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lunes, 9 de mayo de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - España, una e indivisible


La urgencia de una ambición nacional. Se pretende la disolución de la Patria. Hay que llevar a la conciencia del pueblo el deber de la protesta armada.

La frase rotunda

He aquí nuestro grito: España, una e indivisible. Muchos republicanos españoles, tan amantes de la ejemplaridad de la Revolución francesa, olvidan que un grito así salvó a Francia y salvó a la Revolución. Hay que seccionar esa ola mediocre de localismos que hoy satura la atmósfera hispana e instalar revolucionariamente el deber de todos. La vejez cobarde, que hoy es dueña de los ministerios, asiste con apatía criminal a esa forja de decadencias que suponen las propagandas separatistas.

El abandono de las funciones de unidad señala una disolución irreparable. No se concibe cómo un pueblo, en el resurgir victorioso de una Revolución que triunfa, tolera fríamente los zarpazos desmembradores. ¿No habrá un hombre de temple que intuya con genialidad la palpitación del pueblo, hoy encadenada a la falacia de los traidores, y dé la orden de marcha contra los enemigos de la Patria? Porque es preciso que todos se den cuenta de algo, y es que el día en que la amenaza separatista abandone su actual escondrijo y se muestre ahí, ante el pueblo, éste pedirá a cualquiera –entiéndase bien, a cualquiera– que dirija los combates. Aun a costa de una tiranía.

La táctica de la minoría separatista de Cataluña que dirige Maciá es innoble y vergonzosa. Consiste en desorientar al pueblo con declaraciones contradictorias. Con hipocresía pura. A falta de valor y denuedo para sostener con las armas su loca pretensión, inician las tortuosidades que le permitan el ejercicio de un poder coactivo sobre el pueblo. De este modo, lo que hoy son sueños vanos de una minoría se convertirá, provocado por intereses y coacciones, en la voz de la región entera.

Para impedirlo, es urgente desalojar de los puestos directores de Cataluña a los separatistas emboscados y fusilar a Maciá por traidor. Toda la energía que se utilice es poca, si se tiene en cuenta la gravedad de los hechos. Las horas revolucionarias se distinguen de otras por la posible rapidez y eficacia en las intervenciones. Si se permite que adquieran robustez los actuales equívocos, serán luego más difíciles y más sangrientas las jornadas.

Los Estatutos regionales

De los tres proyectos de Estatutos regionales que hoy se elaboran, tan sólo el de Galicia va a ser, en cierto modo, discreto. El de Vasconia, de ingenuidad primitiva e intemperante. Y el de Cataluña, rencoroso, audaz y provisto de todos los gérmenes desmembradores.

La tarea de disciplinar esos Estatutos y la de rechazarlos corresponde a las Cortes Constituyentes. Pero no se olviden las amenazas de Maciá. El Gobierno provisional está en el deber de tomar medidas para el caso probabilísimo de que las Cortes rechacen el Estatuto separatista de los catalanes. Si no lo hace él, lo hará el pueblo, que se encargará de su propia movilización, así como de batir las rebeldías.

Hay que impedir que la disolución de España se lleve a efecto con música de aplausos, obligando a los disidentes a una actuación armada. A nosotros no nos importa la concesión de autonomías administrativas, pues esto favorecería quizá la eficacia del Estado. Pero sí denunciamos que no es eso ni nada que se relacione con eso lo que solicitan y quieren los separatistas. Existe todo un programa de asalto a la grandeza hispánica, al que colaboran los inconscientes de más acá del Ebro en nombre de la turbiedad democrática-burguesa que concede libertades y disuelve pueblos. La política separatista se propone realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia en Cataluña y desde ellos educar al pueblo en los ideales traidores. Otra, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo. Por eso decíamos hace quince días, que no hay que prestar sólo atención a lo que los catalanes pretendan y quieran para Cataluña, sino más aún a lo que pretendan y quieran para España. Su segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro ejército, esclavizar nuestra economía, enlazar a sus intereses las rutas internacionales, propulsar los nacionalismos de las regiones haciéndoles desear más de lo que hoy desean, lograr, en fin, que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispánico, hundido e inerme, la más leve protesta.

La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la separación radical.

Este plan lo hemos oído de labios de uno de los actuales mangoneadores de la Generalidad. Es indigno y cobarde. Denota una impotencia ruin, pues si un pueblo desea y quiere la independencia, la conquista por las armas. Pero es que no se trata del pueblo, del magnífico pueblo catalán, sino de una minoría bulliciosa que sabe muy bien no le obedecería el pueblo en su llamada guerrera. De ahí el plan, las tres etapas criminales que antes apuntamos.

España debe batir ese plan, que lleva consigo el propósito de reducir a cenizas la prosperidad de nuestro pueblo. Y hay que batirlo con estrategia. La más elemental indica que conviene acelerar ese proceso y plantear a Cataluña, en estos minutos de optimismo robusto para el pueblo español, por haber destruido el feudalismo borbónico, el problema de su hispanidad. Derrotar a mano armada sus pretensiones, obligarle a la lucha, provocar, en una palabra, la fase final del plan. Elegir el día y hora de la batalla.

El estatuto que hoy se redacta no representará sino la opinión parcial de Cataluña. La de los que ejercen allí y ahora el Poder coactivo. La legitimidad de esa asamblea o diputación deliberante es muy problemática. Quedan fuera la Lliga, los radicales (pues Lerroux fue bien expresivo al fijar en uno el número de sus amigos), la opinión socialista y el proletariado numerosísimo de la C.N.T.

Ese estatuto debe ser estudiado aplicándole toda serie de reactivos químicos, pues en él irán contenidas en germen las aspiraciones separatistas, y conviene, a ser posible, oponerse desde un principio a la táctica enemiga.

Las traiciones, las inconsciencias y las cobardías de aquí

Desde luego, una vez conocida la impotencia de los núcleos separatistas, se comprende que necesiten y busquen la complicidad inconsciente de toda España. Hasta qué punto está relajada en algunos la idea nacional, hay ejemplos a diario. Así el discurso reciente de Ossorio Gallardo –leguleyo nefasto a quien hay que impedir influya para nada en la República– en el Centro de dependientes de Barcelona. Por las enormidades que dijo, calculamos los aplausos que se llevaría ese voraz picapleitos, una de las figuras más inmorales de la política española, por las razones que algún día diremos.

Es comprensible, aunque errónea, la actitud de los separatistas. Pero la de esa opinión difusa que en el resto de España acoge con simpatía las aspiraciones desmembradoras constituye una traición imperdonable. Es quizá uno de los más fuertes síntomas de que amenaza a nuestro pueblo un tremendo peligro de decadencia. Las juventudes y los españoles sanos debemos iniciar con toda rapidez la tarea de levantar y exigir a todos la fidelidad más pulcra a la España una e indivisible.

Cataluña agradece esas traiciones y recoge de ellas el argumento máximo. Las contesta con falsa cordialidad, ocultando sus afanes íntimos, y de este modo introduce en España la atmósfera propicia que le «deje hacer» su plan. Véase cómo el cerebro elemental de ese poeta Gassol denunció en un minuto sincero los propósitos finales. Dijo textualmente en Manresa que él «ni era español ni quería serlo».

Lo que interesa, sobre todo destacar, es que los intereses separatistas de Cataluña se oponen a los intereses hispánicos, y que, bajo ningún concepto, puede España tolerar la fuga. Los separatistas catalanes sueñan con el Estado valenciano-catalano-balear, y no se conformarán con menos.

El máximo temor, insistimos, reside en que España se degrade hasta el extremo de apoyar y ver con simpatía la conspiración minoritaria de los separatistas. Si esto ocurre es que España se hunde sin remedio. Pero nosotros no creemos ni podemos creer nunca tal cosa. España se levantará como un solo hombre contra el crimen histórico. Y garantizamos que habrá sangre de sacrificio, la nuestra, y que los separatistas se verán obligados a luchar. Porque interceptaremos su camino con fusiles.

