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jueves, 21 de abril de 2016

Julius Evola - Aceptar y entender


Un interesante campo, para quien observe con la debida distancia a la civilización contemporánea, se refiere a la manera como resulta ‘fabricada’ la así llamada opinión pública, esta presunta soberana del mundo de las democracias, así como también el misterio que se esconde detrás del éxito de ésta o de aquella teoría, a través del eco que suscita una u otra de las consignas hoy en boga. Ya al usar en el primer caso el término ‘fabricar’, hemos querido significar que tales procesos en gran parte no son ‘espontáneos’ o determinados por factores contingentes. En especial en lo referente a los ejemplos más importantes podemos decir que los mismos son provocados o dirigidos por medio de oportunas sugestiones o por acciones efectuadas, por así decirlo, por detrás de los bastidores.

Pero además de este dominio que tiene relación sobre todo con el mundo de la política y de las ideas o de las ideologías predominantes, entra aquí en cuestión, para el mencionado estudio, un dominio menor, referido al arte, a la cultura y a la literatura. También aquí quien es capaz de una mirada distanciada no puede no ser impactado por el papel que cumplen los factores irracionales y las corrientes en gran medida fabricadas por la moda, por el gusto y el interés. Es en los tiempos modernos que, por efecto de todo aquello que ha sido considerado como la apertura y difusión de la cultura, este fenómeno ha tenido un carácter esencial, lo cual por lo demás es natural: es una consecuencia por un lado del incremento de los órganos de información y de difusión en manos de camarillas de críticos y de intelectuales, por la otra, justamente por el acrecentamiento democrático del público, mucho más allá de los restringidos círculos más calificados de aquellos que anteriormente disfrutaban verdaderamente de los bienes de la cultura y del arte.

Para considerar el estado actual de las cosas en el uno y el otro de los dos dominios mencionados, no se pude no sonreír por las extravagancias de aquellos para los cuales la humanidad moderna sería aquella que por fin habría arribado intelectualmente a la mayoría de edad y a la capacidad de juzgar por sí misma. La verdad es en cambio que raramente un grado semejante de pasividad, de labilidad y de influenciabilidad se ha jamás registrado en nuestra historia. Comenzando por un fenómeno muy típico de nuestros días cual es el increíble dominio que tiene la publicidad y la existencia en función de la misma de una verdadera y propia ciencia de base psicoanalítica (la MR = motivational research) usada en Norteamérica para influir sobre la parte inconsciente, afectiva e irracional del público y de las masas. Usada primeramente para la venta de productos, se ha podido notar que estas mismas técnicas se han ido utilizando también para el ‘lanzamiento’ de una novela o de un actor y en una campaña presidencial, sin rasgos muy distintos de lo que podría emplearse para promocionar un dentífrico o un electrodoméstico. Que este fenómeno y estas técnicas, que tienen como presupuesto para su éxito una pasividad que arriba incluso a la credulidad y sugestión infantil, sean típicos de la ‘civilización-guía’ que se encuentra a la cabeza del ‘progreso democrático’, es decir de América US, es todo esto también algo natural y significativo.

Pero deteniéndonos un instante en el campo del arte, en especial en sus variedades modernas, vemos aquí una contraparte irracional de su éxito y fama, aun en el caso de obras y de corrientes notabilísimas que tienen una aceptación indiscutida.

Un ejemplo entre los tantos. Hace muy poco tuvo lugar un concierto de música exclusivamente atonal y dodecafónica en un gran teatro a precios altísimos y con un agotamiento total de localidades. No cuestionamos aquí el significado de tal música: la misma lo pudo tener en sus orígenes, como señal de un determinado clima espiritual, y puede conservarlo aun para un muy restringido público especializado. Lo cierto es que entre todos los que presenciaban tal concierto con seguridad ni un 10% de los presentes estaba en condiciones de vivir tal música, salvo que como un fastidioso conjunto de ruidos. El 90% restante habría tenido que admitirlo, si hubiese sido sincero consigo mismo, en vez de dar a entender que le gustaba y que la entendía para demostrar encontrarse à la page.

Ni qué decir de ciertas novelas. Es increíble todo lo que se traduce en italiano, sobre todo del anglosajón. La producción es aluvional en el seno de grandes editoriales como Mondadori, Rizzoli o Bompiani. Aquí la falta de discriminación resulta impresionante. Pero ello significa que si libros de tal tipo son traducidos e impresos, los mismos son leídos. Por lo cual hay que preguntarse nuevamente qué es lo que impulsa al lector corriente a comprarlos, en todos los numerosísimos casos en los cuales no son ni siquiera algo artístico, ni tampoco se trata de temas excitantes o morbosos, sino simplemente estúpidos, banales, aburridos, ligados a pequeños ambientes y a mediocres figuras de más allá del océano, que el italiano debería considerar como ajenos a él y privados de cualquier interés.

