber quién decide. Si decide alguien votado por la mayoría, es aceptable. Si lo hace un correligionario estará bien. Si decide un amigo, mucho mejor. Y si decide una asamblea convocada ad hoc, pues muchísimo mejor. Todo lo demás, contrario sensu, está mal. O mejor dicho: es opinable.

En todo caso, la consigna es amontonar, mezclar, apelotonar todo: razas, etnias, idiomas, religiones, costumbres, estilos, culturas, creencias, opiniones, deseos, pretensiones. Todo. Porque, claro, si todo está tan entreverado y enredado que resulta imposible determinar de qué cuernos se trata, entonces ya no importará quién va a decidir lo que fuere. Porque no habrá ninguna necesidad de decidir. En un caos total es perfectamente inútil tomar decisiones. Por lo que el caos aceptará cualquier decisión tomada por fuera del caos. Seguramente ahí está el secreto.

La cuestión es que, en materia de opiniones concretas, ya estamos muy avanzados en la nueva tendencia. Hace unos días me encontré con un viejo amigo mío. El hombre es un clásico facsímil del intelectual liberal de izquierda: barba, anteojos, portando la última edición de "Las palabras y las cosas" de Foucault junto al Página12 del día y todo eso. Bueno, está bien, no es un ejemplar demasiado representativo de mi círculo habitual de amistades, pero nos conocemos desde la adolescencia, desde la época en que él se entusiasmaba con Sartre y yo por todo lo contrario. Lo aprecio porque es un buen tipo en el fondo y, de última, que tire la primera piedra el que no tenga a un sujeto parecido entre sus amigos.

La cuestión es que fuimos a almorzar y, como cada uno conoce las cosquillas del otro, tenemos el acuerdo tácito de evitar por todos los medios cualquier tema político. De modo que la conversación, después de girar alrededor de bueyes perdidos y de conocidos comunes, terminó desembocando en literatura. Y como Michel Foucault me sonreía impertérrito desde la tapa de su libro, se me ocurrió preguntarle:

— ¿Cuál es el mejor libro de Foucault, en tu opinión?

— Bueno... – empezó a titubear mi amigo – en realidad no se puede hacer un juicio de valor categórico sobre eso... hay quien dice que lo mejor que escribió fue su "Historia de la sexualidad", otros valoran más éste "Las palabras y las cosas"; pero, por otra parte... también hay partidarios de "La arqueología del saber"... Todo depende del punto de vista y...

Después de cinco minutos de perorata en estos y similares términos, mis nervios empezaron a traicionarme:

— Está bien, está bien. . . – lo interrumpí – pero lo que yo quisiera saber de una maldita vez por todas es TU opinión sobre cuál es su mejor libro. Y no tengas miedo. No hay que fusilar a nadie que no esté de acuerdo. No hay que hacer forzosamente un Holocausto con quienes se opongan. Nadie va a ir a parar a un campo de concentración por disentir. Tu opinión no va a provocar ninguna catástrofe. Hasta te doy mi palabra de honor que no la voy a discutir. Solo quiero conocerla, nada más.

— Bueno, puesto en esos términos, si uno considera la evolución del pensamiento de Foucault a lo largo de su obra...

Llegamos a los postres, pagué la cuenta y nos despedimos con un abrazo. Hasta el día de hoy no sé cuál es, en opinión de mi amigo, la mejor obra de Foucault. En realidad, no es que Foucault me importe demasiado. No es santo de mi devoción ni mucho menos. Pero la opinión de mi amigo me hubiera interesado. Lo que sucedió es que cometí el imperdonable error de pasar por alto que mi amigo es un típico producto salido de la línea de montaje de nuestra actual Facultad de Filosofía y Letras. No tiene opinión propia. Solo es una enciclopedia más o menos ilustrada de los dichos de otros; un alumno de profesores que, a su vez, tampoco se animaron a manifestar una opinión categórica y concreta sobre sea cual haya sido el tema a tratar porque, de haberlo hecho, se hubieran quedado sin cátedra.

Suponiendo que hayan tenido una opinión propia formada en absoluto.

La verdad es que le tengo un poco de aprensión al futuro. Mi nombre es Denes Martos. Blanco, católico, masculino, heterosexual, casado hace 43 años con la misma extraordinaria mujer, padre de dos buenos hijos; orgulloso de mi familia, de mi nacionalidad y apasionado por mi cultura.