¡Viva la España, una e indivisible!

sábado, 23 de abril de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - Ideas sobre el Estado


Estas notas sobre el Estado parten de un hecho histórico: ahí está, vencido e inane ante nosotros, el concepto liberal-burgués del Estado, vigente en Europa como avanzada revolucionaria, es decir, como meta ilusionadora de pueblos, todo un larguísimo siglo de vida política.

Así, pues, esta convicción moderna, actual, de que son inservibles y absurdas las bases que informaban las instituciones políticas superiores de los grandes pueblos, nos sitúa en presencia de una formidable época subversiva. Se han desplomado las supuestas gruesas columnas que desde la Revolución francesa sostenían el mito de la eficacia y del progreso revolucionarios.

Hasta aquí, todos hemos vivido aceptando como normas para comprender el Estado, la existencia y vigencia del Estado, unas ideas cuya trayectoria precisa derivaba de los momentos mismos en que se incubaron el Estado liberal, la política constitucional moderna y el parlamentarismo. El Estado apareció entonces como un utensilio, una mera forma, un marco donde encuadrar la actividad nacional de un pueblo con objeto de lograr un funcionamiento cómodo. Estaba entonces presente un tipo de hombre, el burgués, que una vez rotas las vigencias tradicionales, los imperativos que la historia y el alma misma de cada pueblo imprimían a su futuro, se encargó de propagar un nuevo concepto de las instituciones públicas. Es el que ha permanecido hasta los aledaños de nuestra propia época, para convertirse ahora en el verdadero peso muerto, retardatario, que hoy cruje ante el vigor, la disciplina y el optimismo nacional, uniformado y rígido, de los nuevos jerarcas europeos.

El Estado liberal se asienta sobre una desconfianza y proclama una primacía monstruosa. Sus partidarios, los burgueses, buscaban instituciones para su servicio, preferían las que les permitiesen realizar mejor sus propios y peculiares intereses, ignorando desde luego, o señalándolos como secundarios, los que podemos denominar con pureza fines e intereses nacionales. Así el Estado, repito, venía a ser un mero utensilio, sin ligazón fundamental a nada que trascendiese al afán individualista de los supuestos ciudadanos. Todas las libertades frente al Estado eran, pues, lícitas, por lo menos de un modo teórico, ya que el Estado mismo era modificable, revisable en su más honda entraña, a cualquier hora del día parlamentario, sin sujeción ni respeto a compromisos tradicionales, incluso los sellados con la sangre, el heroísmo, la grandeza y el genio creador del propio pueblo en los siglos y años precedentes.

Nace el Estado liberal cuando triunfaba en Europa la cultura «racionalista». Una Constitución es, ante todo, un producto racional, que se nutre de ese peculiar optimismo que caracteriza a todo racionalista: el de estar seguro de la eficacia y el dominio, sobre toda realidad posible, de los productos legislativos de su mente. Y es que la vida nacional, el genio nacional, la auténtica vibración de los pueblos, era desconocida, ignorada, y se legislaba, se especulaba sobre el hombre, así en abstracto, sobre el individuo, y lo «nacional» –esta palabra sí circuló en tales períodos políticos, pero ahora veremos en qué erróneo sentido– era cuando más la totalidad, el grupo social, cosa de números, lo que luego se llamaría en la lucha de grupos y partidos la mayoría.

Y si el Estado era tan sólo un utensilio, pudo concebirse la posibilidad de montar algo así como una fábrica de tales objetos, de artefactos constitucionales, materia de exportación para los pueblos cuyo «atraso o mediocridad revolucionaria» impidiesen construirlos o realizarlos por sí. Todo el mundo sabe que el moralista inglés Bentham se prestaba de muy buena gana a hacer Constituciones de encargo, con destino a pueblos de las más varias latitudes.

La primera consecuencia de todo esto, el efecto inmediato y seguro del Estado liberal-parlamentario fue entregar a los grupos y partidos políticos la tarea de marcar en «cada hora» la ruta que seguir; y el hacer del Estado y de la vida nacional objeto de botín transitorio, sin fidelidad esencial a nada, originó todas las miserias políticas, todas las pugnas vergonzosas, todos los injuriosos atropellos sobre el cuerpo y el alma del genio nacional que pueden seguirse fácilmente en cualquier período de cualquier pueblo donde haya regido un Estado liberal-parlamentario.

En el último tercio del siglo XIX algo vino a perturbar la fácil y simple ideología política que informaba al Estado liberal. Fue el acontecimiento marxista, la presencia del marxismo. Con una nueva consigna revolucionaria y al hombro de un tipo humano totalmente distinto del que impulsó y realizó la Revolución francesa. El marxismo alumbró para el proletariado unas metas revolucionarias diferentes. Apartó a los obreros de las ideas de la burguesía liberal en cuanto a los fines, y sobre todo –lo que interesa destacar en estas notas rápidas que ahora hacemos– los hizo insolidarios, esto es, los orientó en una táctica política que dio en tierra con los artilugios liberales. Pues el marxismo proclamó la lucha de clases e introdujo la violencia en los pacíficos medios constitucionales que el Estado liberal presentaba precisamente como su mayor gloria: la tolerancia, la solidaridad de la discusión, la inclinación respetuosa ante la opinión de la mayoría, el compromiso de la lucha electoral como único camino para las disidencias, etc., etc. Todo este equilibrio mediocre es lo que hizo temblar el marxismo con su sola presencia. Los partidos obreros marxistas iban, sí, a las elecciones, pero no borraban de su encabezamiento la denominación de revolucionarios, no renunciaban a la actuación violenta, a la imposición coactiva de sus masas, burlando así la doctrina liberal ortodoxa, a la que se acogían sin embargo cuando les resultaba conveniente.

Durante la vigencia del Estado liberal, el marxismo era, pues, un luchador con ventaja. Y así resulta que terminó casi por imponerse. Ponía a su servicio todos los medios legales que la candidez liberal-parlamentaria proporcionaba a sus propagandas antinacionales, y además contaba con la eficacia rotunda que corresponde a todo partido que posee fachada y modos revolucionarios, que predica la subversión violenta para alumbrar «un mundo nuevo donde no haya injusticias ni dolores». He aquí el juego con ventaja del marxismo en su pugna con los demás grupos que practiquen en un Estado liberal, con un poco de sinceridad, sus convicciones y propagandas, o los que se recluyen en la farsa que emana de una red de caciques y de argucias abogadescas, o también los que utilicen una violencia transitoria sin raíz de ideales ni justificación ante la Patria. De todo esto, contra todo esto, el marxismo apareció invulnerable. Así aconteció que al filo de la guerra se impuso en Rusia y canalizó tales agitaciones e impulsos subversivos en otros pueblos, que su culminación produjo la presencia en escena de una nueva eficacia, de una táctica, de una resurrección del genio nacional de un pueblo, de un nuevo Estado, en fin, de tal cariz histórico, que tiene derecho a la máxima atención universal. Aludimos al fascismo italiano, hoy –en 1933– ya casi triunfante en su afán de alumbrar instituciones políticas nuevas. Entre ellas, al frente de ellas, el Estado fascista.

Ya no es, pues, para nosotros el Estado lo que era y representaba para la sociedad liberal-burguesa de nuestros abuelos, e incluso de nuestros padres. El hombre actual, y más aún mientras más joven sea, encuentra en el Estado un sentido diferente, lo vincula a nuevos valores y tareas, lo que significa la reintegración plena de su jerarquía a la sustancia nacional, a la expresión nacional que yace en la entraña de los grandes pueblos.

Estamos, pues, ahora, en presencia del Estado nacional. Su primera ejecutoria es batir al enemigo marxista con triunfal denuedo y despojo inteligente. Es decir, resucitando el culto de la Patria y reivindicando para sí la auténtica angustia social de nuestra época.