Personalmente iremos más lejos todavía. Por ejemplo no tenemos dificultad en confesar que no logramos terminar nunca la lectura del famoso Ulises de Joyce (como tampoco lo pudimos hacer con la Montaña encantada de T. Mann) y que hemos decididamente cerrado los libros de Faulkner cuando se ha sentido autorizado a dejar a un lado cualquier forma sensata de expresión en la narrativa, de escribir frases sin signos de puntuación que se desarrollan por páginas enteras, y así sucesivamente. Un público consciente y activo, con un preciso rechazo, habría hecho perderle las ganas a una praxis semejante.

La función más deletérea en todo esto la tiene la "crítica", verdadero flagelo del mundo cultural actual. Es ella la que marca lo bueno y lo malo a través de la ‘gran prensa’, rodeada por mentes pequeñas y por un público bovino. Aquí alguien ha hecho recordar oportunamente la historia de Til Eulenspiegel, cuando fue contratado como pintor por la corte de un rey. Él presentó telas en blanco diciendo que, en razón de un sortilegio, solamente aquellos que no habían tenido un nacimiento honesto no habrían visto nada. La consecuencia fue que todos se entregaron a admirar y a comentar aquellas telas en blanco. Es así como las cosas hoy se encuentran en la mayoría de los casos. Y si alguien protesta en nombre de la verdad y de la inteligencia, enseguida se lo acusará de ‘no entender’, casi como si ‘aceptar’ y ‘entender’ fuesen una misma cosa, casi como si no se pudiese rechazar una obra no ya porque no se la entiende, sino justamente porque como se la entiende uno se rebela a las cábalas de la ‘crítica’ y de todos aquellos que se le someten en buena o mala fe.

Dado que Picasso no era alguien carente de buen humor, seguramente podría ser verdadera esta pequeña anécdota. Picasso habría donado un cuadro suyo a una persona respecto de la cual se sentía en deuda. Pero luego de habérselo dado se percató de que no lo había firmado y entonces fue que dijo: "Espere un momento que lo firmo, pues de lo contrario no valdría nada, pues cualquiera lo podría haber hecho".

Ayer las cosas se desarrollaban de manera muy distinta en este campo. Que aquello que antes era pertinencia de un arte de excepción, representado como tal y apreciado por pocos, y rechazado en cambio por los más, hoy se ha convertido en cambio en una moda, ello es una señal indubitable de un conformismo nuevo y peor del anterior, dado que en esto estaban por lo menos en juego algunos factores y valores tradicionales; y señala en cambio el poder de los procesos artificiales y de comercialización de ‘fabricación’ de las reputaciones, en el marco de una fundamental carencia de sinceridad y fatuidad.

miércoles, 20 de abril de 2016

Julius Evola - Cabalgar el tigre

Cabalgar el tigre

Esta obra fue escrita para unos pocos, para una muy pequeña minoría. De aquellos que, a pesar de estar en absoluta antítesis con el mundo moderno, sin embargo deciden vivir en él y tratan ante el mismo de hacer de modo tal que "aquello contra lo cual nada se puede, no pueda nada en contra nuestro" y en segundo lugar, ante los fenómenos destructivos, como los antiguos alquimistas, "ser capaz de convertir el veneno en remedio, el plomo en oro", y que finalmente, siguiéndolo a Nietzsche, puedan también afirmar con orgullo que "aquello que no me destruye sirve por el contrario para hacerme más fuerte".


jueves, 14 de abril de 2016

Julius Evola - Ser de derecha


Derecha e Izquierda son designaciones que se refieren a una sociedad política en crisis. En los regímenes tradicionales las mismas eran inexistentes, por lo menos si eran tomadas en su significado actual; en los mismos podía haber una oposición, aunque no revolucionaria, esto es que pusiera en jaque al sistema, sino lealista y de algún modo funcional: así en Inglaterra se pudo hablar de una His Majesty's most loyal, es decir de una "lealísima oposición a su Majestad". Las cosas han cambiado luego de la aparición de los movimientos subversivos en los tiempos más recientes, y se sabe que en su origen la Izquierda y la Derecha se definieron en base al lugar ocupado respectivamente en el parlamento por parte de los partidos opuestos.

