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lunes, 9 de mayo de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - España, una e indivisible


La urgencia de una ambición nacional. Se pretende la disolución de la Patria. Hay que llevar a la conciencia del pueblo el deber de la protesta armada.

La frase rotunda

He aquí nuestro grito: España, una e indivisible. Muchos republicanos españoles, tan amantes de la ejemplaridad de la Revolución francesa, olvidan que un grito así salvó a Francia y salvó a la Revolución. Hay que seccionar esa ola mediocre de localismos que hoy satura la atmósfera hispana e instalar revolucionariamente el deber de todos. La vejez cobarde, que hoy es dueña de los ministerios, asiste con apatía criminal a esa forja de decadencias que suponen las propagandas separatistas.

El abandono de las funciones de unidad señala una disolución irreparable. No se concibe cómo un pueblo, en el resurgir victorioso de una Revolución que triunfa, tolera fríamente los zarpazos desmembradores. ¿No habrá un hombre de temple que intuya con genialidad la palpitación del pueblo, hoy encadenada a la falacia de los traidores, y dé la orden de marcha contra los enemigos de la Patria? Porque es preciso que todos se den cuenta de algo, y es que el día en que la amenaza separatista abandone su actual escondrijo y se muestre ahí, ante el pueblo, éste pedirá a cualquiera –entiéndase bien, a cualquiera– que dirija los combates. Aun a costa de una tiranía.

La táctica de la minoría separatista de Cataluña que dirige Maciá es innoble y vergonzosa. Consiste en desorientar al pueblo con declaraciones contradictorias. Con hipocresía pura. A falta de valor y denuedo para sostener con las armas su loca pretensión, inician las tortuosidades que le permitan el ejercicio de un poder coactivo sobre el pueblo. De este modo, lo que hoy son sueños vanos de una minoría se convertirá, provocado por intereses y coacciones, en la voz de la región entera.

Para impedirlo, es urgente desalojar de los puestos directores de Cataluña a los separatistas emboscados y fusilar a Maciá por traidor. Toda la energía que se utilice es poca, si se tiene en cuenta la gravedad de los hechos. Las horas revolucionarias se distinguen de otras por la posible rapidez y eficacia en las intervenciones. Si se permite que adquieran robustez los actuales equívocos, serán luego más difíciles y más sangrientas las jornadas.

Los Estatutos regionales

De los tres proyectos de Estatutos regionales que hoy se elaboran, tan sólo el de Galicia va a ser, en cierto modo, discreto. El de Vasconia, de ingenuidad primitiva e intemperante. Y el de Cataluña, rencoroso, audaz y provisto de todos los gérmenes desmembradores.

La tarea de disciplinar esos Estatutos y la de rechazarlos corresponde a las Cortes Constituyentes. Pero no se olviden las amenazas de Maciá. El Gobierno provisional está en el deber de tomar medidas para el caso probabilísimo de que las Cortes rechacen el Estatuto separatista de los catalanes. Si no lo hace él, lo hará el pueblo, que se encargará de su propia movilización, así como de batir las rebeldías.

Hay que impedir que la disolución de España se lleve a efecto con música de aplausos, obligando a los disidentes a una actuación armada. A nosotros no nos importa la concesión de autonomías administrativas, pues esto favorecería quizá la eficacia del Estado. Pero sí denunciamos que no es eso ni nada que se relacione con eso lo que solicitan y quieren los separatistas. Existe todo un programa de asalto a la grandeza hispánica, al que colaboran los inconscientes de más acá del Ebro en nombre de la turbiedad democrática-burguesa que concede libertades y disuelve pueblos. La política separatista se propone realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia en Cataluña y desde ellos educar al pueblo en los ideales traidores. Otra, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo. Por eso decíamos hace quince días, que no hay que prestar sólo atención a lo que los catalanes pretendan y quieran para Cataluña, sino más aún a lo que pretendan y quieran para España. Su segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro ejército, esclavizar nuestra economía, enlazar a sus intereses las rutas internacionales, propulsar los nacionalismos de las regiones haciéndoles desear más de lo que hoy desean, lograr, en fin, que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispánico, hundido e inerme, la más leve protesta.