Para destruir la maraña de particularismos viciosos que un siglo de librecambio ideológico, de orgía partidista, había creado en torno al fecundo concepto del Estado, la política europea más reciente se ha servido de esta rotulación victoriosa: el partido único. Esto es, un partido totalitario interpreta por sí la vigorosa resurrección de la vida nacional, hasta entonces desconocida o injuriada por los partidos, y rechaza la colaboración de estos partidos, aniquila la base misma que servía de sustentáculo legal a los partidos, o sea el derecho a revisar el problema de la existencia nacional misma, y, por último, proclama e impone su propia dictadura. Y he aquí cómo esa inmediata contradicción de partido único, etapa imprescindible para el alumbramiento del Estado nacional, aparece resuelta en su transitoria faena polémica de destruir a los partidos, en su empírica y forzada utilidad como realizador estratégico de la revolución contra el orden antiguo. 

Ejemplos mundiales de esa ruta son hoy el partido fascista italiano y el nacional-socialismo alemán, entre los resucitadores y alentadores de la idea nacional contra la negación marxista, y el partido bolchevique ruso, como embestida ciega y catastrófica, pero con línea y espíritu peculiares de este siglo.

El Estado es ya para nosotros la suprema categoría. Porque o es la esencia misma de la Patria, el granito mismo de las supremas coincidencias que garantizan el rodar nacional en la historia, o es la pura nada. En el primer caso, el Estado es y debe ser una jerarquía inaccesible a la disidencia. La Nación en su plenitud de organismo histórico. Así, pues, son cada día más absurdos esos afanes de presentar Estado y Nación como algo diferente e incluso enemigo, como seres en pugna y defensa diaria, uno contra otro. Esa concepción, que nos resulta inexplicable advertir en plumas de carácter y sentido tradicionalista, es hija directa de los tópicos políticos que sirvieron de base al Estado liberal. Pues si Nación es el conjunto de «intereses y apetencias individuales que nutren y forman una sociedad», según estima el liberalismo, claro que hay y puede haber pugna entre ella y el Estado. Pero una Nación no es eso. Es un manojo de coincidencias superiores, trascendentes al individuo y a su destino, que representan un espíritu histórico. Es una Patria. Y la idea de Patria, el sentimiento humano de la Patria, es en los grandes pueblos un orbe imperial, algo que por su misma esencia rechaza la idea de un enemigo interior en sus recintos, de un disconforme, de un disidente. El Estado nacional se nutre, pues, de elementos indiscutibles, innegables. Su simbólica es la Unidad, la disciplina, el sacrificio y la fe militante en sus creaciones.

He aquí el Estado militante que perfila nuestro siglo. Su lógica y su justificación. Su batalla y su brío. Un Estado impetuoso y fuerte, que se acerca a las jerarquías absolutas. Y ahora conviene destruir otro tópico que nubla asimismo a algunos espíritus tradicionalistas. Se cree erróneamente que el Estado liberal-burgués es el Estado fuerte por excelencia, ya que aniquiló o sometió a su yugo a las corporaciones y gremios económicos. Pero no es esto. Su supuesta fuerza es una fuerza adventicia, de gendarmería, pero sin realidad alguna honda. Y este bagaje armado a su servicio reconoce, como señala Sorel, un origen pintoresco. Cada triunfo revolucionario demoliberal traía consigo un aumento de fuerza pública para consolidarse y una centralización –no unificación– frenética en las débiles manos de los gobiernos.

Estas notas sobre el Estado tienen un sentido tan actual que las da origen el acontecer político europeo de estos años, casi de estas horas. Pero no quiero dejar de insinuar un ejemplo vigoroso acerca de estos conceptos que hoy presiden las elaboraciones políticas más nuevas: el Estado español del siglo XVI. La arquitectura funcional del imperio católico de Felipe II. No se ha insistido en este antecedente –no en lo externo y superficial, sino en la eficacia creadora e incluso en la lógica autoritaria– directo del Estado fascista de Italia, romano de gesto y de fachada, pero con tendencia al vigor, la disciplina y el espíritu de unidad de cultura, de conciencia nacional, que caracterizaban al Estado español del siglo XVI.

No se trata, pues, de crear y dar nacimiento a nacionalidades de artificio, falsas, según el ejemplo balcánico o las normas que en Versalles presidieron el aniquilamiento de Centroeuropa y las que aquí manejan los deshacedores de la unidad española. Lo que aparece hoy como imperativo dramático que nos conduce al nuevo Estado, frente a las avanzadas rotundas y violentas del marxismo, es el grito de salvación nacional, de resurrección nacional que se advierte en los pueblos dotados de responsabilidad y de tradición fuerte, en los grandes pueblos creadores de historia.

Y hay otro elemento, otra columna fundamental del Estado. Es la angustia social que hoy domina con justicia a las masas. El nuevo orden económico entrega al Estado inexorablemente la plena función de presidir con decisión las peripecias de la pugna. Y sólo en nombre de unos fines nacionales, acudiendo a la primera raíz que suponen las coincidencias que han dado origen y vida nacional a una Patria, encuentra el Estado autoridad y justificación a sus designios. El nuevo orden corporativo tiende a servir, no éstos o los otros intereses de sentido particularista ni aun de clase, sino unos fines que trascienden a todo eso, fines de imperio, de marcha, de vida nacional plena. El marxismo encrespa hoy las clases con idéntica consecuencia subversiva y perturbadora que el liberalismo encrespó en rebeldía económica a los individuos. Pues bien, he aquí la tarea del Estado nacional, con su cortejo de atributos a los que no alcanza siquiera la posibilidad de que sean ignorados como justos: la jerarquía de fines, disciplinando los factores de la producción –no la producción como tal– y del consumo. Pues una economía es algo que no agota su sentido al producir riqueza a unos individuos o a unas clases. Son los suyos fines nacionales, que afectan a la existencia nacional en su base más honda. Tiene, pues, razón el nuevo Estado frente a la concepción liberal-burguesa y frente a la concepción marxista. (Esta última, etapa maldita –si bien por fortuna truncada– en el proceso de desnacionalización de la idea del Estado).

Y acontece que esos movimientos que surgen al paso del marxismo oponiéndole la autenticidad popular, la eficacia distributiva de sus economías y la decidida voluntad de resistir son ahora los que enarbolan en el mundo los mitos optimistas de la revolución. Se hacen hoy revoluciones para subvertir el orden liberal-burgués y aniquilar la oleada marxista. Los grupos nacionales son hoy, pues, los que manejan la iniciativa revolucionaria, los que practican en la etapa previa a la conquista del Estado la acción directa contra las organizaciones rojas. Y los que mantienen con pulso armado, en la etapa posterior al triunfo, el derecho a una cultura y a una dignidad nacionales. 

martes, 19 de abril de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - Sobre un libro político de Ortega y Gasset


Cuando un filósofo se acerca a las cosas, a los hechos, actúa muy frecuentemente de corruptor. Le ofrece unas categorías magnas, que los pobres hechos nunca sospecharon, y aceptan con fácil servidumbre el imperio de la idea. Es la eterna polémica en torno a la imposible objetividad de toda Filosofía de la Historia. Nosotros, no obstante, creemos que esa es la única Historia posible. Ahora bien, la Política no es una disciplina investigadora, sino una acción. Si el filósofo se ciñe a los hechos actuales y les somete a una soberanía sistemática, entonces es cuando tiene lugar la corrupción de que hablamos antes. Se verifica el gran fraude de la realidad, destruyendo así la palpitación política, que es acción directa sobre los hechos vírgenes. De ahí que el político tenga algo de primitivo, y aun de bárbaro. Y que desoriente a los filósofos alguno de sus rápidos virajes.

Don José Ortega y Gasset, mi gran maestro de Filosofía, es un escritor de la máxima solvencia filosófica. Creo –yo, que conozco bien este aspecto suyo– que es antes que nada filósofo, y de los de primer rango de una época. Los españoles semicultos poseen tal incapacidad para la percepción de los valores filosóficos, que le niegan de plano ese carácter, y, en cambio, le reconocen valores de otra índole. Siempre he defendido a este maestro mío frente a esos juicios malévolos, que al adscribirle un exclusivo y gigantesco sentido literario buscaban un indudable efecto peyorativo.