De acuerdo a los planos, la Derecha asume significados diferentes. Existe una Derecha económica de base capitalista no privada de legitimación si la misma no prevarica y si su antítesis es el socialismo y el marxismo.

En cuanto a una Derecha política la misma en rigor adquiere su pleno significado si existe una monarquía en un Estado orgánico: tal como ha sucedido sobre todo en la Europa central, en parte también en la Inglaterra conservadora.

Pero se puede también prescindir de presupuestos institucionales y hablar de una Derecha en los términos de una orientación espiritual y de una concepción del mundo. Entonces ser de Derecha significa, además de estar en contra de la democracia y en contra de todas las mitologías 'socialistas', defender los valores de la Tradición como valores espirituales, aristocráticos y guerreros (de manera derivada, también con referencia a una severa tradición militar, como, por ejemplo ha acontecido con el prusianismo). Significa además alimentar un cierto desprecio hacia el intelectualismo y respecto del fetichismo burgués del 'hombre culto' (el exponente de una antigua familia piamontesa tuvo ocasión de decir en forma paradojal: "Yo divido a nuestro mundo en dos clases: la nobleza y los que tienen un diploma" y Ernst Jünger valorizó el antídoto constituido por un "sano analfabetismo").

Ser de Derecha significa también ser conservadores, aunque no en un sentido estático. El presupuesto obvio es que existe algo subsistente digno de ser conservado, lo cual sin embargo nos pone frente a un difícil problema en el momento en que uno se refiera a aquello que ha constituido el inmediato pasado de Italia luego de su unificación: la Italia del ochocientos no nos ha dejado por cierto una herencia de valores superiores a ser tutelados, aptos para servir como base. También elevándose más hacia atrás, en la historia italiana no se encuentran sino esporádicas posturas de derecha; ha faltado una fuerza unitaria formativa tal como existiera en otras naciones, desde hace tiempo convertida en firme y sólida por parte de antiguas tradiciones monárquicas de una élite aristocrática.

De cualquier modo, al afirmar que una Derecha no debe estar caracterizada por un conservadurismo estático quiere decirse que deben más bien existir ciertos valores o ciertas ideas-base operando como un firme terreno, pero que a los mismos deben dárseles diferentes expresiones, adecuadas al desarrollo de los tiempos, para no dejarse sobrepasar, para retomar, controlar e incorporar todo aquello que se va manifestando a medida que las situaciones varían. Éste es el único sentido en el cual un hombre de Derecha puede concebir el "progreso"; no se trata del simple movimiento hacia delante, como demasiadas veces se piensa sobre todo entre las izquierdas; de una "fuga hacia delante" ha podido hablar al respecto con razón Bernanos ("où fuyez-vous en avant, imbécils?"). El "progresismo" es una quimera extraña a toda posición de Derecha. También lo es porque en una consideración general del curso de la historia, con referencia a los valores espirituales, no a los materiales, a las conquistas técnicas, etc..., el hombre de Derecha es llevado a reconocer un descenso, no un progreso y un verdadero ascenso. Los desarrollos de la sociedad actual no pueden sino confirmar esta convicción.

Las posturas de una Derecha son necesariamente anti-societarias, anti-plebeyas y aristocráticas; en modo tal que la contraparte de todo esto será la afirmación del ideal de un Estado bien estructurado, orgánico, jerárquico, regido por un principio de autoridad. A este último respecto se asoman sin embargo dificultades en orden a aquello de lo cual tal principio puede recabar su fundamento y su crisma. Es obvio que el mismo no puede venir desde lo bajo, del demos, en el cual, a pesar de lo que manifiesten los mazzinianos de ayer y de hoy, no se expresa para nada la vox Dei, sino más bien lo contrario exacto. Y deben excluirse también las soluciones dictatoriales y "bonapartistas", las cuales pueden valer tan sólo transitoriamente, en situaciones de emergencia y en términos contingentes y coyunturales.

Nuevamente nos vemos obligados a referirnos en vez a una continuidad dinástica, siempre y cuando, considerando un régimen monárquico, se tenga al menos en vista lo que ha sido denominado como el "constitucionalismo autoritario", es decir un poder no puramente representativo, sino también activo y regulador, sobre el plano de aquel "decisionismo" del cual ya hablaron De Maistre y Donoso Cortés, con referencia a decisiones que constituyen la extrema instancia, con todas las responsabilidades que se le vinculan y que son asumidas en persona, cuando nos encontramos ante la necesidad de una intervención directa porque el orden existente ha entrado en crisis o nuevas fuerzas urgen sobre la escena política.