La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la separación radical.

Este plan lo hemos oído de labios de uno de los actuales mangoneadores de la Generalidad. Es indigno y cobarde. Denota una impotencia ruin, pues si un pueblo desea y quiere la independencia, la conquista por las armas. Pero es que no se trata del pueblo, del magnífico pueblo catalán, sino de una minoría bulliciosa que sabe muy bien no le obedecería el pueblo en su llamada guerrera. De ahí el plan, las tres etapas criminales que antes apuntamos.

España debe batir ese plan, que lleva consigo el propósito de reducir a cenizas la prosperidad de nuestro pueblo. Y hay que batirlo con estrategia. La más elemental indica que conviene acelerar ese proceso y plantear a Cataluña, en estos minutos de optimismo robusto para el pueblo español, por haber destruido el feudalismo borbónico, el problema de su hispanidad. Derrotar a mano armada sus pretensiones, obligarle a la lucha, provocar, en una palabra, la fase final del plan. Elegir el día y hora de la batalla.

El estatuto que hoy se redacta no representará sino la opinión parcial de Cataluña. La de los que ejercen allí y ahora el Poder coactivo. La legitimidad de esa asamblea o diputación deliberante es muy problemática. Quedan fuera la Lliga, los radicales (pues Lerroux fue bien expresivo al fijar en uno el número de sus amigos), la opinión socialista y el proletariado numerosísimo de la C.N.T.

Ese estatuto debe ser estudiado aplicándole toda serie de reactivos químicos, pues en él irán contenidas en germen las aspiraciones separatistas, y conviene, a ser posible, oponerse desde un principio a la táctica enemiga.

Las traiciones, las inconsciencias y las cobardías de aquí

Desde luego, una vez conocida la impotencia de los núcleos separatistas, se comprende que necesiten y busquen la complicidad inconsciente de toda España. Hasta qué punto está relajada en algunos la idea nacional, hay ejemplos a diario. Así el discurso reciente de Ossorio Gallardo –leguleyo nefasto a quien hay que impedir influya para nada en la República– en el Centro de dependientes de Barcelona. Por las enormidades que dijo, calculamos los aplausos que se llevaría ese voraz picapleitos, una de las figuras más inmorales de la política española, por las razones que algún día diremos.

Es comprensible, aunque errónea, la actitud de los separatistas. Pero la de esa opinión difusa que en el resto de España acoge con simpatía las aspiraciones desmembradoras constituye una traición imperdonable. Es quizá uno de los más fuertes síntomas de que amenaza a nuestro pueblo un tremendo peligro de decadencia. Las juventudes y los españoles sanos debemos iniciar con toda rapidez la tarea de levantar y exigir a todos la fidelidad más pulcra a la España una e indivisible.

Cataluña agradece esas traiciones y recoge de ellas el argumento máximo. Las contesta con falsa cordialidad, ocultando sus afanes íntimos, y de este modo introduce en España la atmósfera propicia que le «deje hacer» su plan. Véase cómo el cerebro elemental de ese poeta Gassol denunció en un minuto sincero los propósitos finales. Dijo textualmente en Manresa que él «ni era español ni quería serlo».

Lo que interesa, sobre todo destacar, es que los intereses separatistas de Cataluña se oponen a los intereses hispánicos, y que, bajo ningún concepto, puede España tolerar la fuga. Los separatistas catalanes sueñan con el Estado valenciano-catalano-balear, y no se conformarán con menos.

El máximo temor, insistimos, reside en que España se degrade hasta el extremo de apoyar y ver con simpatía la conspiración minoritaria de los separatistas. Si esto ocurre es que España se hunde sin remedio. Pero nosotros no creemos ni podemos creer nunca tal cosa. España se levantará como un solo hombre contra el crimen histórico. Y garantizamos que habrá sangre de sacrificio, la nuestra, y que los separatistas se verán obligados a luchar. Porque interceptaremos su camino con fusiles.