Pero hoy no se trata de considerar o comentar un libro filosófico de Ortega, sino un libro político, La redención de las provincias (1931). Nadie puede ignorar la rectitud meditadora que preside a los ensayos políticos de Ortega. En este terreno de la política me separan de él hondísimas discrepancias, que debo exponer con toda lealtad. Su libro contiene críticas exactas de todo ese tinglado artificioso que se llamó vieja política. El análisis de la Constitución canovista, el proceso de la descomposición interna del viejo Estado, a base de ósmosis y endósmosis curiosas entre el Poder central y el ruralismo cacique, es pulcro y preciso. Se trata del próximo pasado nacional, de la política de los últimos treinta años, que el filósofo aprehende con facilidad suma.

Ahora bien: Ortega adopta luego su índice político y se mezcla a la polémica diaria del presente. Aquí ya el timón falla, y surgen de un lado contradicciones, de otro infidelidades al espíritu de nuestra época. Se da muy bien cuenta, sí, del supremo carácter que debe informar una política de altura. Por eso es magnífica la apreciación siguiente: «Se disputa sobre formas del Estado, como tal y sin más; pero no se nos insinúa qué vamos a hacer con ese Estado, qué gran tarea histórica debemos emprender.» (pág. 40.) Y más adelante: »Una política que no contiene un proyecto de grandes realizaciones históricas queda reducida a la cuestión formal de gobernar, en el sentido menor del vocablo, a la cuestión de ejercer el Poder público.» Exacto. En estos dos párrafos está, sin embargo, escondida la fuente radical de discrepancia política que nos separa de Ortega.

Ortega y Gasset no ha conseguido desprenderse en política del viejo concepto de Estado. Se mueve en el orden de ideas roussonianas y de la Revolución francesa, según las cuales el Estado es pura y simplemente una institución al servicio de la nación, del pueblo. Un instrumento útil, algo sobrepuesto de que la nación se sirve. Ese era, en efecto, el Estado liberal burgués, vigente en el mundo durante todo el siglo XIX. Hasta la Gran guerra. Todo eso se halla hoy rotundanente superado. El Estado es más bien la base misma del pueblo, se identifica con el pueblo, y no es un mero auxiliar del pueblo para realizar sus hazañas históricas. Gracias al Estado, hoy se comprende que los pueblos consigan una acción colectiva de volumen histórico. Al idear, por tanto, una política, mejor dicho, al realizar una política, es indispensable que preceda ese período creador de un pueblo en que éste se torne un Estado, obtenga de sí mismo una orden de marcha. El Estado no es, pues, un marco externo que se le coloca a un pueblo desde fuera, sino algo que nace de él, se nutre de él y sólo en él tiene sentido. El Estado liberal burgués se fabrica en serie y los pueblos lo adoptaron en su día en forma de Constituciones, dictadas asimismo en serie. Recuérdese cómo el sociólogo y moralista inglés Bentham escribía constituciones de encargo, según se le hacían los pedidos.

Frente a todo eso triunfa hoy en el mundo el nuevo Estado, cuyo precursor ideológico más pulcro es Hegel. El Estado es ya eso que hace posible el que un pueblo entre en la Historia y lleve a efecto grandes cosas. Pueblo y Estado son algo indisoluble, fundido, cuyo nombre es todo un designio gigantesco. No es ya un tinglado artificioso que un pueblo se pone y se quita como si se tratase de un vestido.

En el libro de Ortega, igual que en todos sus escritos de política, se advierte la filiación ideológica del viejo Estado, que le impide penetrar en los nuevos tiempos. No le basta su destreza y su gran talento. El vicio es radical y anega el resto de virtudes. Es lástima, porque si hay en España alguna mente ágil, con soltura y elegancia para hacernos la disección de los fenómenos políticos, es la de Ortega. ¡Qué estudios hubiera podido escribir sobre el férreo Estado soviético, o bien sobre la musculatura del Estado fascista!

Artículo publicado en el número 8 de la revista
"La Conquista del Estado" (Mayo de 1931)

martes, 5 de abril de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - Discurso a las juventudes de España

Discurso a las juventudes de España


Prólogo del autor:

¿Tiene el lector en su mano un libro político? La política, en el único sentido profundo que posee, no es una ciencia abstracta, que se nutra y sostenga de ideas generales, de simples y puros raciocinios. Es más, no es una ciencia, ni realmente tiene mucho que ver con la ciencia. La política, y expresar esto no supone invento alguno original, es un arte, y, sobre todo, una estrategia.

Por tanto, un libro, si aspira a ser de algún modo un libro político, tiene que resolver o abordar dificultades de orden estratégico. Ha de basarse en hechos y, en mayor o menor escala, extraer de ellos el camino hacia hechos nuevos. No hay política abstracta. No hay tampoco política quieta, en reposo, para ser cumplida o realizada dentro de diez años.

Ahora bien, resulta que he trabajado en este libro durante unas semanas en que me he visto forzado a hacer una especie de alto, de vacaciones, en las tareas políticas activas, concretas y diarias, que hasta aquí, desde 1931, constituyen mi labor. En esos años tuve la fortuna de realizar un hallazgo, de cuya importancia y fertilidad está ya dándose perfecta cuanta un ancho sector de jóvenes españoles.

Ese hallazgo no fue otro que el de descubrir para España una perspectiva histórica y política, que se nutriese a la vez de las dos únicas palancas hoy de veras eficaces para hacer de España lo que esta generación debe conseguir que sea: una Patria justa, grande y liberadora.

He aquí esas dos palancas: una, la idea nacional, la Patria como empresa histórica y como garantía de existencia histórica de todos los españoles; otra, la idea social, la economía socialista, como garantía del pan y del bienestar económico de todo el pueblo. Me cupo, al parecer, la tarea de unificar esas dos banderas, dotarlas de los símbolos emocionales necesarios y señalar y poner las piedras primeras de una organización que las interpretase. Todo eso ya está ahí, anda por España, y creo que de un modo insoslayable y visible. Son las J.O.N.S.

Pues este libro ha sido escrito durante las justas semanas que he permanecido al margen del movimiento, por diferencias irresolubles con quienes en él preponderan hoy, y es hijo, por tanto, de un período en cierto modo alejado de la política activa.

De ahí su carácter peculiar, su carácter de Discurso, no a estas o a aquellas gentes concretas que tuviese delante, sino a las juventudes de España, categoría genérica, difícilmente puesta por nadie en fila. Es un discurso, por tanto, que tenía que encontrar y buscar expresión, no en un estilo directo —según corresponde a los discursos políticos—, sino en una línea realmente discursiva, general. Eso le veda, pues, una proyección cercana sobre los acontecimientos diarios y le imprime por fuerza un aire de amplitud más ambiciosa.

Quizá además ocurre que ciertas cosas hay que decirlas todavía así en España, con cierta envoltura conceptual y sin la responsabilidad de las decisiones políticas a que, de otro lado, pronto o tarde obligarán. Bien estará hacerlo aprovechando las circunstancias en que, según dije antes, me encuentro al escribir estas líneas: fuera de una disciplina concreta de partido.

Creo firmemente que el mundo entero, y de modo singular Europa, atraviesa hoy una época de amplias y grandes transformaciones. En la disgregación final, que publico a continuación del Discurso, sostengo el criterio de que las realidades subversivas que presiden hoy la trasmutación europea tienen lugar bajo un signo extraño: el de ser sus ejecutoras y realizadoras, no las fuerzas tradicionalmente revolucionarias, como por ejemplo el marxismo, que habían llegado a nuestra época provistas de una doctrina y de una táctica revolucionarias, sino otras surgidas en estos mismos años, y que se caracterizan tanto por su expresión nacional y por aparecer vinculadas a las juventudes como por conseguir su victoria a costa precisamente del marxismo.