Estoy empezando a sentirme miembro de una especie en vías de extinción.

jueves, 14 de abril de 2016

Denes Martos - Elecciones y el fin de la Historia


(Publicado durante las elecciones presidenciales de Argentina, en 2015)

Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.
(Tomasi di Lampedusa, "El Gatopardo", Cap. I)
Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre.
El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos...
Y luego será distinto, pero peor.
Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones.
Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas,
y todos, gatopardos, chacales y ovejas,
continuaremos creyéndonos la sal de la tierra.
(Ibid. Cap. IV)

Cuando el comunismo colapsó hacia fines de la década de los años '80 del siglo pasado muchos interpretaron el fenómeno como un triunfo de su contracara, la democracia liberal del mundo capitalista. En realidad, el derrumbe del comunismo se debió mucho más a la propia inviabilidad intrínseca del materialismo dialéctico, a la ilusión mítica del mesianismo proletario y a la esterilidad de la lucha de clases que a los embates del capitalismo en el marco de la Guerra Fría. No obstante, esto no fue impedimento para que muchos celebraran el hecho como un claro triunfo de la democracia. 

Entre ellos, un señor llamado Francis Fukuyama publicó en 1992 un libro titulado "El Fin de la Historia y el Último Hombre" en el cual postulaba que, con la desaparición de la Unión Soviética, la humanidad entera entraría en una era de eterna paz y bienestar gracias al imperio de la democracia. La idea de Fukuyama se apoyaba sobre el famoso dicho de Churchill en cuanto a que "la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás que se han intentado" para saltar a la conclusión de que más allá de la democracia no es posible otra forma de gobierno que sea satisfactoria. Con lo cual se habría llegado al "fin de la Historia" en materia de formas de gobierno. El mensaje resultaba claro: dentro de lo políticamente viable, la democracia es lo mejor que hay y nunca habrá algo mejor. 

Quizás lo primero que cabría señalar en esto es que el problema planteado es mucho más complejo de lo que parece. En primer lugar porque sostener que una determinada estructura político-social es "definitiva" – vale decir: que ya no cambiará nunca más a lo largo de toda la Historia futura – es, por un lado, algo completamente inverificable a priori y, por el otro lado, se contradice con todo lo que sabemos de los procesos y de las estructuras político-sociales que existieron durante los últimos 10.000 años de Historia conocida. Además y en segundo lugar, el concepto mismo de la democracia posee un fundamento teórico lo suficientemente débil como para que cueste mucho imaginarla como algo eterno.

Sucede que la democracia – en teoría – está edificada  sobre el axioma que la mayoría, conceptualmente, siempre tiene razón; o bien y por lo menos, que existe una mayor probabilidad que la razón esté del lado de la mayoría y no de la minoría.

El problema está en que ese axioma es falso. 

Por de pronto se basa en la universalización abusiva de aquello que "cuatro ojos ven más que dos", lo cual puede muy bien ser cierto referido a determinada cuestión tratada por una pluralidad de expertos en el tema. Una enfermedad rara tiene mayores probabilidades de ser correctamente diagnosticada si el caso es estudiado por varios médicos especializados en esa clase de patologías. Pero sumarle a la interconsulta médica la opinión del portero, la de la señora que hace la limpieza y la del jefe de mantenimiento del hospital no tendría mucho sentido que digamos.

Además de eso, resultaría sencillísimo demostrar que la realidad y la verdad resultan completamente independientes tanto del contenido de las opiniones individuales como de la cantidad de personas que opinan sobre ellas. La Historia está literalmente repleta de casos de "verdades científicas" que prácticamente todo el mundo tuvo por ciertas durante siglos y que hoy desechamos con una sonrisa. Piénsese solamente en casos como el del flogisto, el éter, la teoría del biocrón, la generación espontánea y tantas otras que han caído en el olvido. Nada nos garantiza que unas cuantas de nuestras actuales teorías científicas universalmente aceptadas se salven de quedar archivadas del mismo modo.

Otro de los problemas es que la democracia directamente promueve que los diferentes segmentos o estamentos sociales – sea que éstos se constituyan formalmente en partidos políticos o no – ejerzan una fuerte influencia sobre la cosmovisión de las personas. Y que lo hagan por cualquier medio y de cualquier modo. Con lo cual la "competencia democrática" de las diferentes fuerzas políticas para conquistar el voto de los ciudadanos no es más que una lucha entre las diferentes técnicas y tecnologías de manipulación de la "opinión pública". Y detrás de esta lucha lo que uno encuentra siempre es la reducida camarilla de quienes tienen suficiente dinero como para comprarse una campaña en la que se emplearán esas diferentes técnicas y tecnologías.