¡Viva la España, una e indivisible!

viernes, 8 de abril de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - Los intelectuales y la política


En España, más que en ningún otro pueblo, la intervención de los intelectuales en la política constituye un grueso problema. La crítica es una función peculiarísima de la inteligencia como tal, y desde 1898 apenas si ha circulado por la vida española otra cosa que crítica. Ha sido el período de los intelectuales. En que se han presentado ahí, con una voz y un escalpelo. Como frente a ellos no ha existido sino un régimen en declive, en franca huida, su tarea crítica encontró aceptación en sectores populares, consumándose de este modo la gran faena de edificar negaciones.

El ciclo que comenzó en 1898 y ha devorado estérilmente dos generaciones, llega hoy a su culminación con esos quince mil intelectuales que el Sr. Ortega y Gasset enarbola. Las circunstancias por que atraviesa la España actual hacen posibles las subversiones más cómicas, y tendría verdaderamente poca gracia que esas falanges meditadoras se hiciesen dueñas de los mandos.

La política no es actividad propia de intelectuales, sino de hombres de acción. Entiendo por intelectual el hombre que intercepta entre su acción y el mundo una constante elaboración ideal, a la que, al fin y al cabo, supedita siempre sus decisiones. Tal linaje de hombre va adscrito a actividades muy específicas, que no es difícil advertir y localizar. Así, el profesor, el hombre de ciencia, de letras o de pensamiento. Y esas otras zonas adyacentes, que corresponden a los profesionales facultativos. Entiendo por hombre de acción, en contraposición al intelectual, aquel que se sumerge en las realidades del mundo, en ellas mismas, y opera con el material humano tal y como éste es.

Política, en su mejor acepción, es el haz de hechos que unos hombres eminentes proyectan sobre un pueblo.

Pero las propagandas políticas son propagandas de ideas, se me dirá. Un siglo de palabrería hueca abona una afirmación así. Es lo cierto, sin embargo, que no hay ideas objetivas en política, única cosa que podría justificar la tarea interventora del intelectual.

No de ideas objetivas, esto es, no de pequeños orbes divinos, sino de hechos y de hombres, es de lo que se nutren las realidades políticas. Primero es la acción, el hecho. Después, su justificación teórica, su ropaje ideológico. Insistiré mucho en que nadie confunda esto que digo con el materialismo marxista, que es muy otra cosa. Pues aparte de que a nadie se le ocurrirá desnudar de espíritu la acción política, existe la radical diferencia de que aquí no establecemos causalidad alguna entre acción e idea.

Las cosas reales que dificultan y moldean la marcha y la vida de los pueblos se rinden tan sólo al esfuerzo y a la intrepidez del hombre de acción. En la medida en que un pueblo dispone de hombres activos eminentes y les entrega las funciones directoras, ese pueblo realiza y cumple con más o menos perfección su destino histórico. En cuanto se intercepta el intelectual y le suplanta, el pueblo se desliza a la deriva, tras de horizontes quiméricos y falsos.

El intelectual prefiere a la realidad una sombra de ella. Le da miedo el acontecer humano, y por eso teje y desteje futuros ideales. De ahí su disconformidad perenne, su afán crítico, que le conduce fatalmente a hazañas infecundas. El material humano le aparece imperfecto y bruto. Hurta de él esas imperfecciones posibles, que son la vida misma del pueblo, y se queda con lo que sea de fácil sumisión al pensamiento, a su pensamiento.

El hombre de acción, el político, se identifica con el pueblo. Nada le separa de él. No aporta orbes artificiosos ni se retira a meditar antes de hacer. Eso es propio del intelectual, del mal político. Precisamente el tremendo defecto de que adolece el sistema demoliberal de elección es que el auténtico político, el hombre de acción, queda eliminado de los éxitos. En su lugar, los intelectuales –y de ellos los más ramplones y mediocres, como son los abogados– se encaraman en los puestos directivos. El sistema político demoliberal ha creado eso de los programas, falaz instrumento de la más pura cepa abogadesca.