Sin embargo repetimos que el rechazo en estos términos de un "conservadurismo estático" no se refiere al plano de los principios. Para el hombre de Derecha son los principios lo que siempre constituye la base de su acción, la tierra firme ante la mutación y la contingencia, y aquí la "contra-revolución" debe valer como una consigna muy precisa. Si se quiere, nos podemos referir en vez a la fórmula, tan sólo en apariencias paradojal, de una "revolución conservadora". La misma concierne a todas las iniciativas que se imponen para la remoción de situaciones negativas fácticas, necesarias para una restauración, para una asunción adecuada de aquello que posee un valor intrínseco y que no puede ser objeto de discusión. En efecto, en condiciones de crisis y de subversión, puede decirse que nada tiene un carácter tan revolucionario como la sustentación de tales valores. Un antiguo dicho es usu vetera novant, es decir las antiguas costumbres renuevan, y ello pone en evidencia el mismo contexto: la renovación que puede realizar la asunción de lo "antiguo", es decir de la herencia inmutable y tradicional.

Con esto creemos que las posiciones propias del hombre de la Derecha quedan esclarecidas en forma suficiente.

miércoles, 6 de abril de 2016

Julius Evola - El rojo revolucionario y el rojo de los soberanos


En ocasión de las diferentes manifestaciones que entre nosotros se han vuelto vincular con el primero de mayo, se nos ha dado en pensar en un fenómeno sobre el cual más de una vez hemos dirigido nuestra atención y que puede definirse como el de la inversión de los símbolos.

Nos podemos referir en primer lugar al simbolismo del color rojo. Se conoce muy bien aquel cántico que nos dice: "Levántate o pueblo para la liberación, bandera roja triunfará". A partir de la bandera del Terror de los jacobinos en la Revolución Francesa, el "rojo" ha señalado permanentemente las consignas del radicalismo revolucionario, luego fue la insignia del marxismo y del comunismo hasta arribar a las "guardias rojas", a la estrella roja de los Soviets y a la armada roja de la Rusia bolchevique. Y bien, el color rojo, que se ha convertido ya en emblema exclusivo de la subversión mundial, es también aquel que, como la púrpura, se ha vinculado habitualmente con la función regia e imperial, es más, no sin relación con el carácter sagrado que tal función, fue muchas veces reconocido de esta manera.

Al rojo de la revolución se le contrapone el rojo de la realeza. La tradición podría remitirnos hacia la antigüedad clásica, en donde tal color, que tenía una correspondencia con el fuego, concebido como el más noble entre todos los elementos (es el elemento radiante que, de acuerdo a los Antiguos, indicaría al cielo más elevado, el cual por tal causa fue denominado empíreo), se asoció también al simbolismo triunfal. En el rito romano del triunfo que, en la antigüedad tuvo un carácter más religioso que militar, el imperator vencedor no sólo vestía la púrpura, sino que en su origen se teñía de este mismo color, en el intento por representar a Júpiter, el rey de los dioses; esto en tanto se pensaba que Júpiter hubiese actuado a través de su persona, en modo tal de ser él el verdadero artífice de la victoria y el principio de la gloria humana.

Resulta superfluo citar ejemplos de las tradiciones siguientes, en razón de la recurrencia del rojo como color de la realeza. En el mismo catolicismo, los 'purpurados' son los 'príncipes de la Iglesia'. Existía el dicho: "haber nacido en la púrpura", con referencia a una cámara del palacio imperial bizantino, en donde se hacía en modo que nacieran los príncipes de la Casa reinante. Entró en el uso de la lengua inglesa la expresión: "he was born in the purple", para significar que una persona había nacido en un ambiente regio o, por lo menos elevadísimo. Y con ejemplos de tal tipo que también aparecen en países no europeos, se podría fácilmente continuar. El hecho que, sucesivamente, la asociación del rojo con la subversión puede haber tenido ciertas relaciones con el Terror, con el esparcimiento de sangre que formaba parte integrante de los pregoneros de la religión jacobina de la humanidad, no le quita para nada su carácter singular de proceso efectivo de inversión: el color de los reyes se convierte en color de la revolución.