Pues bien, este Discurso, ante la creencia de que se avecinan también en España las manifestaciones decisivas de la subversión moderna, quiere plantear a nuestras juventudes la necesidad de que conviertan asimismo la revolución en revolución nacional, liberadora del pueblo y de la Patria, haciendo de la coyuntura trasmutadora la gran ocasión histórica para que España realice sus grandes destinos. Que ello sea así, depende sólo de que las juventudes encuentren su camino, estén a la altura de él y lo recorran militarmente.

El momento mismo en que he dado fin al libro coincide con el de mi reintegración a la política militante, función reconozco y veo como fatalmente ligada a mi destino. No quiero ser de los que hurten lo más ligero de su rostro a la etapa histórica en que ahora mismo penetra nuestra Patria española. Entro de nuevo, pues, en batalla, tras de la justicia que apetecen y necesitan las masas populares y tras de la unidad, la grandeza y la libertad de España.

Sólo deseo que estas páginas, hijas del interregno a que antes he aludido, sirvan de algo para orientar eficazmente las luchas revolucionarias que hoy desarrolla la juventud nacional.

Ramiro Ledesma Ramos, Mayo de 1935



viernes, 1 de abril de 2016

José Antonio Primo de Rivera - La hora de los enanos


Fue misericordia de Dios el llevárselo a las regiones de la paz eterna. Tras un breve martirio, el descanso. ¡Eran muchos sus merecimientos para que la divina generosidad no le indultara de este espectáculo!

Todo bulle como una gusanera. Como si no hubiera pasado nada. Los mismos hombres, las mismas palabras vacías, los mismos aspavientos. ¡Y todo tan chico! Contra la obra ingente de seis años —orden, paz, riqueza, trabajo, cultura, dignidad, alegría—, las fórmulas apolilladas de antaño, las menudas retóricas de antaño, las mismas sutilezas de leguleyo que ni el Derecho sabe.

Aquí están los políticos a quienes nadie desconoce. Todos pasan de sexagenarios. Gobernaron docenas de veces. Casi ninguno sirvió para nada. Pero no escarmentaron. Piensan que una breve abstinencia –que ellos disfrazan de persecución– los redime del pasado inútil.

Aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería. Son la descendencia, venida a menos, de aquellos intelectuales que negaron la movilidad de la tierra y su redondez, y la posibilidad del ferrocarril, porque todo ello pugnaba con las fórmulas. ¡Pobrecillos! ¿Cómo van a entender –al través de sus gafas de miopes- el atisbo aislado de la luz divina? Lo que no cabe en sus estrechas cabezas creen que no puede existir. ¡Y encima se ríen con aire de superioridad!

Aquí están los murmuradores, los envenenados de achicoria y nicotina, los snobs, los cobardes, los diligentes en acercarse siempre al sol que calienta más, (algunos, ¡quién lo dijera!, aristócratas, descendientes de aquellos cuyos espinazos antes se quebraban que se torcían ... ).

Aquí están todos. Abigarrados, mezquinos, chillones, engolados en su mísera pequeñez. Todos hablan a un tiempo. No se hizo nada. Se malgastaron los caudales públicos. Las victorias militares acaecieron bajo el mando de aquel caudillo como pudo acaecer otra cosa. Todo fue suerte o mentira. Y, antes que nada, ese Gobierno no fue un Gobierno inteligente (¡santa palabra para deslumbrar a los tontos!); gobernó para España, a la española, no al gusto de la docena de los elegidos. Prefirió prescindir de solemnidades hipócritas mejor que falsificarlas.

Los enanos han podido más que el gigante. Se le enredaron a los pies y lo echaron a tierra. Luego, le torturaron a aguijonazos. Y él, que era bueno, sensible, sencillo; él, que no estaba acorazado contra las miserias; él, que por ser muy hombre (muy humana) gozaba y padecía como los niños, inclinó su cabeza una mañana y no la alzó más.

Ahora es la hora de los enanos. ¡Cómo se vengan del silencio a que los redujo! ¡Cómo se agitan, cómo babean, cómo se revuelcan impúdicamente en su venenoso regocijo! ¡Hay que tirarlo todo! Que no quede ni rastro de lo que él hizo! Y los más ridículos de todos los enanos —los pedantes— sonríen irónicamente.

El también sonríe. Pero su risa es clara, como su espíritu sencillo y fuerte. Nosotros padecemos –como él antes– todas las torturas de la injusticia. Pero el ya goza el premio allá en lo alto, en los ámbitos de la perpetua serenidad. Nada puede inquietarle, porque desde allí se disciernen la grandeza y la pequeñez. Pasarán los años, torrente de cuyas espumas sólo surgen las cumbres cimeras. Toda esta mezquina gentecilla —abogadetes, politiquillos, escritorzuelos, mequetrefes— se perderá arrastrada por las aguas. ¿Quién se acordará de los tales dentro de cien años? Mientras que la figura de él —sencilla y fuerte como su espíritu— se alzará sobre las centurias, grande, serena, luminosa de gloria y de martirio.

jueves, 31 de marzo de 2016

Ramiro Ledesma Ramos - Grandezas de Unamuno


Aquí estamos, frente a la realidad española, las falanges jóvenes de LA CONQUISTA DEL ESTADO. Ante nosotros se sitúa la faena intensa de dotar a nuestro pueblo de órganos políticos eficaces. Haciendo ver la gigantesca deslealtad histórica que en trance de resurgimiento se nos quiere introducir en el futuro hispánico. Hombres jóvenes, repetimos, que traen a España el fervor de la época nueva. El afán de potenciación de su país y de valorar sus valores. Difícilmente nos rendiremos en presencia de las vejeces tortuosas, ni acataremos otra normalidad que aquella que se elabore con la sangre misma de España. Venimos ansiosos de hispanidad, que es como ansia de vida y de atmósfera respirable. Y clamamos contra el régimen social injusto, exigiendo nuevas estructuras.

Antes de nosotros, ninguna actuación valiosa que podamos recoger. Todo sombras y llamas interminables, sin flor alguna. En los últimos treinta años, ni una minoría intelectual sensible ha creído necesaria una exaltación de los valores universales que entraña la hispanidad. No hablemos de actuaciones políticas. Polarizadas las fuerzas en torno a conceptos trasnochados, en cuya elaboración España no intervino, han sido pura ineficacia. Pero hoy convergen en el mundo dos rutas fecundísimas: de un lado, el afán imperioso de convertir las nacionalidades en crisoles de grandeza, creadoras de cultura; de otro, la licitud de los problemas económicos que entraña el marxismo. En esa corriente estamos nosotros, en proceso postliberal y actualista.

Si no podemos recoger tradiciones inmediatas, esfuerzos precursores articulados, sí, en cambio, disponemos de tareas solitarias y gigantes. Así, Unamuno, producto racial, voz de cinco siglos en el momento español. El hecho de que Unamuno esté ahí, patente, hablando, escribiendo, es una prueba de la vigencia hispánica. En la iniciación nuestra, en los minutos tremendos que anteceden a todo ponerse en marcha hacia algo que requiere amplio coraje, Unamuno, desde su palpitar trágico, nos ha servido de animador, de lanzador. Este hombre, que imaginó una cruzada para rescatar el sepulcro de Don Quijote, lanzó a los aires hacia 1908 las páginas más vigorosas de que el espíritu universal de estos años últimos –movilizado con bayonetas al grito imperial de predominio– ha dispuesto para expresar sus entusiasmos. Unamuno, en 1908, soñaba tareas geniales para el pueblo hispano. No han acontecido aún. Siguen los leguleyos su batallar en torno a los artículos constitucionales. Pero otros pueblos de Europa recogieron las voces aquéllas, y ahí están, victoriosos y resonantes. Aquella «locura colectiva», que decía Unamuno había que «imbuir en las pobres muchedumbres». Ahí está Rusia, loca y triunfadora, ensayando con genialidad el mundo nuevo. Ahí está Italia, en pie, viviendo horas igualmente triunfales, en pos de las esencias de la Roma imperial, con sentido actual y fidelísimo. Ahí está la Germania hitleriana y comunista, vencida en la guerra y vencedora en la postguerra, con los ojos en las afirmaciones de estos tiempos. ¿Y España? ¿Qué ocurre aquí?