El hombre de acción no puede ser hombre de programas. Es hombre de hoy, actual, porque la vida del pueblo palpita todos los minutos y exige en todos los momentos la atención del político.

Al intelectual se le escapa la actualidad y vive en perpetuo vaivén de futuro. De ahí eso de los programas, elegante medio de bordear los precipicios inmediatos. El intelectual es cobarde y elude con retórica la necesidad de conceder audiencia diaria al material humano auténtico, el hombre que sufre, el soldado que triunfa, el acaparador, el rebelde, el pusilánime, el enfermo, o bien la fábrica, las quiebras, el campo, la guerra, etc.,.

Ahora bien, en un punto los intelectuales hacen alto honor a la política y sirven y completan su eficacia. En tanto en cuanto se atienen a su destino y dan sentido histórico, legalidad pudiéramos decir, a las acciones –victorias o fracasos– a que el político conduce al pueblo. Otra intervención distinta es inmoral y debe reprimirse.

Si el intelectual subvierte su función valiosa y pretende hacerse dueño de los mandos, influir en el ánimo del político para una decisión cualquiera, su crimen es de alta traición para con el Estado y para con el pueblo. En la política, el papel del intelectual es papel de servidumbre, no a un señor ni a un jefe, sino al derecho sagrado del pueblo a forjarse una grandeza. Afán que el intelectual, la mayor parte de las veces, no comprende.

La cuestión que abordamos en estas líneas es de gravedad suma aplicada a este país nuestro, que atraviesa hoy las mayores confusiones. Aquí, el intelectual sirve al pueblo platos morbosos, y busca el necio aplauso de los necios. Sabe muy bien que otra cosa no le es aceptada ni comprendida, y es sólo en el terreno de las negaciones infecundas donde halla identidad con la calle.

Ahora bien, el intelectual constituye un tipo magnífico de hombre, y es de todas las castas sociales la más imprescindible y valiosa. Su concurso no puede ser suplantado por nada y le corresponden en la vida social las elaboraciones más finas. El intelectual mantiene un nivel superior, de alientos ideales, sin el que un pueblo cae de modo inevitable en extravíos mediocres y sencillos. En España no hemos podido conocer todavía una colaboración franca de la Inteligencia con las rutas triunfales de nuestro pueblo. El intelectual se ha desentendido de ellas, ajeno a la acción, persiguiendo tan sólo afanes destructores. Puede ocurrir que ello se deba a que no ha gravitado sobre el pueblo español el imperio de una gran política. Y a que se requería al intelectual para contubernios viles. Sea lo que quiera, el hecho innegable es que el intelectual no ha contribuido positivamente, como en otros pueblos, a la edificación de la problemática política de España.

Además de esto, los intelectuales españoles ofrecen hoy el ejemplo curioso de que no se han destacado de ellos ni media docena de teóricos de una idea nacional, hispánica, figurando en tropel al servicio de los aires extranjeros. Ello es bien raro, y explica a la vez que los sectores de cultura media de España tarden en percibir las corrientes políticas que hace ya un lustro circulan por Europa. Se sigue rindiendo culto exclusivo a las ideas vigentes hace cincuenta años, y estos retrasos de información y de sensibilidad se traducen luego en dificultades para conseguir y atrapar las victorias que nuestro tiempo hace posibles.

Hay tan sólo una política, aquella que exalta y se origina en el respeto profundo al latir nacional de un pueblo, que pueda y merezca arrastrar en pos de sí la atención decidida de los intelectuales. Un intelectual, si lo es de verdad, vive identificado con las aspiraciones supremas de su pueblo. La acción política que esté vigorizada por la sangre entusiasta del pueblo encuentra fácilmente enlaces especulativos con los intelectuales. Es lo que acontece hoy en Italia, país donde reside un anhelo único entre intelectuales, políticos y pueblo. Es lo que acontece casi en Rusia, a pesar de que su política nacional es de tendencia exclusivamente económica y marxista, esto es, extranjera. Es lo que acontece en grandes sectores de Alemania, y en este país tenía ese mismo sentido la adhesión tan comentada de los sabios universitarios al Káiser, supuesto supremo representante del alma germana.