Pero hay más: justamente el uso moderno de la palabra "revolución" acusa una idéntica inversión de significado. En efecto el término 'revolución', en su sentido primario y originario no quiere decir subversión y revuelta, sino justamente lo contrario, es decir el retorno a un punto de partida y movimiento ordenado alrededor de un centro inmóvil: por lo cual, en el lenguaje astronómico la "revolución" de un cuerpo celeste es justamente el movimiento que el mismo cumple gravitando alrededor de un centro, centro que regula la fuerza centrífuga, obedeciendo a la cual el mismo se perdería en el espacio infinito. Por lo cual, en razón de una natural analogía, también este concepto ha tenido un papel importante en la doctrina de la realeza. El simbolismo del 'pueblo' aplicado al Soberano, punto firme, 'neutro' y estable alrededor del cual se ordenan las diferentes actividades político-sociales, ha tenido carácter y difusión casi universales. He aquí por ejemplo un dicho característico de la antigua tradición extremo-oriental: "Aquel que reina a través de la virtud del Cielo (en términos occidentales se diría 'por la gracia de Dios') se asemeja a la misma estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor". En el cercano Oriente el término Qutb, 'polo', ha designado no solamente al Soberano, sino también a aquel que en un determinado período histórico decreta la ley como jefe de la tradición.

Se puede resaltar por lo demás que la insignia regia e imperial del cetro (que se vuelve a encontrar sin embargo también como atributo de diferentes divinidades celestiales), en su origen ha tenido un no diferente significado. El cetro expresa en el fondo también el concepto de 'eje', análogo al de 'polo'. Y éste es un aspecto esencial de la función regia, base de la misma idea de 'orden'. Gracias al mismo, en un organismo político subsiste siempre algo firme y calmo, a pesar de todo desorden y agitación debida a la contingencia de los tiempos.

La 'revolución' en el sentido moderno, con todo cuanto la misma ha creado, incorpora exactamente el significado opuesto: las fuerzas políticas y sociales se disuelven de su órbita natural, declinan, no conocen ni toleran más un 'centro' (una verdadera autoridad) ni un orden que sea diferente de una forma malamente constituida a través del desorden. La expresión de Trotsky, "la revolución permanente" es el caso límite y, a tal respecto, resulta significativa cuál sea el sentido específico que quería darle su autor. Indica exactamente el punto de vista de la fundamental inestabilidad de fuerzas que en el fondo son las fuerzas mismas del caos y de la materia separada de cualquier principio superior. Éstos son sólo dos casos de 'inversión de los símbolos'. Se podrían dar muchísimos más ejemplos y, de presentarse la ocasión, se podrá volver sobre tal temática. No puede negarse que todos ellos son signos elocuentes y significativos de la 'señal de los tiempos'.

lunes, 4 de abril de 2016

Julius Evola - El mundo se ha precipitado en una Edad Oscura


Es en gran medida sabido que mientras el hombre moderno ha creído y en gran medida aun cree en el mito de la evolución, las civilizaciones antiguas en cambio, casi sin excepción e incluso hasta las poblaciones salvajes, reconocieron en vez la involución, la gradual decadencia del hombre desde un estado primordial concebido no como un pasado semi-simiesco, sino como el de una alta espiritualidad.

La forma más notoria de tal enseñanza es el mito de Hesíodo respecto de las cuatro edades del mundo -del oro, de la plata, del bronce y del hierro- las cuales corresponden a grados sucesivos de la mencionada decadencia o descenso. Totalmente análogo a ello es la enseñanza hindú respecto de los yuga, ciclos de conjunto y sucesivos que son del mismo modo cuatro y que a partir de una "edad del ser" o "de la verdad" Satya-Yuga, van hasta una "Edad Oscura", Kali-Yuga. De acuerdo a tales tradiciones, los tiempos actuales corresponden al epicentro propio de este último período: nosotros nos encontraríamos pues en plena "edad oscura".

Si bien la formulación de tales teorías sea antiquísima, de hecho los caracteres previstos para la "edad oscura" corresponden en modo sumamente desconcertante a las características generales de nuestros tiempos. Ello puede ser recabado de ciertos pasajes del Vishnu-pûrana, texto que nos ha conservado gran parte del tesoro de las antiguas tradiciones y de los antiguos mitos de la India. Nosotros nos hemos limitado a agregar entre paréntesis algunas aclaraciones y a subrayar las correspondencias más evidentes.

Comencemos:

"Razas de siervos, de sin casta y de bárbaros se adueñarán de las riberas de la tierra hindú... Los jefes que reinarán sobre la tierra, como naturalezas violentas se adueñarán de los bienes de sus súbditos. Limitados en su poder, la mayor parte de éstos se levantará y caerá rápidamente. Muy breve será su vida, insaciables sus deseos, y ellos casi ignorarán qué cosa sea la piedad. Los pueblos de los diferentes países, que se mezclarán con ellos, seguirán su mismo ejemplo".