O sea que en la democracia, la que termina decidiendo es una minoría y no una mayoría como pretende el axioma.

Lo cual en sí mismo no sería de objetar porque en todos los regímenes, en cualquiera de los sistemas políticos, la que toma las decisiones importantes – vale decir: la que gobierna en realidad – siempre es una minoría. El hecho se podrá tratar de barrer bajo la alfombra con mil subterfugios ideológicos y cientos de argumentos demagógicos; pero es inútil. El gobierno real de un país lo ejerce siempre una minoría (generalmente diferentes sectores de la misma minoría) con un grado mayor o menor de consenso por parte de la mayoría. Y no es cuestión de entusiasmarse demasiado con eso del consenso porque, por un lado es una magnitud muy volátil y, además, la Historia demuestra que se necesita relativamente muy poco consenso para gobernar con razonable tranquilidad. 

La democracia se basa, pues, en una doble falacia. En primer lugar, la mayoría no siempre ni necesariamente tiene razón y, en segundo lugar, en una democracia la minoría gobernante está mucho más interesada en proteger sus propios intereses que en cumplir con la voluntad de una mayoría circunstancial.

La falsedad del axioma democrático se verifica en todas las diferentes denominaciones democráticas que se han inventado. No importa si se trata de una democracia popular, una democracia social, una democracia liberal, una democracia de izquierdas o de derechas. En todos los casos nos encontramos con lo mismo y la democracia ahora llamada neoliberal no es precisamente una excepción. Esta versión de la democracia – que dicho sea de paso es a la que alude Fukuyama – construida con una simbiosis de demagogia social más economía de mercado, es exactamente tan inviable en el largo plazo como lo fueron en su momento las "democracias populares" de inspiración socialmarxista y como lo son actualmente las democracias populistas que pretenden limitar los excesos de una economía capitalista fomentando los excesos de la lucha de clases dentro del marco contextual de la dialéctica marxista y la estrategia gramsciana.

Dentro de este panorama general el gran problema que presenta la postmodernidad es que no ha surgido todavía una propuesta coherente y viable, ampliamente aceptada, que supere las falacias democráticas de los actuales regímenes republicanos. Falacias que, en la postmodernidad occidental y en última instancia, se deben también al abandono de una cosmovisión organizadora centrada en lo trascendente y en lo sagrado para adoptar sistemas de organización existencial construidos alrededor del valor adjudicado a bienes contingentes del mundo material y profano. Y una de las mayores dificultades que conspira contra la construcción de una alternativa socio-política superadora es que no hay diálogo posible con quienes viven creyendo que una vida centrada alrededor de bienes materiales con la posibilidad de manifestar cualquier opinión por más estrafalaria que sea es la mejor de las vidas posibles. Y lo siguen creyendo a pesar de que los bienes materiales de los cuales realmente disponen son más bien escasos, para conseguirlos se tienen que endeudar hasta la coronilla en docenas de cuotas, y las opiniones manifestadas en la enorme mayoría de los casos no solamente le importan un bledo a nadie sino que quedan sujetas al calendario electoral para avizorar alguna remota esperanza de cambio.

Cambio que siempre termina en el gatopardismo de cambiar para que nada cambie.

El próximo 22 de Noviembre los argentinos deberán elegir un nuevo presidente. Dichosos aquellos que sinceramente creen que esta elección es importante. Lamentablemente no lo es. Y no lo es porque, más allá de las andanadas publicitarias de la demagogia electoralista, no hay nada realmente esencial que diferencie a los candidatos. El problema no es el discurso. Ni siquiera es el proyecto o los planes. El problema es la mentalidad y las prioridades que no solamente son comunes a los dos candidatos sino que resultan compartidos por toda la casta dirigente del país; tanto la política como la empresaria.

Sea con Scioli, sea con Macri, en la Argentina no cambiará nada sustancial el 11 de Diciembre. Y no cambiará porque si nuestros dirigentes no cambian de mentalidad tampoco cambiarán de comportamiento; y si no cambian de comportamiento los únicos cambios que cabe esperar son cosméticos y superficiales. Los cambios realmente importantes se irán produciendo por el desgaste natural del sistema, tanto a nivel mundial como a nivel local.