Y la colaboración nacional, positiva, de los intelectuales a la política hispana, ¿dónde aparece?

Artículo publicado en el número 5 de la revista
"La Conquista del Estado" (Abril de 1931)

jueves, 31 de marzo de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - El nacionalsocialismo alemán


Las elecciones alemanas del 14 de septiembre de 1930 popularizaron por el mundo las fuerzas políticas que acaudilla Adolfo Hitler. Fué el suyo un triunfo tan inesperado para los que desconocían la capacidad de propaganda y agitación del bloque nacionalsocialista, que por algún tiempo constituyó el eje de todos los comentarios sobre política internacional. De doce diputados en 1928, pasó a ciento siete en las elecciones a que nos referimos.

El nacimiento del nacionalsocialismo en su forma definitiva tiene lugar en Febrero de 1920. Lo fundó Hitler con el nombre de Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter-Partei. Es, pues, un partido de postguerra, a base de ideales de revancha, exaltación nacionalista y propaganda antisemita.

El éxito entre las masas ha sido de tal naturaleza, que acontece el hecho inexplicable de que en una época como la actual, donde la posición económica de las gentes polariza los ideales políticos, el nacionalsocialismo tenga adeptos entre la alta burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado.

Programa del partido

Copiamos a continuación el programa inicial, al que cabe adscribir buena parte del triunfo. Naturalmente, un partido revolucionario como éste posee en alto grado desarrollada la capacidad oportunista, y no hay que esperar una fidelidad exagerada a sus artículos.

El programa, tal como se publicó en München el 24 de febrero de 1920, dice así:

«El programa del partido nacionalsocialista alemán es temporal. Reside en los jefes la facultad de trazar al partido nuevos fines, una vez que éstos sean alcanzados.

1.º Pedimos la unión de todos los alemanes, a base de una democracia del pueblo que haga posible la gran Alemania.

2.º Exigimos para Alemania los mismos derechos de que disfrutan los demás pueblos, y, por tanto, anulación de los Tratados de Versalles y San Germán.

3.º Exigimos campo y territorios (colonias) para la alimentación de nuestro pueblo y expansión del exceso de población.

4.º Sólo podrá ser ciudadano alemán el alemán nativo, racial. Sólo se considerará alemán racial al que tenga sangre alemana, sin referencia alguna confesional. Ningún judío puede, por tanto, ser de nuestra raza.

5.º Quien no sea ciudadano alemán sólo podrá vivir en Alemania a título de huésped y sometido a la ley que regule la vida de los extranjeros.

6.º El derecho a influir en la orientación y en las leyes del Estado es privativo del ciudadano. Por tanto, exigimos que cualquier empleo público, sea el que sea, del Imperio, ciudad o Municipio, esté desempeñado por ciudadanos alemanes.

7.º Exigimos que el Estado se comprometa a proporcionar trabajo y medios de subsistencia a los ciudadanos. Si no fuera posible la alimentación de toda la población debe expulsarse a los extranjeros.

8.º Debe evitarse la inmigración de no alemanes. Exigimos que los inmigrados no alemanes desde el 2 de Agosto de 1914, sean inmediatamente expulsados del país.

9.º Todos los ciudadanos deben tener los mismos derechos y obligaciones.

10. El primer deber de todo ciudadano consiste en trabajar, intelectual o físicamente. La actividad del individuo debe desenvolverse dentro de los intereses de la colectividad.

Para ello exigimos:

11. Suspensión de los ingresos que no reconozcan por origen el trabajo. No más explotación y servidumbre.

12. Teniendo en cuenta los enormes sacrificios en vidas y dinero que la guerra cuesta al pueblo, todo enriquecimiento personal debido a la guerra debe considerarse como un delito contra el pueblo.