Se trata aquí de las nuevas invasiones bárbaras con la consiguiente invasión del virus del materialismo y de la salvaje voluntad de dominio propia del Occidente moderno en civilizaciones que aun son fieles a milenarias y sagradas tradiciones. Tal proceso como se sabe se encuentra en pleno desarrollo en el Asia.

"La casta predominante será la de los siervos (período proletario-socialista: comunismo). Aquellos que poseen abandonarán la agricultura y el comercio y se convertirán en siervos o ejerciendo profesiones mecánicas (proletarización industrializadora). Los jefes en vez de proteger a sus súbditos los despojarán y bajo pretextos fiscales robarán las propiedades a la casta de los mercaderes (crisis de la propiedad privada y del capitalismo, estatización comunista de la propiedad)".

"La salud (interior) y la ley (conforme a la propia naturaleza) disminuirán de día en día hasta que el mundo será totalmente pervertido, Sólo los bienes materiales conferirán rango. Como única meta de devoción será la preocupación por la salud física, el único lazo existente entre los sexos será el placer, el único camino para el éxito en las competencias será el fraude y la mentira". "La tierra será sólo venerada por sus tesoros minerales (industrialización a ultranza, muerte de la religión en la tierra)". "Las vestimentas sacerdotales se sustituirán a la dignidad del sacerdote". "La debilidad será la única causa de la obediencia (final de las antiguas relaciones de lealtad y de honor)". "La raza será ya incapaz de producir nacimientos divinos".

"Habiendo sido socavados por seres sin fe, los hombres se preguntarán entonces de manera insolente: ‘¿Qué autoridad tienen los textos tradicionales? ¿Qué son estos dioses, qué es la casta que posee la autoridad espiritual (brâhmana)’". "El respeto por las castas, por el orden social y por las instituciones (tradicionales) será menoscabado en la edad oscura". "Los matrimonios en esta edad dejarán de ser un rito y las reglas que vinculan a un discípulo con un Maestro espiritual no tendrán más fuerza. Se pensará que quienquiera y por cualquier vía pueda alcanzar el estado de los regenerados (es el nivel democratizante de las pretensiones modernas por la espiritualidad) y los actos de devoción que podrán aun ser ejecutados no producirán más resultado alguno". "Todo orden de vida será igual promiscuamente para todos (conformismo, estandarización)". "Aquel que distribuya más dinero será señor de los hombres y la descendencia familiar dejará de ser un título de preeminencia (superación de la nobleza tradicional)". "Los hombres concentrarán sus intereses en la adquisición, aun deshonesta, de las riquezas". "Toda especie de hombre se imaginará ser igual a un brâhmana (pretensiones prevaricadoras de la libre cultura académica; arrogancia de la ignorancia). La gente tendrá como nunca un terror por la muerte y se espantará por la pobreza; tan sólo por tales razones conservará la forma (una apariencia) de un culto".

"Las mujeres no cumplirán más con las órdenes de sus esposos ni de sus padres. Serán egoístas, abyectas, descentradas, mentirosas y se apegarán a las personas disolutas. Ellas se convertirán simplemente en objeto de satisfacción sexual".

"La impiedad prevalecerá entre los hombres desviados por la herejía y, en consecuencia, la duración de su vida será mucho más breve".

Si la actualidad de tal profecía del Vishnu-pûrana tiene rasgos difícilmente refutables, para alcanzar el significado completo de la misma habría que tener un sentido del punto de referencia, es decir de aquello que habrían sido sus orígenes, del estado desde el cual paulatinamente la humanidad habría decaído. ¿Pero qué significado hoy podrían tener para la mayoría términos tales como ‘edad del ser’ y ‘edad del oro’? Lamentablemente ello se reducirá a simples recreaciones mítico-literarias.

En el texto en cuestión valdría la pena notar dos temas ulteriores que mitigan sobremanera las tétricas perspectivas de la "edad oscura". Haremos de ello tan sólo una mención. El primero es la idea de que aquel que ha nacido en el Kali-Yuga y es sin embargo capaz de reconocer los valores verdaderos y la ley verdadera, éste recogerá frutos sobrenaturales difícilmente alcanzables en tiempos más fáciles. "Pesimismo heroico", diría Nietzsche, y esta idea no es ajena al mismo cristianismo. El segundo punto es que el mismo Kali-Yuga, en razón de vincularse a un desarrollo cíclico cósmico más vasto, tendrá también un final. A causa de una mutación no simplemente humana se producirá una mutación general. Le seguirá a ello una especie de regeneración, de un nuevo principio.