Unamuno, antes que nadie, en 1908, dió el tono de guerra, y hoy nosotros, falanges jóvenes, desprovistos de literatura y de cara a la acción y a la eficacia política, vamos a recogerlo en sus mismas fuentes. Párrafos que son hoy familiares a todo europeo de menos de cuarenta y cinco años, y que nadie recuerda aquí en los momentos en que miles y miles de ciudadanos juegan a la revolución.

Escribía y aconsejaba Unamuno:

¡En marcha, pues! Y echa del sagrado escuadrón a todos los que empiecen a estudiar el paso que habrá de llevarse en la marcha y su compás y su ritmo. Sobre todo, ¡fuera con los que a todas horas andan con eso del ritmo! Te convertirán el escuadrón en una cuadrilla de baile, y la marcha, en danza.

Unamuno daba a ese escuadrón el sentido de interpretar una locura colectiva. Sabiendo bien que los pueblos nunca están locos. Cuando hacen algo que a un espectador parece locura, el loco es él, el espectador. De ahí que los pueblos tengan siempre razón, sin necesidad de sufragio universal alguno que legitime sus actos. Las revoluciones las hacen los pueblos, no las tertulias de casino. Y más diríamos: ni siquiera los Comités heroicos que las dirigen. Si no hay pueblo, no hay revolución posible, y si no hay algo entrañable que afecte a la entraña del pueblo, las revoluciones no triunfan.

Y sigue Unamuno:

Si alguien quiere coger en el camino tal o cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón, cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estrella refulgente y sonora. Y si se pone la florecilla en el peto sobre la coraza, no para verla él, sino para que se la vean, ¡fuera con él! Que se vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte.

El escuadrón no ha de detenerse sino de noche, junto al bosque o al abrigo de la montaña. Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cruzados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les hayan preparado, engendrarán luego un hijo en ellas, les darán un beso y se dormirán para recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuando alguno se muera, le dejarán en la vera del camino, amortajado en su armadura, a merced de los cuervos. Quede para los muertos el cuidado de enterrar a sus muertos.

El espíritu ascético, hispano, de eficacia luchadora y activa, que brota de la pluma de Unamuno, es el mismo que hoy en Europa sostiene el entusiasmo de cientos de miles de hombres, armas en mano frente a los viejos tópicos y las viejas inepcias. Es el espíritu que nosotros quisiéramos ver triunfante aquí, para batir toda la tontería suelta que por ahí andan buscando resquicios cobardes que la hagan dueña de los mandos.

Contra esta tontería usurpadora, Unamuno dice:

Hay que contestar con insultos, con pedradas, con gritos de pasión, con botes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si tratas de razonar frente a sus razones, estás perdido.

Mira, amigo: si quieres cumplir con tu misión y servir a tu patria, es preciso que te hagas odioso a los muchachos sensibles, que no ven el universo sino a través de los ojos de su novia. O algo peor aún. Que tus palabras sean estridentes y agrias a sus oídos.

Nosotros desafiamos a Europa para que nos diga si entre sus escritores, entre sus hombres de espíritu, a quienes tiene como antecedentes inmediatos de sus gestas actuales, hay nada de tan ajustada emoción y de tan preciosa grandeza como estas frases de Unamuno, escritas, repetimos, en 1908. Cuando nadie hablaba ni podía hablar de soviet, de fascismo, ni de empresa alguna violenta y genial de los viejos pueblos europeos.

Y dice más Unamuno:

Y, ante todo, cúrate de una afección terrible que, por mucho que te la sacudas, vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás.

Esto último, sobre todo, para el ambiente español enrarecido, es de una oportunidad magnífica. Aquí, cuando brota algo nuevo, aunque proceda del centro mismo vital de las gentes, se le ahoga en ridículo. Se le combate con el ridículo. Pero, ¡ah, viejos peces contumaces! Las falanges jóvenes de LA CONQUISTA DEL ESTADO vienen inmunizadas para el ridículo. Con careta eficaz y resistente.

Artículo publicado en el número 2 de la revista
 "La Conquista del Estado" (Marzo de 1931)

José Antonio Primo de Rivera - El hombre es el sistema


El hombre es el sistema, y esta es una de las profundas verdades humanas que ha vuelto a poner en valor el fascismo. Todo el siglo XIX se gastó en idear máquinas de buen gobierno. Tanto vale como proponerse dar con la máquina de pensar o de amar. Ninguna cosa auténtica, eterna y difícil, como es el gobernar, se ha podido hacer a máquina; siempre ha tenido que recurrirse a última hora a aquello que, desde el origen del mundo, es el único aparato capaz de dirigir hombres: el hombre. Es decir: el jefe. El héroe.

Los enemigos del fascismo perciben esa verdad por el revés y hacen de ella argumento de ataque. "Sí -reconocen-, Italia ha ganado con el fascismo, pero, ¿y cuando muera Benito Mussolini?" Creen dar con ello un golpe decisivo al sistema, como si hubiera sistema alguno que tuviese garantía para la eternidad. Y, sin embargo, es lo más probable que -cuando muera Mussolini- sobrevenga para Italia un momento de inquietud, pero un solo momento; el sistema producirá -con alumbramiento más o menos laborioso- otro jefe. Y este jefe volverá a encarnar el sistema para muchos años. Mas él (Duce, conductor) seguirá la fe de su pueblo en comunicación de hombre a hombre en esa forma de comunicación elemental, humana y eterna que ha dejado su rastro por todos los caminos de la Historia.

Yo he visto de cerca a Mussolini, una tarde de octubre de 1933, en el Palacio de Venecia, en Roma. Aquella entrevista me hizo entender mejor el fascismo de Italia que la lectura de muchos libros.
Eran las seis y media de la tarde. No había en el Palacio de Venecia el menor asomo de ajetreo. A la puerta, dos milicianos y un portero pacífico. Se dijera que el penetrar en el Palacio donde trabaja Mussolini es más fácil que tener acceso a cualquier gobierno civil. Apenas enseñé al portero el oficio donde se me citaba, se me hizo llegar -por anchas escaleras silenciosas- a la antesala de Mussolini. Tres o cuatro minutos después se abrió la puerta. Mussolini trabaja en un salón inmenso, de mármol, sin muebles apenas. Allá, en una esquina, al otro extremo de la puerta de entrada, estaba tras de su mesa de trabajo. Se le veía de lejos, solo en la inmensidad del salón. Con saludo romano y una sonrisa abierta me invitó a que me acercara. Avancé no sé cuanto rato. Y sentados los dos, el Duce empezó su coloquio conmigo.

Ya le había visto en audiencia rituaria, años antes, cuando fue recibido por varios alumnos de la Universidad de Madrid. Aparte, como todos los habitantes del mundo, le conocía por los retratos: casi siempre en actitud militar, de saludo o de arenga. Pero el Duce del Palacio de Venecia era otro distinto: con plata en el pelo, con un aire sutil de cansancio, con cierto pulcro descuido en su ropa civil. No era el jefe de las arengas, sino el de la maravillosa serenidad. Hablaba lentamente, articulando todas las sílabas. Tuvo que dar una orden por teléfono y la dio en el tono más tranquilo, sin poner en la voz el menor asomo autoritario. A veces cuando alguna de mis palabras le sorprendía, echaba la cabeza atrás, abría los ojos desmesuradamente y, por un instante, mostraba rodeadas de blanco, sus pupilas oscuras. Era notable su actitud para escuchar.
Hablamos cosa de media hora. Luego me acompañó hasta la puerta, a través del inmenso salón. No es de gran estatura; ya no tiene la erguida apostura de un jefe de milicias. Al llegar los dos a la puerta me dijo con una calma paternal, sin sombra de énfasis: "Le deseo las mejores cosas, para usted y para España."
Luego se volvió hacia su mesa, despacio, a reanudar la tarea en silencio. Eran las siete de la tarde. Roma, acabadas las faenas del día, se derramaba por las calles, bajo la tibia noche. El Corso era todo movimiento y charla, como la calle de Alcalá hacia esas horas. La gente entraba en los cafés y en los cinematógrafos. Se dijera que sólo el Duce permanecía, laborioso, junto a su lámpara, en el rincón de una inmensa sala vacía, velando por su pueblo, por Italia, a la que escuchaba palpitar desde allí como a una hija pequeña.