Porque la democracia – sea del partido político que sea y sea cual fuere el adjetivo calificativo con el que se la adorne – no representa el fin de la Historia.

Con suerte, puede llegar a representar el principio de otra Historia que todavía no ha comenzado.

Extraído del blog de Denes Martos

miércoles, 6 de abril de 2016

Juan Domingo Perón - Conducción política

Conducción política

El pueblo descubre intuitivamente a su Conductor, y éste responde a su multitudinario llamado y se hace presente con todos los caracteres de la aparición del ser largamente esperado que llega de pronto y entra en la Historia con su primer gesto. El general Perón, que reúne en su personalidad las excepcionales facultades del hombre destinado a llevar a su pueblo al cumplimiento de todas sus posibilidades históricas, imparte su doctrina con sabia palabra y concepción trascendente.

Maestro de la Conducción en sus aspectos mediatos e inmediatos, el líder de la nacionalidad forma a la ciudadanía en los principios fundamentales de su posición ante el mundo. Cada una de sus clases, desde todo punto de vista magistrales, proporciona con absoluta claridad y eficacia, didácticas el panorama global de lo que el Peronismo significa como movimiento y coma filosofía. La necesidad de capacitar al dirigente y de adoctrinar al pueblo surge como finalidad de esta publicación, que, en estilo que la verdad embellece de continuo, señala los fines superiores de la Conducción política peronista, su medular sentido de solidaridad humana. Cada una de sus páginas revela el talento creador del Líder, cuya visión de la Patria no se circunscribe al presente; el Peronismo, que debe a Eva Perón su impulso más luminoso, es cimiento del futuro, y ello trasciende de estas clases destinadas a exponer y analizar la esencia misma de la doctrina redentora, la línea de su conducta, la dimensión de su contenido. Este volumen reúne los exponentes del importante estudio, en su integridad; los conceptos vertidos por el general Perón, profundamente formativos de la nueva conciencia argentina. En su totalidad, las clases dictadas en, la Escuela Superior Peronista se consignan en la presente publicación, destinada a difundir los planteamientos y conclusiones de lo que representa la Conducción política, como arte y necesidad, a través del pensamiento del Líder. El fundamento y estructura, de cada tema, la maestría con que todos han sido tratados, confieren condición rectora a esta obra primordial de la didáctica peronista.


Jacques Marie de Mahieu - Fundamentos de Biopolítica

Fundamentos de Biopolítica
Olvido y exageración del 
factor racial

Para el lector de habla hispana, la biopolítica es una ciencia prácticamente inalcanzable. Salvo una que otra excepción, las pocas obras que, en nuestro idioma, abordan el tema de la raza lo hacen sobre la base de prejuicios igualitarios y hasta llegan, sin miedo al ridículo, a negar en cuanto a los seres humanos lo que nadie se atrevería a poner en duda con respecto a los perros o los caballos. Hace cuarenta años que científicos hechos propagandistas y propagandistas disfrazados de científicos se empeñan en confundir nuestras mentes. Y en gran parte lo han conseguido.

Hacía falta, pues, aclarar conceptos. ¿Qué es la raza? ¿Existen razas humanas? ¿Si existen, son ¡guales? ¿Cómo inciden en la vida de una Comunidad el nivel biopsíquico y el volumen de su población? Con un excepcional don de síntesis que hasta sus adversarios le reconocen, Jaime María de Mahieu resuelve en estas páginas los problemas así planteados. No fue su propósito escribir un tratado de biopolítica, que hubiera exigido una extensión mucho mayor, sino meramente establecer los fundamentos —el título de la obra lo dice— de una ciencia en cuyo campo casi todo está todavía por hacer y, en especial, dar definiciones sin las cuales resulta imposible aprehender un factor esencial de la historia y datos básicos del orden social.


martes, 5 de abril de 2016

Walther Darré - Política Racial Nacionalsocialista


Prólogo:

Lo revolucionario de la filosofía nacionalsocialista reside, indudablemente, en el hecho de que - por primera vez en la Historia - se han reconocido las leyes naturales válidas también para el Hombre. Es por eso que nuestra misión política reside el estructurar el ordenamiento interno y externo de nuestro Pueblo, de acuerdo a las leyes de Raza, Sangre y Suelo. Porque constituyen factores de cuyas interrelaciones y manifestaciones positivas estamos totalmente convencidos.