Esperemos que sea así: y sobre todo que antes no estemos obligados a ir hasta el fondo del abismo, con las delicias que la ‘era atómica’ nos reserva.

viernes, 1 de abril de 2016

Julius Evola - El doble rostro de la leyenda del Grial


Viernes Santo. En la capilla de los caballeros del Grial, en el Montsalvat, Parsifal, el 'puro héroe' o 'puro loco', retorna. Él ha superado la conciencia inherente a su misma inocencia primitiva. Él ha resistido a las insinuaciones eróticas de las 'doncellas-flor' y de Kundry, la bella criatura del mago Klingsor, la cual termina obteniendo la redención a través del amor. La lanza del Grial, que el rey Amfortas había perdido pecando, él la ha reconquistado en el castillo de Klingsor: es la lanza por cuya herida brotó la sangre de redención de Jesús, pero que también llagó a Amfortas, el indigno y lujurioso que quiso acercarse al Grial. Esta lanza ahora Parsifal la vuelve a llevar pues a la roca del Grial. Con su contacto, la herida ardiente de Amfortas desaparece y el prodigio del Viernes Santo se cumple una vez más. El Grial -que es la copa en la cual Jesús bebió en la Última Cena y que recogió su divina sangre- se hace luminoso. Desde lo alto desciende una blanca paloma -desciende el Espíritu Santo- entre la mística exaltación de los caballeros del 'Montsalvat'.

Ésta, tal como todos saben, es aproximadamente la trama del drama místico de Ricardo Wagner: es tan sólo a través del mismo que la mayoría de las personas hoy en día sabe algo acerca de la leyenda del Grial. Se trata de un drama místico al cien por ciento, de una devota languidez cristiana que en su momento provocara la áspera revuelta del filósofo del 'superhombre' y de la 'voluntad de dominio', de Federico Nietzsche, en contra de su antiguo amigo, Ricardo Wagner. ¿Pero cuáles son las fuentes de las cuales Wagner ha recabado su drama musical? ¿Y cuáles son las correspondencias efectivas entre tal drama y aquellas fuentes?

A tal respecto se impone un reconocimiento susceptible de ser extendido también a la relación entre las obras de la 'Trilogía' wagneriana y el contenido efectivo de la antigua mitología del Edda. No existe una adecuación con la misma. No hay correspondencia. Wagner ha tomado tan sólo esbozos para formar arbitrariamente un mundo de arte y de música el cual, más allá de su valor estético, en muchos aspecto más que facilitar, desvía de una comprensión verdadera de los significados más profundos escondidos en los mitos y en las leyendas originarias.

Esto vale también para el 'misterio del Grial'. Las fuentes efectivas de esta leyenda, provenzales y germánicas, tales como Chrétien de Troyes, 'Queste du Graal', Robert de Boron, Wolfram von Eschenbach, 'Dù Crône', 'Perlesvous', etc, no concuerdan sino escasamente con los rasgos más relevantes del drama wagneriano. Parsifal no es un 'puro', él ha ya conocido y 'de manera técnica' a Blanchefleur o a Condwriramour, y, en nombre de su vocación caballeresca, ha dejado morir a su madre.

Kundry no es la bella criatura demoníaca, instrumento del mago Klingsor, sino que es una vieja horrible, mensajera de los mismos caballeros del Grial y acusadora de Parsifal. En Wolfram von Eschenbach el 'Grial' no es una copa, sino una piedra, y en el 'Wartburgkrieg' una piedra 'luciferina': en otros textos la misma es un objeto singular que aparece y desaparece y está dotado de un mágico movimiento, sin nada que pueda reclamar ni siquiera de lejos el cáliz de la Eucaristía. Símbolos esenciales, como el de la 'espada partida' y la 'prueba de la espada', el 'rey muerto' o 'en letargo' y su resurrección, han sido totalmente dejados a un lado por Wagner. Y así sucesivamente. Pero además de todo esto, debe decirse que el contexto de los textos nos muestra que la del Grial no es una leyenda cristiana sino tan sólo en la superficie, que sus elementos constitutivos son de una naturaleza muy distinta y retroceden muy a lo lejos en el tiempo.