¿Qué aparato de gobernar, qué sistema de pesos y balanzas, consejos y asambleas, puede reemplazar a esa imagen del Héroe hecho Padre, que vigila, junto a una lucecita perenne, el afán y el descanso de su Pueblo?

Ramiro Ledesma Ramos - El nacionalsocialismo alemán


Las elecciones alemanas del 14 de septiembre de 1930 popularizaron por el mundo las fuerzas políticas que acaudilla Adolfo Hitler. Fué el suyo un triunfo tan inesperado para los que desconocían la capacidad de propaganda y agitación del bloque nacionalsocialista, que por algún tiempo constituyó el eje de todos los comentarios sobre política internacional. De doce diputados en 1928, pasó a ciento siete en las elecciones a que nos referimos.

El nacimiento del nacionalsocialismo en su forma definitiva tiene lugar en Febrero de 1920. Lo fundó Hitler con el nombre de Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter-Partei. Es, pues, un partido de postguerra, a base de ideales de revancha, exaltación nacionalista y propaganda antisemita.

El éxito entre las masas ha sido de tal naturaleza, que acontece el hecho inexplicable de que en una época como la actual, donde la posición económica de las gentes polariza los ideales políticos, el nacionalsocialismo tenga adeptos entre la alta burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado.

Programa del partido

Copiamos a continuación el programa inicial, al que cabe adscribir buena parte del triunfo. Naturalmente, un partido revolucionario como éste posee en alto grado desarrollada la capacidad oportunista, y no hay que esperar una fidelidad exagerada a sus artículos.

El programa, tal como se publicó en München el 24 de febrero de 1920, dice así:

«El programa del partido nacionalsocialista alemán es temporal. Reside en los jefes la facultad de trazar al partido nuevos fines, una vez que éstos sean alcanzados.

1.º Pedimos la unión de todos los alemanes, a base de una democracia del pueblo que haga posible la gran Alemania.

2.º Exigimos para Alemania los mismos derechos de que disfrutan los demás pueblos, y, por tanto, anulación de los Tratados de Versalles y San Germán.

3.º Exigimos campo y territorios (colonias) para la alimentación de nuestro pueblo y expansión del exceso de población.

4.º Sólo podrá ser ciudadano alemán el alemán nativo, racial. Sólo se considerará alemán racial al que tenga sangre alemana, sin referencia alguna confesional. Ningún judío puede, por tanto, ser de nuestra raza.

5.º Quien no sea ciudadano alemán sólo podrá vivir en Alemania a título de huésped y sometido a la ley que regule la vida de los extranjeros.

6.º El derecho a influir en la orientación y en las leyes del Estado es privativo del ciudadano. Por tanto, exigimos que cualquier empleo público, sea el que sea, del Imperio, ciudad o Municipio, esté desempeñado por ciudadanos alemanes.

7.º Exigimos que el Estado se comprometa a proporcionar trabajo y medios de subsistencia a los ciudadanos. Si no fuera posible la alimentación de toda la población debe expulsarse a los extranjeros.

8.º Debe evitarse la inmigración de no alemanes. Exigimos que los inmigrados no alemanes desde el 2 de Agosto de 1914, sean inmediatamente expulsados del país.

9.º Todos los ciudadanos deben tener los mismos derechos y obligaciones.

10. El primer deber de todo ciudadano consiste en trabajar, intelectual o físicamente. La actividad del individuo debe desenvolverse dentro de los intereses de la colectividad.

Para ello exigimos:

11. Suspensión de los ingresos que no reconozcan por origen el trabajo. No más explotación y servidumbre.

12. Teniendo en cuenta los enormes sacrificios en vidas y dinero que la guerra cuesta al pueblo, todo enriquecimiento personal debido a la guerra debe considerarse como un delito contra el pueblo.

13. Queremos la nacionalización de todos los trust.

14. Exigimos la participación en las grandes explotaciones.

15. Deseamos protección segura para la vejez.

16. Deseamos que se forme una clase media sana; que sean municipalizados inmediatamente todos los grandes consorcios y alquilados a bajos precios a los pequeños comerciantes, teniendo sobre todo en cuenta a los industriales que abastezcan al Estado y a los Municipios.

17. Exigimos una reforma del régimen agrario que se acomode a las necesidades nacionales; creación de una ley de expropiación de terrenos en beneficio de la colectividad. Anulación de la contribución territorial y la especulación de terrenos.

18. Exigimos lucha implacable contra aquellos que, por su actuación, perturben los intereses de la colectividad. Pena de muerte para los usureros y explotadores del pueblo.

19. Pedimos que se sustituya el Derecho romano por un Derecho colectivo alemán.

20. El Estado proporcionará medios a todos los alemanes capacitados de lograr una cultura superior y poder ocupar puestos directivos. Los planes de enseñanza de todos los establecimientos docentes han de acomodarse a las necesidades de la vida práctica. La idea del Estado debe explicarse en la escuela a los niños al tener uso de razón. Los niños pobres capaces y aptos para el estudio deben ser auxiliados por el Estado.

21. El Estado se ocupará de modo preferente en la sanidad pública, protegiendo a las madres y niños, favoreciendo la cultura física del pueblo por medio de leyes que hagan el deporte y la gimnasia obligatorios y ayudando de un modo decidido a las sociedades y corporaciones que fomenten el desarrollo físico de la juventud.

22. Pedimos la desaparición de las tropas asalariadas, y la formación, en su lugar, de un ejército del pueblo.

23. Exigimos sea perseguida de modo implacable por la ley la mentira política intencionada. Y para posibilitar una Prensa alemana pedimos:

a) Que todos los redactores y colaboradores de los periódicos que aparezcan en lengua alemana sean ciudadanos alemanes.

b) Los periódicos no alemanes han de estar por completo de acuerdo con el Estado. Y no podrán imprimirse en alemán.

c) Prohibición de que los no alemanes influyan económicamente o idealmente en los periódicos. La infracción debe castigarse con la suspensión del periódico y la expulsión inmediata del interesado.

Debe prohibirse toda publicación que perjudique el bienestar público. Lucha contra las tendencias artísticas o literarias que produzcan efectos desintegrales en la vida de nuestro pueblo.

24. Queremos libertad para toda clase de creencias religiosas dentro del Estado, siempre que no supongan un peligro o estén en oposición a las costumbres y moral de la raza germana.

El partido en sí es positivamente cristiano, sin puntualizar una creencia determinada. Luchará contra el espíritu materialista judío, convencido de que la salvación de nuestro pueblo llegará a base del siguiente principio: el bien comunal antes que el bien individual.

25. Para la realización de todo esto, queremos la formación de un Poder central del Estado. Autoridad del Parlamento político central sobre el resto del Estado y su organización. Formación de Cámaras corporativas y profesionales para su actuación dentro del margen que permita el Estado.

Los directores del partido prometen poner en juego todos los medios que sean precisos, incluso sus propias vidas, para llegar a la realización de los Puntos anteriormente expuestos.

München, 24 Febrero 1920.»

El ejército del tercer imperio

Los nacionalsocialistas han organizado un ejército numeroso que tiene la doble finalidad de constituir unas falanges revolucionarias y ser, después del triunfo interior, el verdadero ejército del pueblo. El que hará posible un tercer imperio germano. Su organización sigue en todos los detalles al viejo ejército prusiano.

La unidad más pequeña es el grupo, de tres a dieciséis hombres. Varios grupos forman la Trupp (banda, cuadro), que corresponde a la Compañía.