La cuestión de la Sangre, considerada como una cuestión de raza y de leyes biológicas, determina todo plan y toda acción de gobierno. Precisamente esta cuestión ha sido considerada y expuesta, en forma clara y políticamente consecuente, por el Reichsleiter R. WALTHER DARRÉ, quién no se ha circunscrito al ámbito de su misión política frente a la población agraria alemana sino que ha ido más lejos, adentrándose en el ámbito del pensamiento. Es decir: se trata de un desarrollo profundamente claro y maduro de la cuestión, desde el punto de vista científico y filosófico.

Lo que somos y lo que aún podemos ser como Pueblo, eso lo decide nuestra composición étnica”. Esta frase de R. WALTHER DARRÉ ha de ser siempre la ley que rija nuestra acción. En ella está indicada la enorme responsabilidad que le cabe a toda generación viviente frente a la sustancia misma del Pueblo: frente a nuestra Sangre que se compone de creación, de herencia y de responsabilidad por el futuro. Esta responsabilidad ha sido descrita, en este ensayo, por el Reichsleiter R. WALTHER DARRÉ de una manera implacablemente abierta que niega toda solución de mero compromiso y que obliga a la más alta responsabilidad moral y social. La frase que señala que “la única y verdadera línea orientadora para nuestro Pueblo es su Sangre" es una verdad tan fundamentada que debemos colocarla como premisa diaria para nuestro trabajo y para nuestra vida. Y debemos prepararnos también a afrontar, sin contradicciones y con profunda responsabilidad, todo lo que esta frase implica a modo de lógica deducción; especialmente en cuanto a la cuestión del matrimonio, del niño atado a sus padres y - no en última instancia - en cuanto a la cuestión general de las relaciones de los sexos entre sí.

Hemos elegido este trabajo de R. WALTHER DARRÉ, tan pleno de pensamientos y tan fundamental desde el punto de vista de nuestro estilo de vida, para ponerlo a disposición de todo el aparato de adoctrinamiento del Movimiento, porque queremos que, durante el trabajo ideológico, todas las cuestiones tan claramente tratadas aquí se comprendan con la misma claridad y se afirmen - aún internamente - con la misma justeza, con la misma dureza y con la misma falta de compromisos.

Al mismo tiempo, al entregar este trabajo, quisiera exaltar y reafirmar las consecuencias tan decisivas que, en este sentido, se desprenden de nuestra filosofía y quisiera también exhortar a los Camaradas a abrazar una vida acorde con estos ideales. Porque aún el anhelo más caro a nuestros sentimientos sólo se hace realidad a través del ejemplo de Hombres que están dispuestos a dar un ejemplo viviente para darle, con ese comportamiento, vida al ideal.

El despertar esta disposición es el deber del adoctrinamiento en nuestro Movimiento.

Friedrich Schmidt, Hauptbefehlsleiter Jefe de 
la División de Adoctrinamiento del N.S.D.A.P. 


domingo, 3 de abril de 2016

Walther Darré - La Raza: nueva nobleza de Sangre y Suelo

La Raza
Nueva nobleza de
Sangre y Suelo


La presente obra es una consecuencia lógica de los principios fundamentales expuestos en mi libro "El Campesinado, fuente vital de la Raza Nórdica", y me propongo aportar unas directrices a este "Imperio Alemán de los Alemanes" hacia el cual tienden todos los esfuerzos del III Reich.
Algunos se extrañarán de verme buscar directrices para una Aristocracia de la Tierra y no para la masa del campesinado, pero si en la palabra "Nobleza" hay una distinción de rango entre la clase noble y el campesinado, ambas, en el verdadero sentido germánico del término, se encontraban incorporadas entre los Germanos en la clase campesina, aunque con deberes diferentes, no existiendo entre ellas ninguna distinción de fondo.
Este libro tiene por objeto esencial aclarar esta identidad, y sobre todo, demostrar que la distinción entre Nobles y Campesinos, tal como la observamos en la Historia de Alemania a partir de la Edad Media, es profundamente no-germánica y, por consiguiente, no-alemana.

viernes, 1 de abril de 2016

Juan Domingo Perón - La comunidad organizada


Prólogo del autor en el marco de el Primer Congreso Nacional de Filosofía, inaugurado en 1949 en la ciudad argentina de Mendoza:

Alejandro, el más grande general, tuvo por maestro a Aristóteles. Siempre
he pensado entonces que mi oficio tenía algo que ver con la filosofía.
El destino me ha convertido en hombre público. En este nuevo oficio, agradezco
cuanto nos ha sido posible incursionar en el campo de la filosofía.
Nuestra acción de gobierno no representa un partido político, sino un
gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en el campo político
mundial.
He querido entonces ofrecer a los señores que nos honran con su visita,
una idea sintética de base filosófica, sobre lo que representa sociológicamente
nuestra tercera posición.
No tendría jamás la pretensión de hacer filosofía pura, frente a los maestros
del mundo en tal disciplina científica. Pero, cuanto he de afirmar, se encuentra
en la República en plena realización. La dificultad del hombre de Estado responsable,
consiste casualmente en que está obligado a realizar cuanto afirma.

Por eso, señores, en mi disertación no ataco a otros sistemas, señalo solamente
opiniones propias hoy compartidas por una inmensa mayoría de
nuestro pueblo e incorporadas a la Constitución de la Nación Argentina.
El movimiento nacional argentino, que llamamos justicialismo en su concepción
integral, tiene una doctrina nacional que encarna los grandes principios
teóricos de que os hablaré enseguida y constituye a la vez la escala de
realizaciones, hoy ya felizmente cumplidas en la comunidad argentina.
He querido exponer personalmente ante los señores congresales tales
concepciones, en la seguridad de que las interpretarán como un esfuerzo
personal de contribución a este Congreso, y en el deseo de expresar personalmente
también a nuestros gratos huéspedes toda nuestra consideración y
todo nuestro afecto.


miércoles, 30 de marzo de 2016

Federico Rivanera Carlés - El cautiverio y la muerte de Rudolf Hess


"Ni los ministros, ni los tribunales aliados, ni los comisarios 
soviéticos, pueden cambiar un destino." (Rudolf Hess, 1947)

El monstruosamente largo cautiverio de Rudolf Hess, que no pudo mellar su voluntad de acero, y el hecho de que fuera asesinado por los aliados judeobolcheviques y judeocapitalistas, demuestra una vez más la genial clarividencia de Adolf Hitler al designarlo su sucesor. En esa ocasión el Führer señaló: "Mi sucesor será el más capaz, es decir, el más valiente". El Führer sustituto demostró que Hitler tampoco en esto se equivocó (a diferencia de otros personajes contemporáneos) y con su martirio le proporcionó otro brillante triunfo póstumo, poniendo de manifiesto de modo incontrastable la superioridad absoluta del Nacionalsocialismo sobre sus vencedores materiales de 1945, puesto que ha sido capaz de forjar hombres de la talla de Hess. ¿Qué dirigente democrático o comunista hubiera resistido como Hess? ¿Os imagináis al borracho de Churchill, al débil paralítico Roosevelt o al rollizo gozador Stalin presos, durante 46 años, en Spandau? Que esto es así lo prueba la insólita premura en demoler un monumento histórico como dicha fortaleza, a fin de evitar que se convierta en "santuario de los nazis".

Todos los hechos gloriosos y esforzados protagonizados por el gran Hess antes de caer prisionero, empalidecen ante su heroico cautiverio, el cual configura una verdadera epopeya, signada por la valentía -hasta el grado del martirio- y el honor, que era para él un valor más alto que su libertad.

Cualquier bastardo morfinómano, cualquier homosexual, cobarde terrorista bolchevique o delincuente judío  tiene numerosos abogados, incluso importantes dignatarios religiosos, pero, en cambio, no hubo derechos humanos para el sucesor de Adolf Hitler. Porque no traicionó, porque no cedió, porque siguió fiel a la Bandera, a la Raza y a Occidente.

Los Héroes no mueren jamás. Permanecen eternamente victoriosos y viven en la memoria de la Raza a través de sus grandes hechos. Pese a la propaganda saturante y al deleznable materialismo, una nueva generación tomará la espada llameante de Rudolf Hess y se lanzará a la lucha contra las fuerzas del mal, es decir, contra los asesinos del sucesor de Adolf Hitler y los vencerá definitivamente. Entonces, cuando pase este tiempo de decadencia y de traición, su gigantesca figura será honrada por un mundo liberado, que habrá comprendido que el camino de la libertad es el Ideario que defendió de manera tan singular Rudolf Hess. Junto al tradicional "¡Heil Hitler!", un nuevo grito estremece a la Ariandad: "¡Hess no morirá!".