13. Queremos la nacionalización de todos los trust.

14. Exigimos la participación en las grandes explotaciones.

15. Deseamos protección segura para la vejez.

16. Deseamos que se forme una clase media sana; que sean municipalizados inmediatamente todos los grandes consorcios y alquilados a bajos precios a los pequeños comerciantes, teniendo sobre todo en cuenta a los industriales que abastezcan al Estado y a los Municipios.

17. Exigimos una reforma del régimen agrario que se acomode a las necesidades nacionales; creación de una ley de expropiación de terrenos en beneficio de la colectividad. Anulación de la contribución territorial y la especulación de terrenos.

18. Exigimos lucha implacable contra aquellos que, por su actuación, perturben los intereses de la colectividad. Pena de muerte para los usureros y explotadores del pueblo.

19. Pedimos que se sustituya el Derecho romano por un Derecho colectivo alemán.

20. El Estado proporcionará medios a todos los alemanes capacitados de lograr una cultura superior y poder ocupar puestos directivos. Los planes de enseñanza de todos los establecimientos docentes han de acomodarse a las necesidades de la vida práctica. La idea del Estado debe explicarse en la escuela a los niños al tener uso de razón. Los niños pobres capaces y aptos para el estudio deben ser auxiliados por el Estado.

21. El Estado se ocupará de modo preferente en la sanidad pública, protegiendo a las madres y niños, favoreciendo la cultura física del pueblo por medio de leyes que hagan el deporte y la gimnasia obligatorios y ayudando de un modo decidido a las sociedades y corporaciones que fomenten el desarrollo físico de la juventud.

22. Pedimos la desaparición de las tropas asalariadas, y la formación, en su lugar, de un ejército del pueblo.

23. Exigimos sea perseguida de modo implacable por la ley la mentira política intencionada. Y para posibilitar una Prensa alemana pedimos:

a) Que todos los redactores y colaboradores de los periódicos que aparezcan en lengua alemana sean ciudadanos alemanes.

b) Los periódicos no alemanes han de estar por completo de acuerdo con el Estado. Y no podrán imprimirse en alemán.

c) Prohibición de que los no alemanes influyan económicamente o idealmente en los periódicos. La infracción debe castigarse con la suspensión del periódico y la expulsión inmediata del interesado.

Debe prohibirse toda publicación que perjudique el bienestar público. Lucha contra las tendencias artísticas o literarias que produzcan efectos desintegrales en la vida de nuestro pueblo.

24. Queremos libertad para toda clase de creencias religiosas dentro del Estado, siempre que no supongan un peligro o estén en oposición a las costumbres y moral de la raza germana.

El partido en sí es positivamente cristiano, sin puntualizar una creencia determinada. Luchará contra el espíritu materialista judío, convencido de que la salvación de nuestro pueblo llegará a base del siguiente principio: el bien comunal antes que el bien individual.

25. Para la realización de todo esto, queremos la formación de un Poder central del Estado. Autoridad del Parlamento político central sobre el resto del Estado y su organización. Formación de Cámaras corporativas y profesionales para su actuación dentro del margen que permita el Estado.

Los directores del partido prometen poner en juego todos los medios que sean precisos, incluso sus propias vidas, para llegar a la realización de los Puntos anteriormente expuestos.

München, 24 Febrero 1920.»

El ejército del tercer imperio

Los nacionalsocialistas han organizado un ejército numeroso que tiene la doble finalidad de constituir unas falanges revolucionarias y ser, después del triunfo interior, el verdadero ejército del pueblo. El que hará posible un tercer imperio germano. Su organización sigue en todos los detalles al viejo ejército prusiano.

La unidad más pequeña es el grupo, de tres a dieciséis hombres. Varios grupos forman la Trupp (banda, cuadro), que corresponde a la Compañía.