La tradición católica en efecto no sabe nada del Grial, y lo mismo puede decirse respecto de los primeros textos del cristianismo en general. La literatura caballeresca florecida alrededor del Grial aparece multitudinariamente en un muy breve período, asociada con un intenso interés y luego desaparece en forma repentina: ningún texto es anterior al primer cuarto del siglo XII, y ninguno es posterior al primer cuarto del siglo XIII. Por lo cual la impresión que se tiene es que se trata de algo subterráneo aflorado momentáneamente, pero enseguida rechazado y sofocado por otra fuerza: casi como si se tratase de una tradición secreta que 'bajo vestimentas extrañas' remitía a una enseñanza muy poco reductible a la de la Iglesia, del mismo modo que la siguiente literatura de los así llamados 'Fieles del Amor' (de acuerdo a los estudios efectuados por Luigi Valli), o la misma literatura hermético-alquímica o, finalmente, la misma tradición de los Templarios. Y es de notar al respecto que Wolfram von Eschenbach denomina exactamente a los caballeros del Grial como 'templeise', es decir templarios.

En cuanto a los objetos que figuran en la leyenda del Grial: una lanza, una copa que da 'alimento de vida', o una piedra que, entre otras cosas, tiene el poder de designar a los caballeros aptos de revestir una dignidad regia, tales objetos se encuentran ya en tradiciones pre-cristianas. Los tres por ejemplo figuran entre los objetos que, de acuerdo a las leyendas irlandesas, la 'raza divina' prehistórica de los 'Tuatha dè Danann' habría traído consigo en Irlanda viniendo desde el 'Avallon', una enigmática tierra occidental que quizás es la misma Atlántida del relato de Platón. Pero hay más. La misma antigua tradición romana presenta singulares correspondencias. Numa constituyó el colegio sacerdotal de los Salios que custodiaba una prenda, concedida por el Cielo, de la grandeza del imperio, 'pignum imperii'. Estos sacerdotes eran 'doce', del mismo modo que doce son los principales caballeros que se sientan alrededor de la Tabla Redonda en el castillo del Grial. Ellos llevaban un 'hasta' o 'lancea', que es el otro objeto, custodiado, junto a la copa, por parte de aquellos caballeros. Y de tal copa así como también de la piedra regia, que es el Grial, ellos tienen el equivalente, en la medida que cada uno de los Salios tiene, junto al 'hasta', un 'ancile', es decir un escudo, el que sin embargo Dumézil ha demostrado que originariamente tenía el significado de un recipiente que brinda la ambrosía, es decir un místico alimento, propio como la copa del Grial o el recipiente de los 'Tuatha' atlantídeos.

Y puesto que, de acuerdo a tal leyenda romana, el 'ancile' habría sido extraído de un aerolito, o piedra divina descendida del cielo, en esto no sólo existe una correspondencia con la piedra regia o 'fatídica' -'stone of destiny'- de los 'Tuatha' (piedra que aun hoy se conserva en Westminster y que es 'negra', negra como el misterioso 'lapis niger' de los Romanos), pero existe también una temática que remite a la versión de la leyenda del Grial, según la cual el mismo Grial habría sido recabado de una piedra caída del cielo, de una esmeralda que adornaba la frente de Lucifer antes de su rebelión. Además, la leyenda nos refiere que, bajo tal forma, el Grial fue también perdido por Adán, luego fue reconquistado por Seth, pasó finalmente a las manos de José de Arimatea, un caballero al servicio de Poncio Pilato, el cual, luego de la muerte de Jesús, lo llevó -¿adónde?- hacia una región que en algunos textos lleva 'justamente el nombre de la región atlántica misteriosa', patria de los 'Tuatha', la 'raza divina' que ya tenía los objetos equivalentes a los de la leyenda del Grial: en el Avalón, 'insula Avallonis', la 'isla blanca', 'île blanche'. De aquí se desarrolla un nuevo ciclo de leyendas, en donde las epopeyas de los 'caballeros celestes' en su búsqueda del Grial se cruzan con las de la corte del Rey Arturo, es decir con temáticas que provienen de antiquísimas tradiciones célticas, e incluso druídicas.

En todo esto se tienen correspondencias que, para aquel que sabe de la lógica secreta que siempre preside la formación de los símbolos tradicionales, no son para nada casuales y extravagantes. La sustancia originaria de la leyenda del Grial se mantiene también en sus sucesiva forma cristianizada, en tanto que, a diferencia de lo formulado por Wagner, su temática principal no es ni el 'pecado' de Amfortas, ni la 'tentación', no se trata aquí de algo místico, sino de algo esencialmente regio y guerrero: 'es el tema del rey muerto que debe ser vuelto a despertar o vengado y de la espada quebrada que debe ser vuelta a unir', en conexión con una empresa peligrosa y mortal propuesta a un héroe que, sin embargo, al alcanzarla, se eleva a una dignidad trascendente, marcada por esta singular fórmula, que se encuentra en el antiguo texto de Merlín: "Honor, gloria, poder y alegría eterna al Destructor de la muerte".