Cuatro o cinco Trupp forman un Sturm, el cuerpo de asalto, que equivale al Batallón. Otros tantos Sturm forman el Estandarte, o sea el Regimiento. A cuyo frente hay un jefe auxiliado por un adjunto. Cada Estandarte tiene, naturalmente, secciones de música y sanidad. Los Estandartes de una comarcación se reúnen en un Gausturm, y éstos pueden dividirse en brigadas.

Existen cinco inspecciones del ejército, cuyo control corresponde al inspector general de los ejércitos.

Las fuerzas van rigurosamente uniformadas y las relaciones entre jefes y subordinados se atienen siempre a la disciplina militar. Además de los cuerpos normales, hay los grupos de Schutzstaffeln, que vienen a ser la élite del partido, de veintitrés a treinta y cinco años, y miden 1'70 metros como mínimo. Son los S.S. Para entrar en ellos ha de haberse estado un año en el otro ejército y tres años, por lo menos, en el Partido.

Por el modo como este gran ejército nacionalsocialista se ha formado, no parece tenga mucha eficiencia en el caso de una guerra, pero sí, en cambio, para una movilización revolucionaria. Aun así, los jefes, como se ha visto, no se determinan al Putsch sin la garantía de que el ejército oficial permanezca en neutralidad.

Actuación del partido

El partido de Hitler es, desde luego, un partido popular que moviliza grandes masas. Para ello, agita las cuestiones sociales con una intrepidez y una precisión notables. Las dificultades económicas de la postguerra, de un lado, y de otro, las ideas sentimentales de grandeza y de revancha unidas al odio racial contra los judíos, han obrado el milagro.

La campaña antijudía había sido emprendida en Alemania antes del nacionalsocialismo por Rosenberg. Este hacía sus campañas en Volkische Beobachter (El observador popular). En 1920 compraron este periódico los nacionalsocialistas, convirtiéndolo en órgano del partido, y además Hitler encontró en Rosenberg un valioso e íntimo colaborador. El arquitecto Rosenberg es el gran optimista del partido, y dispone de una fantasía demagógica eficacísima.

El nacionalsocialismo dispone relativamente de pocos periódicos. En 1930 se publicaban doce diarios, treinta y cuatro revistas semanales y un periódico ilustrado. Estas cifras son irrisorias si se comparan con los 170 diarios de que disponen los socialdemócratas. El de más circulación y autoridad es el antes citado, Volkische Beobachter.

Las fuerzas de Hitler, si tienen pocos periódicos, realizan, en cambio, una propaganda directa, de mitin, no igualada por nadie. Desde Hitler –que es un magnífico y genial orador– hasta el último nacionalsocialista, todos muestran gran preferencia por los mítines populares. Estos actos aparecen incluso como uno de los capítulos más importantes de ingresos del partido. Las entradas valen desde 0'50 hasta 2 marcos. Y en alguna ocasión, hablando Hitler, se han llegado a pagar hasta 10 marcos.

La actuación de los nacionalsocialistas es revolucionaria. Tienden a una estructura del Estado radicalmente distinta de la actual. Mejor dicho, a la edificación del Estado alemán. Bien es cierto que en los últimos meses los jefes afirman una actuación legal, y sobre esto deben tenerse en cuenta unas frases del doctor Goebbels, escritas en Dar Angriff el 18 de Febrero de 1929: «Un revolucionario debe hacerlo todo... Empero, tendrá sumo cuidado en que al desencadenar pasiones volcánicas, despertar cóleras, poner en marcha masas de hombres, organizar odios y desesperaciones, lo efectúe con frío cálculo, un poco, por decirlo así, con medios legales; proponerse esto es lo que distingue al auténtico revolucionario del falso.»

Normas para la estructura del Estado

Las líneas generales del hitlerianismo para la elaboración del Estado siguen la actual tendencia postliberal. Tienden a la eficacia, y reclaman la desaparición de las instituciones fracasadas. La organización interna del partido y el tono de las arengas indican clarísimamente una preferencia por el régimen de dictadura. En las propagandas de Hitler hay un notorio afán por exaltar las decisiones de la personalidad responsable. Frente a las decisiones de las mayorías, la decisión personal de un hombre. Del Dictador.

Forma de gobierno. Son totalmente indiferentes a la forma republicana o monárquica, aunque el hecho de actuar frente al régimen actual y la necesidad de combatirlo les haya hecho parecer antirrepublicanos algún tiempo. En aquellos de su contacto con Huggenberg.

A este efecto, dice Hitler: «La mejor forma del Estado será aquella que de modo más seguro dé significación rectora a la cabeza más sobresaliente de la comunidad.»

Y dice también Goebbels: «El Estado será nuestro Estado, y lo configuraremos según nuestros principios.»

El nacionalsocialismo tiende a la supresión del Parlamento político. En su lugar, la creación de un organismo –Standeparlaments–, con finalidad exclusivamente económica. Una asamblea corporativa o de profesiones.

Además, un Senado compuesto de 200 personalidades –la élite del pueblo– vitalicias para auxiliar al Dictador.

En cuanto al carácter federativo o unitario del Estado, debe tenerse en cuenta el punto 25 del programa. Ahora bien: no ha de olvidarse que el nacionalsocialismo tiende a la integración del imperio germano. A constituir por vía natural la Gran Alemania. Para lo cual se desea y se pide la completa libertad de los pueblos.

Programa social y económico

Es uno de los sectores más confusos del nacionalsocialismo. Ha influido, desde luego, su actitud en el desarrollo de la crisis económica alemana de postguerra. Desde la inflación hasta los compromisos internacionales últimos; por ejemplo, el plan Young. En su programa económico hay una mezcla de influencias marxistas y de oportunismo sentimental. Todo ello indudablemente bien trabado en unidad orgánica, pues los nacionalsocialistas saben muy bien lo que quieren y cómo lo quieren.

Hay, en primer lugar, una preocupación contra el capital financiero internacional, que contrarrestan valiéndose de su nacionalismo económico. Aquí debemos hablar del Zinsknechtschaft, gran concepto del economista Feder, voz especializada del nacionalsocialismo. Feder da a ese concepto el de ser la clave de una situación económica de un pueblo que está libre del influjo nefasto de la alta banca judía.

Para ello, se recluyen en la economía del Estado, confiriéndole la posibilidad que niegan a las economías privadas: Geld machen. Hacer dinero.

En cuanto al problema agrario, van a la expropiación de las tierras, buscando la máxima eficiencia en la explotación.

Los hombres del nacionalsocialismo

En primer lugar, Hitler. Es su artífice innegable. Su energía y sus propagandas han dado al partido eficacia y cohesión. Nació en 1889, y tiene, por tanto, cuarenta y un años. Está, pues, en su plenitud física y tiene la adhesión ciega de sus partidarios. Es de padre austríaco y madre checa. Intervino en la guerra europea en los ejércitos alemanes y posee amplia capacidad de organizador. Es un orador sobresaliente y preciso que triunfa ante el pueblo de un modo rotundo. Si estuviese en el Reichstag, no cabe presumir hasta dónde llegaría la eficacia de sus intervenciones.

Otro hombre del nacionalsocialismo es Goebbels, el Doctor. Jefe del grupo parlamentario en el Reichstag. Goebbels organizó triunfalmente en Berlín el nacionalsocialismo. Es hombre de increíble juventud, treinta años, de oratoria simpática, que lleva a las campañas agitadoras su perfil preciso de doctor joven en humanidades. Contaba diez y siete años al terminar la guerra, y estaba ya movilizado, sin que tuviera luego que ir al frente. En 1926 fundó en Berlín el primer Comité del partido con 400 miembros. Hombre frío y sistemático, pueden suponérsele ambiciones hondas. Ya se habla de posibles –creemos que imposibles– rivalidades con Hitler.

Por fin, se habla y no se termina de los orígenes financieros del nacionalsocialismo. Preferimos no hablar de esto, aunque lo hagamos en otra ocasión, pues los datos y las cifras circulan.

Artículo publicado en el número 2 de la revista 
"La Conquista del Estado" (Marzo de 1931)