Cuatro o cinco Trupp forman un Sturm, el cuerpo de asalto, que equivale al Batallón. Otros tantos Sturm forman el Estandarte, o sea el Regimiento. A cuyo frente hay un jefe auxiliado por un adjunto. Cada Estandarte tiene, naturalmente, secciones de música y sanidad. Los Estandartes de una comarcación se reúnen en un Gausturm, y éstos pueden dividirse en brigadas.

Existen cinco inspecciones del ejército, cuyo control corresponde al inspector general de los ejércitos.

Las fuerzas van rigurosamente uniformadas y las relaciones entre jefes y subordinados se atienen siempre a la disciplina militar. Además de los cuerpos normales, hay los grupos de Schutzstaffeln, que vienen a ser la élite del partido, de veintitrés a treinta y cinco años, y miden 1'70 metros como mínimo. Son los S.S. Para entrar en ellos ha de haberse estado un año en el otro ejército y tres años, por lo menos, en el Partido.

Por el modo como este gran ejército nacionalsocialista se ha formado, no parece tenga mucha eficiencia en el caso de una guerra, pero sí, en cambio, para una movilización revolucionaria. Aun así, los jefes, como se ha visto, no se determinan al Putsch sin la garantía de que el ejército oficial permanezca en neutralidad.

Actuación del partido

El partido de Hitler es, desde luego, un partido popular que moviliza grandes masas. Para ello, agita las cuestiones sociales con una intrepidez y una precisión notables. Las dificultades económicas de la postguerra, de un lado, y de otro, las ideas sentimentales de grandeza y de revancha unidas al odio racial contra los judíos, han obrado el milagro.

La campaña antijudía había sido emprendida en Alemania antes del nacionalsocialismo por Rosenberg. Este hacía sus campañas en Volkische Beobachter (El observador popular). En 1920 compraron este periódico los nacionalsocialistas, convirtiéndolo en órgano del partido, y además Hitler encontró en Rosenberg un valioso e íntimo colaborador. El arquitecto Rosenberg es el gran optimista del partido, y dispone de una fantasía demagógica eficacísima.

El nacionalsocialismo dispone relativamente de pocos periódicos. En 1930 se publicaban doce diarios, treinta y cuatro revistas semanales y un periódico ilustrado. Estas cifras son irrisorias si se comparan con los 170 diarios de que disponen los socialdemócratas. El de más circulación y autoridad es el antes citado, Volkische Beobachter.

Las fuerzas de Hitler, si tienen pocos periódicos, realizan, en cambio, una propaganda directa, de mitin, no igualada por nadie. Desde Hitler –que es un magnífico y genial orador– hasta el último nacionalsocialista, todos muestran gran preferencia por los mítines populares. Estos actos aparecen incluso como uno de los capítulos más importantes de ingresos del partido. Las entradas valen desde 0'50 hasta 2 marcos. Y en alguna ocasión, hablando Hitler, se han llegado a pagar hasta 10 marcos.

La actuación de los nacionalsocialistas es revolucionaria. Tienden a una estructura del Estado radicalmente distinta de la actual. Mejor dicho, a la edificación del Estado alemán. Bien es cierto que en los últimos meses los jefes afirman una actuación legal, y sobre esto deben tenerse en cuenta unas frases del doctor Goebbels, escritas en Dar Angriff el 18 de Febrero de 1929: «Un revolucionario debe hacerlo todo... Empero, tendrá sumo cuidado en que al desencadenar pasiones volcánicas, despertar cóleras, poner en marcha masas de hombres, organizar odios y desesperaciones, lo efectúe con frío cálculo, un poco, por decirlo así, con medios legales; proponerse esto es lo que distingue al auténtico revolucionario del falso.»

Normas para la estructura del Estado

Las líneas generales del hitlerianismo para la elaboración del Estado siguen la actual tendencia postliberal. Tienden a la eficacia, y reclaman la desaparición de las instituciones fracasadas. La organización interna del partido y el tono de las arengas indican clarísimamente una preferencia por el régimen de dictadura. En las propagandas de Hitler hay un notorio afán por exaltar las decisiones de la personalidad responsable. Frente a las decisiones de las mayorías, la decisión personal de un hombre. Del Dictador.

Forma de gobierno. Son totalmente indiferentes a la forma republicana o monárquica, aunque el hecho de actuar frente al régimen actual y la necesidad de combatirlo les haya hecho parecer antirrepublicanos algún tiempo. En aquellos de su contacto con Huggenberg.

A este efecto, dice Hitler: «La mejor forma del Estado será aquella que de modo más seguro dé significación rectora a la cabeza más sobresaliente de la comunidad.»

Y dice también Goebbels: «El Estado será nuestro Estado, y lo configuraremos según nuestros principios.»

El nacionalsocialismo tiende a la supresión del Parlamento político. En su lugar, la creación de un organismo –Standeparlaments–, con finalidad exclusivamente económica. Una asamblea corporativa o de profesiones.

Además, un Senado compuesto de 200 personalidades –la élite del pueblo– vitalicias para auxiliar al Dictador.

En cuanto al carácter federativo o unitario del Estado, debe tenerse en cuenta el punto 25 del programa. Ahora bien: no ha de olvidarse que el nacionalsocialismo tiende a la integración del imperio germano. A constituir por vía natural la Gran Alemania. Para lo cual se desea y se pide la completa libertad de los pueblos.

Programa social y económico

Es uno de los sectores más confusos del nacionalsocialismo. Ha influido, desde luego, su actitud en el desarrollo de la crisis económica alemana de postguerra. Desde la inflación hasta los compromisos internacionales últimos; por ejemplo, el plan Young. En su programa económico hay una mezcla de influencias marxistas y de oportunismo sentimental. Todo ello indudablemente bien trabado en unidad orgánica, pues los nacionalsocialistas saben muy bien lo que quieren y cómo lo quieren.

Hay, en primer lugar, una preocupación contra el capital financiero internacional, que contrarrestan valiéndose de su nacionalismo económico. Aquí debemos hablar del Zinsknechtschaft, gran concepto del economista Feder, voz especializada del nacionalsocialismo. Feder da a ese concepto el de ser la clave de una situación económica de un pueblo que está libre del influjo nefasto de la alta banca judía.

Para ello, se recluyen en la economía del Estado, confiriéndole la posibilidad que niegan a las economías privadas: Geld machen. Hacer dinero.

En cuanto al problema agrario, van a la expropiación de las tierras, buscando la máxima eficiencia en la explotación.

Los hombres del nacionalsocialismo

En primer lugar, Hitler. Es su artífice innegable. Su energía y sus propagandas han dado al partido eficacia y cohesión. Nació en 1889, y tiene, por tanto, cuarenta y un años. Está, pues, en su plenitud física y tiene la adhesión ciega de sus partidarios. Es de padre austríaco y madre checa. Intervino en la guerra europea en los ejércitos alemanes y posee amplia capacidad de organizador. Es un orador sobresaliente y preciso que triunfa ante el pueblo de un modo rotundo. Si estuviese en el Reichstag, no cabe presumir hasta dónde llegaría la eficacia de sus intervenciones.

Otro hombre del nacionalsocialismo es Goebbels, el Doctor. Jefe del grupo parlamentario en el Reichstag. Goebbels organizó triunfalmente en Berlín el nacionalsocialismo. Es hombre de increíble juventud, treinta años, de oratoria simpática, que lleva a las campañas agitadoras su perfil preciso de doctor joven en humanidades. Contaba diez y siete años al terminar la guerra, y estaba ya movilizado, sin que tuviera luego que ir al frente. En 1926 fundó en Berlín el primer Comité del partido con 400 miembros. Hombre frío y sistemático, pueden suponérsele ambiciones hondas. Ya se habla de posibles –creemos que imposibles– rivalidades con Hitler.

Por fin, se habla y no se termina de los orígenes financieros del nacionalsocialismo. Preferimos no hablar de esto, aunque lo hagamos en otra ocasión, pues los datos y las cifras circulan.

Artículo publicado en el número 2 de la revista 
"La Conquista del Estado" (Marzo de 1931)